Entre Suspiros y un Café
Reflexión

Contra la marea

Unos acordes de guitarra ante los que es imposible no arrancar a bailar, una voz que te transporta varios veranos atrás y una sonrisa que traspasa la cámara y el tiempo.

Desde niña me acostumbré a esos finales de cuentos, de buenos sobre malos, de princesas que viven en castillos y besan a apuestos príncipes y de las recompensas y moralejas que aseguraban que el bien siempre se impone. Por feas que se hayan puesto las cosas, los dragones o los mismísimos príncipes.

Crecí convencida de que lo peor que puede pasar, al final, no es tan grave y que antecede a la merecida calma que viene después, sin excepción alguna. Que para cada pregunta hay una respuesta certera que aleja cualquier nubarrón o duda. Que no hay tempestad que cien años dure, ni dolor, ni mal y que todas las tormentas se cierran con un hermoso arco iris. Y en paz.

Me repitieron -en no pocas ocasiones- que los valientes son quienes no conocen lo que es el miedo, se enfrentan con decisión a todo y salen ganadores. Y triunfan. Los que no se quedan de brazos cruzados ni se rinden ante pequeños varapalos. Tropezones. O grandes reveses. Quienes conquistan lo que quieren, sin importar el esfuerzo que les acarree. Y se merecen por ello el trono, la corona y la eterna gloria. Y los aplausos.

Los años, en cambio, me enseñaron que las batallas difícilmente acaban en tablas, los malos no son tan fáciles de reconocer ni los buenos tan invencibles como pensaba. Y que los valientes también tienen mucho miedo. Y lloran. Y se embajonan como cualquiera.

Y pierden más de una guerra.

Aprendí que los finales no siempre son felices, ni obvios ni sencillos. Que pueden terminar siendo todo lo contrario. Que lo que quiero puede resistirse demasiado e incluso no ponerse nunca a tiro. Que da igual lo que crea que merezca, que remueva cielo y tierra por lograrlo o que sume más méritos que nadie. Que la injusticia no entiende de lágrimas ni de colores. Y que habrá situaciones que nunca llegue a entender.

Aprendí que puede ser fácil hablar, dar consejos y creer tener la solución para todo. Pero que lo verdaderamente valiente es estar al otro lado. Remontar cuando el marcador está en contra y los minutos se cuentan con los dedos de una mano. Enfrentar cuestiones para las que no tienes una contestación clara. Sonreír cuando todo está en tu contra.

Seguir bailando cuando la música ya no suena.

Que a veces, por más que grite, puede ser que nadie me escuche. Que nadie acuda a mi llamada. Que me puedo quedar sin voz en el intento y resultar de todo imposible. Porque nadie parece verme o entenderme O porque, por mucho que grite, nadie puede hacer nada por ayudarme. Salvo yo misma.

Aprendí que las cosas pueden doler demasiado, tanto, que salir corriendo pueda parecer la opción más viable y segura. La de no mirar atrás y hacer como que nada pasó. Tratar de olvidar como si así fuera a desaparecer el dolor. El dragón que me planta cara. O esa persona que antes sí. Pero ya no.

Con el tiempo aprendí que, por un solo beso, seríamos capaces de dar cualquier cosa. Lo que fuera. Y que hay personas por las que todo vale la pena.

Aprendí que depende de mí seguir viendo el blanco como sólo blanco o descubrir que tiene infinitos matices. Ver más allá del negro. Aprender a bajar, después de subir. Saber salir de donde sea. Hacer que me salgan las cuentas. Decir lo que quiero realmente decir, y no cualquier otra cosa.

Que depende de mí cómo ver. Cómo reaccionar. Cómo seguir adelante.

Aprendí también que se me puede caer el mundo a los pies y no tener fuerzas para levantarlo. Que me cueste demasiado. Que lo logre, quizá, solo a medias. Que me venga bien un poco de ayuda en algún momento, pero que hay cosas que es mejor hacer por mí misma.

Que, demasiado a menudo, recibimos más de lo que damos. Aunque no siempre lo apreciemos a primera vista.

Que lo bonito está a la vuelta de cualquier esquina. Al caer la noche de un mal día. En las risas compartidas, los bailes sin prisas y el sonido de una guitarra. En las bombillas de colores, las flores y los regalos en forma de tiempo. En los recuerdos que ayudan a viajar, en las personas que acompañan y en los sueños que nunca mueren.

Y en las ganas de vida intactas cuando todo lo demás falla.

Aprendí que, para llegar a la orilla, muchas veces hay que remar en contra de todo. Incluso de la vida y de uno mismo. Aguantar la respiración hasta sacar la cabeza. Encontrar el equilibrio sobre las olas.

Y nadar contra la marea.

 

Patricia Ayuste.

#PauDonesDEP

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2 Comentarios

  • Responder
    Mayte
    16 junio, 2020 a las 12:12 am

    Me encanta leerte, aunque no siempre te lo diga.

    • Responder
      Patricia
      16 junio, 2020 a las 8:17 am

      Muchas gracias Mayte! Me alegra saberlo, que te guste y me leas.

      Un abrazo,
      Patricia.

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