Y que pierdas

El control, la cabeza, la templanza.

Para que lo sientas en primera persona. La sensación de salirse del molde, de tus casillas, de tus límites. De no ser uno mismo. O, por el contrario, de serlo un poco más. Para vivirlo al menos alguna vez en la vida. Y que veas que no es para tanto, y que no pasa nada. Que puedas restarle gravedad, importancia y hasta severidad. Que después de los truenos, se oyen los cantos de los pajaritos. Que le pierdas miedo al miedo.

Y que pierdas alguna de tus batallas. O más de una. Para que aprendas por las que sí vale la pena luchar. O intentarlo al menos. Porque a veces se ha de perder primero para vencer después. Porque empezar perdiendo motiva a apostar más fuerte, a ser mejor, a dar todavía más. Porque sentir que podemos perder nos mueve a actuar, a cambiar de estrategia, a buscar nuevas… a crear. Porque perder te cambia.

Y el cambio es ley de vida.

Y que pierdas tus apuestas. Las que siempre son a favor de caballo ganador. Aunque no sea el tuyo. Para permitirte pensar de nuevo y hasta escoger mejor. Porque, más a menudo de lo que pensamos, necesitamos equivocarnos varias veces hasta dar en el clavo. Porque a veces apostamos por apostar, sin corazón, sin razón, sin motivo. Porque a veces seguimos otros instintos en lugar de los propios y seguimos mayorías, en lugar de corazonadas.

Y que pierdas el norte y el sentido. Que no sepas ni qué día es, si hace frío o cómo llegaste. Porque hay momentos en que necesitamos desorientarnos para poner de nuevo todos los sentidos y quitar el piloto automático. Para pensar en lo que hacemos, lo que hacíamos y lo que realmente queremos. Para cambiar directrices, perspectivas y pequeñas frustraciones. Para romper viejos hábitos, viejas manías y cualquiera de nuestras cadenas. Las que nos atan, nos guían, nos limitan. Para ver más allá, y empezar nuevas búsquedas.

Porque quien busca encuentra.

Y que pierdas lo que ya tenías. Porque en ocasiones, por no decir siempre, necesitamos perderlo todo para darnos cuenta de lo poco que lo estábamos cuidando. Hasta ahora. Hasta ese momento. Y cambiar el chip, el ánimo, las palabras. Y sumar cariño, cuidado, esmero. Y renovar pensamientos, hacer las paces con nosotros mismos y dar la mano a quien está a nuestro lado. En lugar de apartarlo. En lugar de distanciarlo.

Y que pierdas lo que ya te sobra. Porque tenemos más de lo que necesitamos. Más de lo que queremos. Más de lo que disfrutamos. Y que perder nos sirva para abrir los ojos y ver lo poco que ya nos importaba y lo bien que estamos ahora. El tremendo espacio que nos ocupaba, y que nos queda al perder. Y el tiempo que nos regala. Y la calma ganada, la dedicación y quizá algún que otro desvelo. Y la felicidad que encontramos al mirar de nuevo. Y al mirar en otras direcciones.

Y que pierdas ideas, planes y propósitos por tu camino. Porque nada mejor que quedarte sin planes para inventar unos nuevos. Para echarle imaginación, ganas y hasta pasión. Para crear a tu libre elección. Ideas más originales, más frescas, más naturales. Y para improvisar. Para hacer lo que te dé la gana en ese momento y dejarte de tantos guiones escritos. Para escucharte más, y seguir tu intuición. Para buscar más la felicidad que los grandes retos, esos que, una vez logrados, te saben a poco. Para pensar más en ti y por ti.

Y que pierdas la ilusión. Para empezar a cuidarla. De verdad, desde la base. Desde ti, y no desde fuera. Para hacerla crecer, hacerla brillar con fuerza, para darle alas y que vuele sola. Atrayendo otras ilusiones, despejando incógnitas, inseguridades y temores que aparezcan en su camino. O para dejarla detrás, si ya no da más de sí. Si ya no te sirve, si ya no más. Y retomar otras ilusiones que se habían quedado en standby, a la espera de su momento, de su oportunidad, de su función.

O bien darle la mano a ilusiones nuevas… y volver a soñar como niños. De verdad. Y con ganas de cumplirlas.

Y que pierdas el miedo a perderte.

Y que pierdas lo que debas perder.

 

Patricia.

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Haz más

Haz más de lo que suma.

De lo que te gusta, de lo que te atrae, de lo que te llena, tanto por dentro como por fuera. De lo que te hace olvidar todo lo que no sea ese momento, por preciso y breve que sea. Lo que hace que todo quede en segundo plano, sean los planes de futuro, los problemas, el tiempo y hasta el espacio. De lo que te provoca sonrisas, carcajadas y algún que otro salto de alegría. Lo que multiplica por mil tus sueños y te hace creer en ellos. Una y mil veces más.

Haz más de lo que siempre pospones. Aquello de lo que te quejas no poder cumplir nunca, no tener tiempo, no tener fuerzas para hacerlo. Y lo dejas, y lo vuelves a dejar. Y aquello que no te atreves a empezar. Por cobarde. Todo lo que dejas para más adelante, y hasta fuera de todos tus planes. Porque no es el momento, te mientes, porque piensas que habrá alguna ocasión mejor. Más ideal. Única. Y ahí se queda mientras.

Haz más de lo que te da la vida, de lo que te hace amarla sin reservas. De lo que la dota de sentido. Completo. Y propio. De lo que cuida tu salud, te regala felicidad o te acompaña de la mano a cualquier lugar. Lo que te da valor, motivos, agallas, vivacidad. Lo que no hace daño, ni causa dolor. Lo que no se esconde tras excusas baratas ni busca el olvido constante. Lo que llama tu atención, tus suspiros, tu inspiración.

Haz más de lo que te reta. A dar más. A darlo todo. A ser mejor. A tratar de serlo. A no dejar de intentarlo. A no desanimarte cuando el viento sopla en tu contra y te revuelva el cabello, hasta taparte incluso los ojos. A aprender a andar con él, a aprovechar su fuerza, a hacerlo tu amigo. A encontrar el equilibrio entre su ritmo y el tuyo. A perder el miedo, la angustia y los nervios en vano.

A bailar, bajo la lluvia, nieve o un cielo nublado y triste.

Haz más de lo que ilumina tu mirada. Tu semblante. Tu alma. De lo que habla por ti y de ti. Aquello que tan bien se te da. Aquello que en ti es natural y que surge solo.

Haz más de lo que te transforma. Conscientemente o no. Pero de la manera más natural, más espontánea, más fluida. Libre de artificios, de falsas inyecciones de acción o de adrenalina, de simples e inútiles parches que no tapan nada. Y que al contrario, dejan más al descubierto de lo que ocultan. Sé tu propia acción. Lo que te lleva de 0 a 100 en un visto y no visto. En cuestión de un pestañeo. Y que sientes podrías llegar más lejos, más alto, más hondo.

Llegar a más.

Haz más de lo que sí… y menos de lo que no. De aquello que podrías obviar, si supieras decir que no. De aquello que no tendrías porqué, ni deberías. Por ti ni por nadie. De aquello que te roba, te resta, te quita. Sea luz, energía o ánimo. Sea tiempo, oportunidades o personas. Porque todo tiene un coste. Y hay precios que podemos no pagar si queremos.

Haz más por los demás. Sin contar con las vueltas, ni esperarlas, ni mucho menos exigirlas. Sin valorar su peso, sin darle excesivo valor, sin inflar el tuyo propio a cambio. Sin pregonarlo a los cuatro vientos. Sin llevarte los méritos, los resultados o lo que no sea tuyo. Dando lo que puedes, cuando puedas, lo que eres. A tu justa medida.

Haz más por querer. Y no sólo hacia afuera… sino también hacia dentro. Que eres tan capaz como cualquiera. De querer, de abrazar, de demostrar aprecio. Con todas tus fuerzas, tu ilusión y tu bondad. Sin dejar ocultas tus muestras de cariño y no guardar nada para futuros lejanos. De esos que a veces no llegan a materializarse. De esos que cuando a veces llegan y no son los que esperábamos, ponen nuestro mundo patas arriba. Con alguna que otra ilusión perdida y algún que otro sueño roto para siempre.

Haz más de lo que está en tus manos. Que es más de lo que piensas, si lo piensas bien. Haz más hoy y ahora, deja menos para mañana. Dedícale tiempo al tiempo. A ti. A lo que quieres. A lo que sueñas.

 

Haz más por ti. Por crecer, por estar donde realmente quieres estar, por encontrar respuestas. Las que realmente te valen, y no quedarte con cualquiera de ellas. Con las primeras que lleguen. O con lo que sea que se le parezca. Por cuidarte, a cada momento, y no sólo en circunstancias especiales.

Por no quedarte en menos pudiendo ser más.

Por ser todo lo que puedes ser y no fingir ser otra cosa.

Por crecer e ir a más. Y hacer siempre más.

 

Patricia.

El último lugar

Dicen que es en el último lugar en el que andas buscando, donde finalmente encuentras.

Como la felicidad.

Que se esconde en el último sitio en el que esperas, en el último que piensas que podrá ser, en el que ni te paras a mirar. El que te resulta demasiado obvio. El que no entraba en tus cálculos, no parecía lo suficiente como para llamar tu atención, el que descartabas con vehemencia sin saber siquiera por qué. El que no estaba entre tus favoritos, entre tus posibles, y que no era en absoluto una opción. El que descartabas porque mirabas hacia otro lado.

Pero que es precisamente allí donde obtienes respuestas a las preguntas que te hacías, incluso a las que no. Donde hallas la solución de esa ecuación que te robaba el sueño, que te ponía a prueba, que te tenía en jaque. Y que das con él justo cuando más lo necesitas. Cuando veías que el tiempo ya no te daba más de sí. Ni de ti. Cuando estaba a punto de hacerte claudicar. De renunciar. De desistir.

Porque pasa. A cualquiera. A todos en algún momento. En mayor o menor medida. A pequeña escala o por todo lo alto. Pasa que tiras la toalla. Que decides dejar de jugar, de apostar, de perder. Porque es la única manera en que lo ves. Que pierdes. Que no hay ni beneficio, ni equilibrio ni nada que se le parezca. Que tus aciertos, si es que los hay, consideras que han sido de pura casualidad.

Y que los demás… eso es otra historia.

Pero lo que a veces no vemos es que erramos en las formas, los lugares, los momentos. Que andamos justos de paciencia, y nos sobra ambición. O nos falta en exceso. Nos creemos que sí, porque sí, y no aceptamos un no por respuesta. O que nos contradigan. Escuchamos lo que queremos, filtramos sin criterio. Queremos ir de A a B, sin estar siquiera en A. Que buscamos el camino del medio, el más corto, el más rápido. Tomando atajos, siguiendo leyendas, cruzando los dedos.

Erramos cuando miramos sin ver. Cuando escuchamos sin oír. Cuando nos perdemos los pequeños matices, los detalles más insignificantes, los amaneceres más prometedores. Cuando nos perdemos en nosotros mismos. Cuando dejamos de sentir, de valorar, de disfrutar. Lo que sí tenemos. Lo que podemos acariciar, abrazar, rozar. A quienes están cerca. Aun en la distancia. Cuando dejamos de sentir lo que somos, lo que un día fuimos, lo que algún día seremos.

Cuando dejamos de andar hacia delante y nos paramos. Por el motivo, la excusa, o el sinsentido que nos inventemos.  Y permanecemos allí. Y hasta nos apartamos. Poco a poco, a un lado. Fuera del camino. Del nuestro. Para resguardarnos, para observar. O decir que lo hacemos. Y dejar pasar a los demás. E incluso retroceder. Paso a paso. Y quedarnos detrás. Y seguir observando. O fingiendo que lo hacemos.

Cuando nos ponemos en el último lugar.

A la cola. A la espera. Al final.

Cuando esperamos que la inspiración nos encuentre por el camino. Que se ilumine la casilla de salida por sí sola. Que se ponga el sol por donde queramos. Que se abra la primera puerta a la que llamemos. Cuando pretendemos seguir otros pasos y asumirlos como propios. Otros rumbos. Otras veletas. O que sean otros quienes nos sigan, nos aplaudan, nos respalden. Cuando no lo hacemos ni nosotros.

Erramos cuando dejamos de mirarnos, de observarnos, de escucharnos. Cuando nuestras prioridades cambian, o no cambian nunca, y cuando dejamos de priorizarnos. Cuando el foco se queda fuera. Porque lo ponemos o lo dejamos allá. Lejos. De nuestro camino, de nuestros pasos, de nuestras huellas. De nosotros.

Cuando nos empeñamos en buscar donde no hay. En buscar fuera lo que puede estar dentro. En buscar lo que ya tenemos. En maquillar la tristeza y dibujar alguna sonrisa que acabe torcida. En inflar de alegría  globos que pierden el aire por algún diminuto agujero. En tratar de aparentar, en lugar de simplemente estar. Y de estar bien. Siendo el lugar lo que menos.

Estando bien en cualquier lugar.

Porque la felicidad, como la mayoría de cosas, está en el último lugar donde la sueles buscar.

En el último lugar donde sueles mirar.

En tus manos.

En ti.

 

Patricia.

Fugacidad

Una estrella. Un deseo. Un segundo.

Para pedir, para desear, para soñar. A lo grande, ¿por qué no? O a más diminuta escala, que a veces es un pequeño gran acierto. Con los ojos cerrados, bien cerrados. Para concentrarte en lo importante. En ti. En el momento. En disfrutarlo. En que no se pierda. En que no se te escape por ningún otro lado. Para impedir que nada ni nadie tome prestado el protagonismo que no le corresponde. Y se cuele. Y te robe la magia. Y rompa el hechizo. Y se lleve la atención. O que se lleve tu deseo.

Una luz que brilla. Que resplandece con luz propia y que atrae todas las miradas. Todas las que estén mirando. Todas las que estén dispuestas a no perdérsela. Que estén ojo avizor, preparadas, a la expectativa. Una luz que ilumina el firmamento. Que lo cruza antes de apagarse. Antes de brillar por última vez. Antes de desaparecer tras un segundo de gloria. Efímero, escueto, brevísimo. Pero suyo por completo.

Y fugaz.

Como fugaz es el tiempo a medida que pasa. A medida que crecemos y nos hacemos mayores. A medida que se nos acaba. Porque en su definición no cabe el concepto de ilimitado. Porque es el que es, único en cada minuto, en cada milésima de segundo, en cada ocasión. Porque es el que nos regala intentos, tantos como tengamos intención de aprovecharlos. Ensayos, para ir, venir, acertar y fallar. Estrepitosamente. O no. Eso es cuestión de cada uno. Y algo que nos facilita también es aprender de ello. Y desaprender lo que nos haga falta. Y que por muchos regalos que nos haga, ninguno es igual. Aunque lo parezca.

Fugaz porque el tiempo no acata órdenes ni espera por nada. Ni por nadie. Va a su aire. Libre y ligero. Regalando oportunidades, a la vez que recoge las que no tomamos. Las que dejamos en stand-by, a la espera, en barbecho. Haciendo grandes planes. De cabeza, de pensamiento. Que no de realidad. Hablando mucho y haciendo poco. O más bien nada. Dejando para un luego que nunca se presenta. Para un más adelante que siempre se retrasa. Retrasando el hoy, mañana y el futuro.

Y dejando atrás.

Como dejamos atrás historias, momentos, personas. Capítulos increíbles, de los que terminan con grandes finales. De esos en que todo sale bien, más que bien. De los que nos cuesta despegarnos y dejarlos ir. O incluso aquellos que preferiríamos olvidar pero que otros acaban tornando en buenos. Soplos de alegrías, de grande dicha, y hasta de emoción desbordada. Momentos en los que se te encoge el corazón, el alma y cualquier pena, y el sol resplandece de una manera especial.

Como dejamos atrás lo que acaba. Por sí mismo o según nosotros. Lo que un día cumple su papel y deja de tener un lugar. O encuentra uno mejor. O se lo encontramos. Lo que pierde el sentido, la razón, cualquier motivo para quedarse. Para estar. Para ocupar nuestro tiempo. El limitado. El que no espera.

El que es fugaz como la vida misma.

Una vida en la que dicen que los días son largos, pero que los años son bien cortos. Demasiado. Que podemos tener la sensación de que los días pasan lentos, a un ritmo excesivamente tranquilo… pero ay los años. Los años vuelan solos.  Al igual que el tiempo. Las oportunidades. Y esos momentos que quedan atrás. Al igual que las personas, que un día están y al siguiente puede que no. Sea cual sea el motivo.

Motivo por el cual se vuelve tan importante elegir bien con quién pasamos los días y a qué dedicamos nuestros años… y con quién volamos.

Porque si fugaz es el tiempo… la vida no se queda atrás.

 

Patricia.

 

Lo que te guardas

¿Dónde van las palabras que no se dicen?

Las que se escriben en lápiz y se llenan de tachones. De borrones. De anotaciones en los márgenes, apurando los espacios y rellenando cualquier hueco que quede. Para complementar otras ideas o para aclarar lo que no se entiende. Para recordar algo que no queremos que se escape o para evitar repetir estupideces. Para dar sentido a lo que de otra manera no lo tiene. Palabras que se pierden en una hoja mal doblada y arrugada, que cuando lanzas a la papelera, siempre cae fuera.

Las que se susurran lo más bajo posible y de la manera más discreta, para evitar que otros lo escuchen. Para impedir que cualquier intruso las intercepte. Queriendo o sin querer. Para sabotear que cualquier desconocido las entienda, las haga suyas, les de la vuelta. Para sí o en nuestra contra. Para proteger nuestras palabras, nuestras ideas, nuestros pensamientos.

Incluso de nosotros.

Palabras que guardamos bajo llave, en una bonita caja con un candado decorado. Temiendo que sean descubiertas, malinterpretadas, infravaloradas. Temiendo que se las lleve el viento si abrimos la tapa por descuido. Para cuidarlas con mucho tacto, para regarlas con mucho mimo, para evitar que se marchiten con la falta luz, de sol y de aire fresco. Para darles tiempo, espacio y posibilidades. De tener su momento, de crecer y brotar espontáneamente, de preservar su personalidad y significación.

Las que pensamos que no dicen nada o que cuentan demasiado. De ellas, de nosotros, de cualquiera o cualquier cosa. Las que pueden frenar grandes planes y mandarlos al traste. O las que dan el pistoletazo de salida y marchan viento en popa a toda vela. Las que dan pistas, señales o descubren todas las cartas. Sobre la mesa. Sobre quien sea. Las que esperan ocasiones, juegan con el factor sorpresa y ganan el final round.

Palabras que no sabemos si queremos que se conozcan, que se digan, que se repitan. Si están preparadas para ello o necesitan madurar un tiempo. Ni si queremos que salgan de nosotros mismos. Revelarlas, darlas a conocer, soltarlas de nuestra mano. Arriesgar a que pierdan protagonismo, que se diluya su fuerza, que mengüe su perspectiva de futuro. Las que queremos abrigar y defender, sin saber muy bien de qué. O de quién.

Dicen que guardamos de más.

Y que ocupamos demasiado espacio. Que deberíamos aprender a soltar. Lo que ya no tiene valor, sentido o utilidad. Los por si acaso, los “un día”, los “es que”. Lo caduco. Lo que guardamos que nos ate. Al pasado, a lo que dejamos atrás, a lo que ya no somos. A viejos recuerdos, a antiguos sueños que ya no lo son. Y que no volverán. Y que deberíamos aprender a reconocerlo. Lo que sobra, de entre todo lo que guardamos.

Y que lo que guardamos nos condiciona. Nos define. Nos describe. Habla de nosotros y de nuestros temores. De nuestras esperanzas, cumplidas y no. De nuestros porqués, causas y causalidades. De nuestros destinos y pasos en falso. Y no tan falsos. De lo que acertamos, a la primera o a la vigésima vez. Por méritos propios o por la casualidad más pura.

Que lo que guardamos se seca. Se marchita. Se llega a echar a perder. Y olvida toda su frescura, su completa naturalidad, sus más vivos y brillantes colores. Que se pudre, y no sólo por fuera. Que una buena apariencia no siempre significa que por dentro no haya grietas. Vacío. Silencios. Y que no siempre lo tapa bien. Y que lo que se guarda con mucho ahínco, es fácil perderlo de vista y que caiga en el olvido. En el silencio.

Y que no florezca.

Y que por el camino podemos perder mucho tiempo, espacio y oportunidades. Mientras llenamos ese baúl de recuerdos, ese  rincón de nuestra memoria, esa parte de nuestro interior. Ocupando un valioso lugar.

Pero que si guardamos menos y elegimos mejor, podemos hacer hueco. Para lo nuevo, para lo bello, para lo más bonito. Para nuevos amaneceres, nuevas palabras y mejores recuerdos.

Para guardar nuevas promesas, nuevos anhelos, y nuevas historias por escribir. Por dar vida. Por protagonizar.

Que lo que guardas, es sólo tuyo.

Eres tú.

 

Patricia.