El último lugar

Dicen que es en el último lugar en el que andas buscando, donde finalmente encuentras.

Como la felicidad.

Que se esconde en el último sitio en el que esperas, en el último que piensas que podrá ser, en el que ni te paras a mirar. El que te resulta demasiado obvio. El que no entraba en tus cálculos, no parecía lo suficiente como para llamar tu atención, el que descartabas con vehemencia sin saber siquiera por qué. El que no estaba entre tus favoritos, entre tus posibles, y que no era en absoluto una opción. El que descartabas porque mirabas hacia otro lado.

Pero que es precisamente allí donde obtienes respuestas a las preguntas que te hacías, incluso a las que no. Donde hallas la solución de esa ecuación que te robaba el sueño, que te ponía a prueba, que te tenía en jaque. Y que das con él justo cuando más lo necesitas. Cuando veías que el tiempo ya no te daba más de sí. Ni de ti. Cuando estaba a punto de hacerte claudicar. De renunciar. De desistir.

Porque pasa. A cualquiera. A todos en algún momento. En mayor o menor medida. A pequeña escala o por todo lo alto. Pasa que tiras la toalla. Que decides dejar de jugar, de apostar, de perder. Porque es la única manera en que lo ves. Que pierdes. Que no hay ni beneficio, ni equilibrio ni nada que se le parezca. Que tus aciertos, si es que los hay, consideras que han sido de pura casualidad.

Y que los demás… eso es otra historia.

Pero lo que a veces no vemos es que erramos en las formas, los lugares, los momentos. Que andamos justos de paciencia, y nos sobra ambición. O nos falta en exceso. Nos creemos que sí, porque sí, y no aceptamos un no por respuesta. O que nos contradigan. Escuchamos lo que queremos, filtramos sin criterio. Queremos ir de A a B, sin estar siquiera en A. Que buscamos el camino del medio, el más corto, el más rápido. Tomando atajos, siguiendo leyendas, cruzando los dedos.

Erramos cuando miramos sin ver. Cuando escuchamos sin oír. Cuando nos perdemos los pequeños matices, los detalles más insignificantes, los amaneceres más prometedores. Cuando nos perdemos en nosotros mismos. Cuando dejamos de sentir, de valorar, de disfrutar. Lo que sí tenemos. Lo que podemos acariciar, abrazar, rozar. A quienes están cerca. Aun en la distancia. Cuando dejamos de sentir lo que somos, lo que un día fuimos, lo que algún día seremos.

Cuando dejamos de andar hacia delante y nos paramos. Por el motivo, la excusa, o el sinsentido que nos inventemos.  Y permanecemos allí. Y hasta nos apartamos. Poco a poco, a un lado. Fuera del camino. Del nuestro. Para resguardarnos, para observar. O decir que lo hacemos. Y dejar pasar a los demás. E incluso retroceder. Paso a paso. Y quedarnos detrás. Y seguir observando. O fingiendo que lo hacemos.

Cuando nos ponemos en el último lugar.

A la cola. A la espera. Al final.

Cuando esperamos que la inspiración nos encuentre por el camino. Que se ilumine la casilla de salida por sí sola. Que se ponga el sol por donde queramos. Que se abra la primera puerta a la que llamemos. Cuando pretendemos seguir otros pasos y asumirlos como propios. Otros rumbos. Otras veletas. O que sean otros quienes nos sigan, nos aplaudan, nos respalden. Cuando no lo hacemos ni nosotros.

Erramos cuando dejamos de mirarnos, de observarnos, de escucharnos. Cuando nuestras prioridades cambian, o no cambian nunca, y cuando dejamos de priorizarnos. Cuando el foco se queda fuera. Porque lo ponemos o lo dejamos allá. Lejos. De nuestro camino, de nuestros pasos, de nuestras huellas. De nosotros.

Cuando nos empeñamos en buscar donde no hay. En buscar fuera lo que puede estar dentro. En buscar lo que ya tenemos. En maquillar la tristeza y dibujar alguna sonrisa que acabe torcida. En inflar de alegría  globos que pierden el aire por algún diminuto agujero. En tratar de aparentar, en lugar de simplemente estar. Y de estar bien. Siendo el lugar lo que menos.

Estando bien en cualquier lugar.

Porque la felicidad, como la mayoría de cosas, está en el último lugar donde la sueles buscar.

En el último lugar donde sueles mirar.

En tus manos.

En ti.

 

Patricia.

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Que sigas creyendo

Que sigas creyendo en ti.

En que eres lo que eres gracias a ti. En tu grandeza, en tu bondad, en tu increíble forma de ser. En tu alegría contagiosa y tu bonita predisposición a ayudar. Siempre, sin importar fechas ni calendarios. En que si quieres, puedes, y que puedes ser aún mejor de lo que ya eres. Que lo eres.

En que mereces seguir celebrando, seguir cumpliendo, seguir creciendo como persona. En que mereces cada uno de los buenos momentos que vivas, cada uno de los abrazos, todos y cada uno de los besos. Por ser tú, a pesar de los malos ratos, las dudas y cualquier miedo.

En que tú vales por ti y por un todo. Que eres único y valioso. Que nadie nunca podrá hacer más por ti que tú mismo, pero que por los demás podrás hacer tanto o más. Que aunque la suerte es caprichosa, tú sabes creártela. Y ganártela.

En tu fortaleza y tu habilidad de superarte. En resurgir cual ave fénix. En tu seguridad y en tu confianza en que todo saldrá bien. En saber que haces lo mejor y que la intención siempre cuenta. En que ser uno mismo es la única opción.

Que sigas creyendo en la magia.

Porque creer es un regalo. Para ti y para los demás. Un regalo de corazón, envuelto en ilusión. Una fuente inagotable de luz, de esperanza, de fantasía. De la creíble y posible. De la que mueve montañas. De la que logra milagros. ¿Por qué no creer en ellos?

Milagros de los de verdad. Los que sorprenden, los que emocionan y conmueven, los que nos hacen saltar. Vibrar, brillar. Los que nos devuelven la fe en las pequeñas cosas y en saber esperar. En que no hay finales escritos, en quererlos escribir de nuestro puño y letra.

Dicen que sólo los más valientes conquistan sus sueños.

 Por eso sueña. Sueña muy alto, y sin miedo. Atrévete. Que el tiempo es breve y la dicha es corta, dicen. Contágiate de los buenos deseos, de las mejores intenciones, del cariño sincero. Contágiate para lo que queda de año y para el que vendrá. No te guardes nada para fechas concretas, cualquier día es especial. Regala sin esperar. Sin esperar nada de vuelta, sin esperar una fecha, sin esperar por esperar.

Y busca buenos compañeros de viaje. De esos con los que no te cansas de viajar, de patear, de volar. Con los que no te canses de vivir, con los que no te canses de ser tú mismo. De esos con los que las distancias se acortan y el tiempo se mide en abrazos. De esos con los que creer es fácil y los miedos se vuelven pequeños.

Y sigue creyendo en ti.

Porque creer es querer.

Porque querer es poder.

 

Felices fiestas a todos, con mucho cariño:

Patricia.

 

Palabras

“Si las personas conocieran el peso de las palabras, le darían más valor a su silencio”.

Dicen por ahí que los silencios son capaces de comunicar tanto o más que las palabras.

Que aquellos que los temen son por miedo a sentirse solos, desprotegidos, expuestos al exterior. A mostrar su inseguridad, su falta de confianza, sus escasos conocimientos o ideas. Sienten miedo a escucharse, a sentirse, a encontrarse consigo mismos. A dialogar desde la sinceridad, sin máscaras, sin buscar agradar a nadie que esté allá fuera.

Sin buscar rellenar con urgencia esos incómodos momentos en que no sabes qué decir. En los que te sienes juzgado y que tu valor está en juego. En los que lo has de demostrar. Todo y nada. En los que cualquier excusa es válida para hablar, con tal de no callar. Con tal de no aparentar ser menos y con tal de aparentar ser más. Como si hablar por hablar fuera la mejor opción y callar significase debilidad.

Como si en silencio no fuera posible crear milagros y acertar respuestas. Encontrar el tesoro secreto que de otra manera no encontrábamos, empezar lo que no había manera de empezar. Seguir y terminar. Perder la noción del tiempo en la mejor compañía: uno mismo.

Silencio: Estado en el que no hay ningún ruido o no se oye ninguna voz.

Dicen también que a las palabras se las lleva el viento. Llevándose con ellas todo lo que esconden, todo lo que cuentan, todo lo que ocultan. Que si escuchamos y sentimos más allá de ellas, encontramos sentimientos únicos y personales, sensaciones que queman, pensamientos que revelan. Futuras acciones que están pendientes, pero no por mucho tiempo. Nervios templados a fuerza de paciencia, deseos contenidos a marchas forzadas.

Valores refugiados tras grandes muros.

Grandes muros que construimos con nuestra propia mente. Y con nuestras palabras.

Como también hay personas que se refugian detrás de un discurso aprendido y superficial que busca distinción. Destacar, figurar, sobresalir. Parecer lo que no se es, fingir por no llorar. Aparentar lo que se pretende, en lugar de intentarlo siquiera. Tratar de alejar lo que no interesa, actuar en respuesta al más puro y claro interés.

En contrapunto a esas otras personas que buscan el modo de derribar esos mismos muros y traspasar fronteras. Personas que abren los brazos para abarcar cuanto más mejor. Más experiencias, más descubrimientos, más logros. Sin arramblar ni pisotear. Sin herir ni avasallar. Sin excluir ni diferenciar. Dando más y lo mejor, sin esperar nada a cambio.

En la variedad, está el gusto.

 

 

Hay palabras que duelen. Como un cuchillo atravesando la piel, lentamente y sin detenerse a pesar de los gritos que se lo pidan. Palabras fuertes y únicas para la ocasión, que van directas al corazón, al afecto y al sentido, sentenciadoras como pocas. Que quieren y pueden doler, depende de quién y a quién. Que lastiman y remueven conciencias. Que buscan compasión, que no dejan indiferente nadie. O a casi nadie.

Hay palabras que emocionan, porque vienen de quien vienen y de la forma en que vienen. Como un regalo sincero, de los de verdad, y no de compromiso. Que si el origen es esencial, no lo es menos el destino. Palabras que nos hacen vibrar, nos empujan a soñar, nos animan a estimar. Que contagian su energía, elevándola a su máximo exponente.

También hay palabras cuyo significado es escaso, pero la imaginación las complementa con estilo. O palabras que en combinación con otras, cambian como de la noche al día. Abarcan más, discriminan menos. Cambian el acento que le ponen a las cosas y separación entre aquellos que las pronuncian. Y las hay que, siendo las mismas, significan poco para unos, mientras que para otros significan un mundo de por sí. Una promesa. Un futuro. Un nuevo comienzo. Un valor, un resultado, una conquista personal.

Dicen que a través de las palabras el dolor se hace más tangible.

Que se pone nombre a lo que se siente, a los que se resiente y a lo que nos reprime. Que se puede sacar de dentro lo que de cualquier otra manera no sale. Porque no queremos, porque no lo permitimos, porque no nos lo consentimos. Porque a veces reconocer duele, y fingir es la salida fácil.

Que a veces se daña con intención de defenderse, o sin intención real de atacar. Por querer acabar lo que otro comenzó o aquello de lo que no sabemos salir. Porque se nos ha quedado grande, porque no sabíamos dónde nos metíamos. Por no querer seguir lo que no debió empezar. Por intentar evitar lo que se adivina va a suceder.

Que en ocasiones se buscan chivos expiatorios o personas en quien descargar rabias que no les corresponden. Por facilidad, por comodidad, por intuir que no habrá réplica. Por envidia, por miedo o por provecho propio.

Dicen que una palabra, tiene el poder de cambiarlo todo.

Si lo permites. Si lo decides tú mismo, no importa lo que digan o piensen los demás. Decidir comenzar bien y seguir aún mejor. Bien en cada momento, bien en cada escondite, bien en cada velada. Bien por tu cuenta y riesgo, bien en la más estridente celebración, bien en la más inesperada de las reuniones.

Que una sola palabra te puede animar para tomar impulso y saltar cualquier muro. Te puede motivar a derrumbar los tuyos propios, a dejar de inventarlos. Te puede hacer sonreír sin parar, durante todo el día, ante cualquier expresión por contraria que sea. Y cambiar tu estado de ánimo. Y tu actitud.

A cuestionar menos y juzgar menos aún. A tolerar más aquello que antes te chirriaba, a que te chirríen cada vez menos cosas. A cantar en voz alta aunque no te sepas la letra, a inventar la tuya propia.

A buscar mejor las palabras, a filtrar las que no nos valgan. A elegir mejor, a dejar un bonito eco de fondo.

A escoger y usar más palabras bonitas.

 

Patricia.

Cuando nada es igual

Y de repente sientes que todo es igual.

Pero que algo ha cambiado.

La imagen se había congelado y el silencio reinaba hasta el último rincón. Donde antes había demasiada intriga, expectación y hasta emoción contenida, ahora quedaba un reposo inquieto. Un viejo reencuentro y diálogos infinitos. Sin mediar aviso, el reloj parecía haber dejado de anunciar los cuartos y los mensajes de whatsapp permanecían a la espera de ser leídos.

En donde se adivinaba un cierre, un punto final, un final de partido, se había abierto una puerta. Una puerta tras la cual se escondían dudas. Muchas. Algunas inesperadas. Incógnitas que quedaban por resolver y una continuación que quería imaginar. Soñadora quizá. Necesidad de respuestas, de tiempo, de asimilar.

Necesidad de sentir.

Parecía un viaje al pasado, al abrigo del acogedor traqueteo del Orient Express. Con unas vistas de película y una taza humeante de café en la mesita. La misma que sujetas con las dos manos y la miras con cariño, teniendo cuidado de que no se te caiga y se haga añicos. La misma que te acompaña durante todo el trayecto y te hace más fácil llegar al final del viaje. Donde la pregunta inevitable te espera: “¿ha valido la pena?”

Una respuesta que no siempre es fácil. Cambiante a menudo de forma, amoldable según la persona. En muchas ocasiones, distinta de la que tenías en mente en un principio. Antes de todo. Distinta de aquella que te ilusionaba como a un niño pequeño el día de su cumpleaños. Distinta de aquella que te aceleraba el corazón con sólo oír una voz haciéndola plausible, real, viva, animándote a conseguirlo. Distinta de aquella que aguardaba la salida de su tren junto a una maleta cuidadosamente ordenada y con una lista intacta llena de sueños por cumplir.

No hay trenes por casualidad.

Y es que cada tren que escogemos, aboca irremediablemente a un destino distinto. Un final soñado, o no. Un colofón buscado, ansiado, deseado, o no. Un para qué muy personal. Un gran sinsentido para unos que para otros es la cúspide de la montaña. Su montaña. Y cada cual, que decida hacer con ello lo que quiera.

Los habrá cuya motivación incluya únicamente diversión como fin último de su propósito. Los habrá que busquen el confort de la buena compañía, elegida con cuidado o no, la que de sentido a todo, y sin la cual nada tenga sentido. Los habrá que anden perdidos, con rumbo errante y sin destino claro, en búsqueda de un no-sé-qué sin saber muy bien dónde hallarlo.

Los habrá que viajen sin ni siquiera maleta o lleven lo estrictamente necesario. Los habrá cuyo equipaje responda a mil y un “por si acaso”. Los habrá que planeen cada etapa, cada salida, cada segundo, mientras que habrá quienes se dejen llevar por el impulso de cada momento. Los habrá que viajen para no volver, para no olvidar, para repetir o por no cambiar.

También sucede que, a veces, nada resulta como esperabas.

 

Nada de lo que llevabas tiempo planeando al dedillo y con tanto anhelo. Pretendiendo no dejar ningún cabo suelto que lo hiciera saltar por los aires. Maquinando, en soledad o con comitiva, aprovechando el primer rayo de luz del día y hasta el último reflejo de luna. Tejiendo los hilos uno a uno para mover cada detalle. Sobrehilando la historia para que todo encaje y resulte sencillo. Natural. Real.

Anticipando hasta el más mínimo pormenor que se te pueda escapar y ensayando cualquier movimiento, por si tuvieras que improvisar. Previendo imprevistos  que te puedan asaltar a mitad y preparando planes alternativos para poder continuar, para no parar. Por mucho desvío que salga a tu encuentro. Por muchos titubeos que surjan o contratiempos que animen a renunciar.

Porque hay cuentas atrás que no se detienen.

Que por mucho que quieras parar el mundo, bajarte y no mirar, no siempre será posible. Más bien, será difícil que alguna vez lo sea. Que escapar puede no ser la mejor idea, y que esconderse no solucionada nada. Puede que las opciones que barajes no siempre sean ni las mejores ni las que hubieras deseado, pero siempre podrás jugar con ellas.

Que por mucha añoranza que sientas, volver hacia atrás no es nunca probable, ni casi probable. Más bien, imposible. Por mucho que extrañes esa comodidad que te da lo conocido, esa seguridad que te promete lo que te resulta familiar, esa dicha que te provoca un final esperado, hay cosas que nunca vuelven.

Esencias, afectos, lances.

Por mucho que pretendas conservar intactos algunos momentos, algunas personas, o incluso ciertos lugares, no siempre está en tu mano. Porque habrá aspectos que sí, que seguirán ahí. Pero habrá muchos otros que tendrán otro matiz. Otro tono. Otra energía. Otro trasfondo tras el cual serán distintos, siendo en apariencia iguales.

Porque a veces todo es lo mismo.

Sin ser igual.

Porque a veces, el cambio está en ti.

 

Patricia.

Apegos

Qué difícil es no coger cariño.

O cogerlo en su justa medida, sin pasarse de largo ni quedarse demasiado corto. O saber cogerlo cuando llega, ni antes ni después, y saber soltarlo cuando es el momento. Pero soltarlo de verdad, ni a medias ni de mentiras. Saber verlo, saber que es el momento oportuno sin que nada ni nadie te distraiga.

Ni siquiera tú mismo.

Que lo difícil, en muchos casos, es darnos cuenta de cuánto apego sentimos. Y más aún, reconocerlo sin tapujos ni rodeos. A bocajarro y sin tabús.  Aceptar que no queremos dejarlo ir, porque lo queremos nuestro. Ahora y por ahora. Sin divisar puntos finales que avecinen inevitables pérdida.

Qué  difícil es llegar al término medio.

Ese en el que dicen que radica lo bueno. Lo perfecto. El equilibrio. Emocional y racional. De vida y noche. El punto más alejado de los extremos. Los malos de cualquier ecuación. Los que pecan de defecto o de exceso. Los que ni tanto ni tan poco. Los que rompen el equilibrio de la balanza.

De niña solía jugar con un osito de peluche. Nada del otro mundo, en verdad, pero entonces eran mi juguete más especial. Venía conmigo allá a donde yo fuera. Era espectador y partícipe de mis juegos infantiles, lloraba desconsolada si lo perdía un segundo de vista. Menudos quebraderos de cabeza tenía mi madre cada vez que quería lavarlo…

Apego: Aprecio o inclinación especial por algo o alguien.

Y el osito… El pequeño peluche desapareció en algún momento de mi infancia, sin dramas dignos de mención, lágrimas desesperadas o reproches descorazonados. Sin dejar más que recuerdos entrañables. Soltando la mano de la niña que le cuidó y que soñaba con ser mayor.

Se fue en silencio, imagino que del mismo modo en que llegó. Sabiendo que hay despedidas que se llevan mejor por dentro, no por ello menos intensas. Buscando. Puede que se fuera a menos de algún otro niño al que hacer feliz. O puede que partiera en busca de su merecido descanso.

Como se va lo que agota su tiempo tras una imparable cuenta atrás. De esas en las que el tic tac del reloj lleva el ritmo cantante, a veces frenético. Esas que acaban en partida, en despedidas de estación y promesas de reencuentros futuros. En seguir caminando sin voltear la cabeza y ver qué queda atrás. Para que nada ni nadie nos detenga.

Para volver de nuevo, cuando se sienta que es el momento.

Como siempre vuelve aquello que dicen que es tuyo. Eso que aseguran que si sueltas y vuelve, te pertenece. Que nunca se fue. Eso que también dicen que llega si no lo buscas, si lo dejas tranquilo, si ni le agobias ni te agobias.

Y puede que vuelva, pero entre nosotros te diré, que no será lo mismo. Ni el mismo. Ni tú ni yo los mismos.

Volverá con otros matices por descubrir, si tienes paciencia y te dejas sorprender. Volverá con otros colores para hacer nuevas combinaciones, tradicionales, transgresoras, rompedoras. Traerá nuevas texturas que sentir y nuevas notas musicales que cantar. Nuevos afectos que regalar a quien esté dispuesto a recibirlos.

Nuevos apegos.

Esos que calan hasta lo más hondo, haciéndote sentir el miedo rondándote. Por perder algo. O a alguien. Por pensar que lo que crees que siempre estará ahí, llegue un día a esfumarse como humo. Sin etiquetas de culpables ni arrepentimientos que solucionen nada.

Porque nada ni nadie es para siempre. Por mucho que nos empeñemos en lo contrario. Que no es más tuyo por gritarlo a todo pulmón y a los cuatro vientos. Ni dura más por meterlo en una urna de cristal o encerrarlo entre cuatro paredes.

Que en los finales de cuento, no siempre comen perdices.

Y suele pasar que sí, que coges apegos. Que de repente no quieres soltar. No quieres desanudar nudos que jamás volverán a atarse. No quieres soltar globos que desaparecerán en el horizonte tan pronto vuelen solos. No quieres bajarte de barcos que atracarán en otros puertos como destino final.

Porque sabes que duele y no quieres. Una persona, un vínculo, un recuerdo. Una flor, una mirada, un texto. Porque lo fácil es aferrarse al pasado, a lo que fue, a la memoria, a la ilusión. Aunque seguramente hoy ya no es lo mismo. Aunque a veces es difícil verlo y peor aún reconocerlo.

Te resistes. A perder, a soltar, a olvidar.

Sientes la unión como una herida que aún no se ha cerrado. Que hace que tu piel se estremezca simplemente con el soplar del aire o un roce no buscado. Sientes que algo se rompe, una etapa, un proyecto, un momento. Y sabes que recomponerlo es como una quimera.

Algo que fue importante para ti, y que aún hoy lo es. Una marca, una huella, un vestigio. Un ancla que se pierde en el fondo de tu memoria, que te retiene en tierra firme. Para que no huyas, para que no te escapes.

Para que no vueles.

Pero si eres capaz de alzar velas y soltar amarras, verás que no sólo no te hundes, sino más bien que flotas. Que puedes nadar, navegar o bailar si es lo que prefieres. Que el sol se ve distinto y alejarse de la orilla no da tanto miedo.

Sentirás ligereza y hasta libertad. La misma que hasta hace poco ni echabas en falta. La misma a la que habías renunciado y no te habías dado cuenta. La misma que llega cuando nos atrevemos a soñar, a arriesgar, a volar. Y a no soltarla.

Disfrutando lo que sí tenemos, soltando lo que ya no está.

Y soltando esos apegos que ya no nos llevan a ninguna parte.

 

Patricia.