Entre Suspiros y un Café
Amor

Turrón, villancicos y Navidad

Si algo he aprendido entre estas –y otras muchas– Navidades es que lo importante no es tener infinitos regalos debajo del árbol, ni sentarme en una mesa donde no caben más personas, ni recibir tropecientas mil felicitaciones típicas y prefabricadas de personas que –hace demasiado– no están en mi vida.

árbol

Porque el tiempo me ha enseñado que los regalos que más valor tienen, como un abrazo o un «te quiero», no tienen precio, pero son los que me hacen sentir en casa. Que las personas que de verdad me quieren, no se van nunca, incluso aunque no estén ya sentados en la mesa.

Y que quienes me demuestran, año tras año, lo mucho que me quieren, son las mejores felicitaciones que la vida y las Navidades pueden regalarme.

Poco importa una agenda repleta de innumerables compromisos que, en realidad, son solo eso: compromisos. E importa menos si esa suma de citas es fruto de la costumbre o por no saber decir que no. He comprendido que el verdadero error es sentir que me pierdo algo mejor, que desearía estar en cualquier otro lugar o que a quien de verdad querría ver es a quien menos tiempo le dedico a lo largo de estos días. Y a lo largo de mi vida.

Porque decidir qué reencuentros son los que valen, en qué lugares me siento en paz y junto a quién me quiero ver es el primer paso de eso que algunos llaman felicidad.

Y es por eso que, también, me he olvidado de muchas viejas tradiciones y algún que otro quebradero de cabeza. He soltado aquellas que quedaron obsoletas hace mucho, aquellas que inventaron otros por mí –que nunca sentí como propias– y a aquellas que, en algún momento, dejaron de tener sentido.

Me he inventado otras nuevas, más acordes conmigo. Y he aprendido algún que otro villancico. De esos con los que cantar junto a los míos y volver a sentirme niña. De esos que me traen bonitos recuerdos a la mente y la sensación de que, por lo menos durante un rato, son todo lo que necesito.

navidad

Como también he aprendido a vaciar el carrete de fotografías que miraré una vez… y caerán en el olvido. A elegir calidad sobre cantidad. A liberar mi día a día de recargos y artificios, de los «porsiacaso» que no cumplen ninguna función, salvo robarme espacio. He empezado a soltar las barreras que me aíslan en lugar de protegerme y los filtros que se cargan la pureza de la luz de cada nuevo amanecer.

He optado por vivir el presente en lugar del pasado, por mantener la esperanza por encima de cualquier miedo y por restringir el mundo offline para no perderme nada de lo que me rodea.

Las Navidades también me han enseñado lo bonito que es mantener la ilusión intacta. Esa que, de niños, nos invadía al escribir una carta llena de sueños. La que nos impedía dormir la noche previa a Navidad. La misma que nos embargaba al despertar junto a un árbol, más o menos, lleno de regalos.

He aprendido que lo bonito es seguir manteniendo la ilusión, –llueva, relampaguee o truene– por mí. Por cada uno de mis sueños. Y por todo aquello que me hace feliz. Saber que tendré que hacer sacrificios, que algunas metas se harán de rogar y puede que muchas otras no las llegue a cruzar nunca, pero que cada segundo invertido en mi lista de deseos, vale la pena.

Como vale la pena dar gracias por cada pequeño detalle, cada logro y cada sonrisa que la vida me regale. Porque se oye mucho, pero se olvida demasiado pronto. Lo de que el tiempo vuela, las oportunidades escasean y algunas vueltas pueden ser muy, pero que muy duras. Porque en Navidad, y en cualquier época del año, es bueno recordar que, incluso en los momentos más difíciles, siempre hay un motivo para seguir adelante y una mano dispuesta a ayudar.

Porque hay palabras que curan lo incurable, personas que son refugio y abrazos que salvan mundos.

diciembre

Como también salva tener un sitio al que pueda llamar hogar. Donde sentirme a resguardo, segura y en casa. Donde sentirme como en ningún otro lugar. Y quien dice lugar, dice personas.

Porque un «te quiero» dicho a tiempo acorta cualquier distancia.

Porque hay quienes son mi mayor suerte. Tanto quienes hoy están como quienes ya se fueron.

Porque si algo me ha enseñado la Navidad es que es mucho más que turrón y villancicos.

Que la vida se celebra, ahora y siempre.

Que las ocasiones especiales son todas aquellas que yo quiera.

Y que la Navidad es tan solo una excusa para volver a creer en la magia. Y, sobre todo, en mí.

 

Feliz Nochebuena.

Y feliz, muy feliz, Navidad.

Patricia Ayuste.

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