Entre Suspiros y un Café
Personas

Por nosotras

Decía Coco Chanel que la mujer debe ser dos cosas: quien ella quiera y lo que ella quiera.

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Que es necesario que no pierdas de vista lo que te propones. Lo que deseas. Lo que más quieres. Y que vayas de cabeza a por ello. Que saltes una a una todas las trabas, las negativas y las zanjas que traten de apartarte del camino. De minar tus fuerzas. De impedir que llegues. Que dejes de mirar hacia atrás, de pensar en lo que pierdes, de temer lo que pueda salir mal.

Y que reúnas el valor necesario para dar el gran salto, aunque no sea el mejor momento. Pero sientas que quieres darlo.

Que es normal que te equivoques mil veces. O las que sean precisas. Para que así aprendas. De tus propias decisiones. De tus errores. De tus salidas de tiesto. De todo lo que te daba miedo hasta que decidiste intentarlo. De todo lo que parecía tan lejano hasta que diste el primer paso. De todo lo que estaba en tu contra hasta que decidiste enfrentarlo.

Que has de saber frenar a tiempo, decir que no y poner distancia. Saber reconocer lo que más te duele, lo que te hace daño, lo que te mata por dentro. Lo que te seca. Lo que te corroe. Lo que te hace más pequeña e invisible. Lo que puede hundirte un poco más si cabe.

Y mandarlo todo lo más lejos de ti.

Que necesitas descubrir que agachar la cabeza antes de tiempo no soluciona nada. Ni bajar los brazos o el ánimo ante la primera señal de derrota. Cuando el cielo se torne gris. O cuando el viento sople en tu contra. Que siempre queda una última carta que usar. Que la paciencia es una virtud.

Y que en el tiempo de prórroga también se ganan los partidos.

Que lo mejor que puedes hacer por ti es creerte. Y no solo cuando aciertes. Sino hasta cuando metas la pata hasta el fondo. Apostar más veces por ti, porque puedes, porque lo vales. Porque mereces esa segunda oportunidad que a otros sí concedes. Y las que hagan falta.

Y recordar que nunca es tarde para ser quien te gustaría ser.

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Que es más que necesario que aprendas a respetar tus tiempos, tus silencios, tus manías. Que no busques la aprobación continua de todo el mundo, sino la tuya propia. Que dejes de compararte a todas horas. Que sepas cuándo ir y cuándo es mejor volver.

Y que aprendas a quererte –mucho– más.

Que es bueno recordar que hay cosas que empiezan justo cuando dejas que otras terminen. Que vales más por lo que haces que por lo que dices que algún día. Que la vida es demasiado corta como para arrepentirte, ni de lo que hiciste, ni de aquello a lo que no te atreviste.

Y que, aunque da demasiadas vueltas, son esas mismas vueltas las que dan más vida.

Que ganas más cuando admites que te has equivocado, cuando rectificas, cuando reconoces tu error. Cuando dejas de darte cabezazos contra la pared y das media vuelta. Cuando dejas de luchar por todo, por imposibles, por auténticas quimeras. Cuando pones los pies en la tierra y te levantas tras cada derrota.

Cuando no buscas ser perfecta, sino ser tú misma.

Cuando aprendes lo necesario que es pedir perdón. Empezando por ti misma. Olvidar mucho antes, no cargar con exceso de equipaje ni con culpas que no llevan a ninguna parte. Dejar de demandarte lo que a otros no exiges. Aprender a ser tu mejor amiga. Tu aliada. El hombro sobre el que llorar.

Y el faro con el que guiarte.

Que necesitas no dar pie a quienes te digan cómo vestir, qué pensar y cómo actuar. A quienes se crean por encima y te miren desde arriba. A quienes no te escuchen nunca. A quienes te den continuamente opiniones que no has pedido y que no tienen en cuenta las tuyas. Quienes desaprueben tus intentos, tus destellos y tus formas. Quienes, en lugar de empujarte hacia adelante, te retengan lo más atrás posible.

Que has de huir de quienes te pongan entre barrotes, por muy dorados que sean.

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Que has de aprender a quién escuchar y a quién hacer oídos sordos. A no ir donde no te llaman, ni te quieren ni mucho menos te esperan. Quien se queda a dar las vueltas contigo, quien no te suelta de la mano y quien sabe hacerte reír hasta en el peor de tus momentos. No esperar más de la cuenta ni a poner la mano en el fuego por quien no la pondría jamás en tu lugar. Saber por quién vale la pena correr riesgos y no correrlos por cualquiera.

Dejar de desvivirte por lo demás, a costa de dejarte a ti para último lugar.

Que has de tener siempre presente tus prioridades, tus deseos y tus desvelos. Lo que te hace feliz. Lo que de verdad te importa. Y no dejarlo para más tarde. Para otro momento. Para otra vida.

Que has de saber encontrar siempre el camino de vuelta a ti.

Cuidarte más. Respetarte mejor.

Por ti.

Por todas nosotras.

 

Feliz día de la mujer. Hoy, mañana y siempre.

 

Patricia Ayuste.

 

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2 Comentarios

  • Responder
    Pepa
    14 marzo, 2021 a las 7:58 pm

    Que bonito texto. Todo un manifiesto de amor propio.
    Me ha encantado leerte. Un abrazo.

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