Pirata con bandera blanca

Ya no he vuelto.

No he vuelto a traerte besos de portal los miércoles robados, ni a escapar de tu risa contagiosa en un abrazo. No hay vestidos de verano que se rían de la seriedad de mis camisas de oficina. No quedan galletas de chocolate en la cocina, y el sofá es mucho más grande en las noches de película.

No he vuelto a regalarte discos de Bon Jovi, para decirte a voz de grito entre canción y canción, que sólo la mezcla de su voz y tu sonrisa me hacen sentir una estrella.

 

Hoy te he vuelto a ver.

Arrancarte ha sido como hacer las maletas en una noche y mudarse a una ciudad desconocida. Sin orientarme, sin mapa del tesoro ni bandera de pirata. No hay isla, ni tesoro. No estás tú.

No está tu baile de miradas, ni las cenas que empezaban por el postre.

No estás, y tengo que empezarme desde cero. Como la primera página blanca de un diario, como la primera noche estrenando un colchón. Sin recordar la cama en la que antes dormía.

Hoy te he vuelto a ver, pero no me he atrevido a mirarte. No quería asegurarme de que sigues escondiendo la X marcada en el mapa.

Porque ya no quiero ser pirata.

 

Irene, de Contra las Cuerdas blog

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Día 26: pasado

No te arrepientas de las cosas que has hecho, sino de las que  no has hiciste.

¡Hola a tod@s!

Acabando el fin de semana, tras hablar ayer del futuro, la pregunta de este último domingo de propuestas es…

Cuando tengas 90 años de edad…
¿qué querrás decir de tu vida?

 Feliz semana que asoma, gracias de nuevo por vuestra acogida y participación.

Patricia.

 

Instante en instante

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

— Oscar Wilde

Dicen que el presente no se espera, se construye.

Que lo fácil es precisamente eso, esperar. Pensando que si no actuamos, otros lo harán por nosotros. Típico. Que otros hallarán la solución de esa ecuación que no sabemos resolver, que se nos resiste y que nos trae de cabeza. A la que incluso no dimos la importancia que merecía en un principio. O puede que le diéramos demasiada. La que pensábamos no era tan complicada, y por momentos se vuelve cada vez más. La que no parece tener solución.

O puede que simplemente no queramos buscar cuál de todas es la salida válida. Aprender a reconocer las falsas y tirarlas abajo. Aprender a base de equivocarnos, de caernos o de volver de nuevo a la casilla de salida. Puede que prefiramos desentendernos del problema, fingir que no existe o que se resuelva por sí solo. Pensar nunca fue fácil. Implica esfuerzo. Y hay que estar dispuesto.

Sucede que pueden pasar días y meses, incluso años, vacíos. Insípidos, repetidos, sin fuegos artificiales ni celebraciones dignas de mención. Días más que predecibles, monótonos y descoloridos. Como si la rutina se hubiera instalado en la habitación de al lado, como fiel compañera de piso. La que no te deja ni a sol ni a sombra.

Días de cumplir. Sin ilusión ni motivación que los haga distintos. De obedecer “lo que toca” y olvidar lo que se quiere. Qué fácil es a veces. Días en los que dejas tu creatividad y tus deseos a un lado. Aparcados en tercera fila y sin intermitentes. Como si no fueras a volver a por ellos. Como si fueran para otros. Como si no tuvieran el más mínimo valor. Incluso como si no supieras que los tienes, que son tuyos.

Sucede que no ves más allá de tus pies, de tu bonito par de zapatos y de las huellas que dejan tras de ti. Preocupándote más por esas huellas, por si alguien las seguirá o se borrarán en cuestión de días. Por si te pierdes en algún momento y no puedes seguirlas. Por si caen en el olvido. Por si la sigue quien no debe.

Como tus sueños.

Esos mismos que dicen que si no los construyes con tus propias manos, otro lo hará por ti. O acabarás construyendo los suyos.

Sucede que miras sin ver. Te pierdes una y otra vez las infinitas oportunidades que cada amanecer te trae. Infinitas, sí. Como si pensaras que mañana estarán ahí de nuevo. Las mismas. Esperando por ti y para ti. Como si otro no las fuera a aprovechar. Como si fueras el único que está ahí.

Sucede que oyes sin escuchar. Como si lo que te dijeran no fuera contigo. Como si no fuera ni importante, ni útil, ni distinto. Como si ya lo supieras todo, como si “lo tuyo” siempre fuera más y mejor. Sin pensar que te pierdes el matiz único de cada voz, la calidez de cada persona, la riqueza y el poder de la palabra. Del sentido, los sentimientos y el amor. Perdiéndote tanto, ganando tan poco. Alejando a personas, perdiéndote a ti mismo.

Sucede que hablas sin sentir. Por costumbre, una vez más. Por dar una respuesta, rápido y pronto. Tratando de darla que el otro espera recibir. Saltándote lo que en el fondo sientes, lo que realmente te gustaría decir. Saltándote lo bonito de expresar, lo bonito de la sinceridad y los vínculos que se pueden crear. Te escudas tras un caparazón. De indiferencia, de superioridad, de estar por encima. Una vez más.

Que ya lo dijo un sabio hace tiempo. Haciendo siempre lo mismo, lo que acostumbras desde hace tiempo, lo de todos los días, lo que invariablemente repites una y otra vez, y que una y otra vez no te funciona,… No algo distinto. Ni siquiera distinto. Los resultados llegan de la acción. De equivocarse. De no rendirse.

De cambiar.

De despertar de ese sueño vacío en el que nos sumergimos. A veces a conciencia, otras sin ella. De dejar de inducirlo. De tratar de salir, por mucho que nos cueste, por miedo que nos cause. De cambiar el color y el tono de las pesadillas.

De decidirse a sentir, a diario, a cada segundo. Con todos y cada uno de nuestros sentidos, aprender a utilizarlos. Y a disfrutarlos. Aprender a dejar a un lado esas barreras que nos aíslan, que nos impiden crecer y ser lo que somos. Que somos mucho más de lo que pensamos.

De decidirse a escuchar uno a uno nuestros deseos. Para atrevernos luego a cumplirlos. Seamos valientes. Atrevernos también a escucharnos a nosotros mismos, a no maquillar nuestras palabras. Para bien o para mal. Y atrevernos a no cerrarnos a los demás. De ellos también se aprende.

De decidirse a actuar. A arriesgar. Por ti en primer lugar. Y darte valor. Decidir apostar bien fuerte por lo que quieres, por esos sueños de colores, por esos deseos que nadie más puede cumplir por ti.

E ir a por todas. Aquí y ahora. No dejar nada para mañana. Mañana quién sabe.

Que la vida, dicen, es eso.

Vivir de instante en instante.

Patricia.

Que sigas creyendo

Que sigas creyendo en ti.

En que eres lo que eres gracias a ti. En tu grandeza, en tu bondad, en tu increíble forma de ser. En tu alegría contagiosa y tu bonita predisposición a ayudar. Siempre, sin importar fechas ni calendarios. En que si quieres, puedes, y que puedes ser aún mejor de lo que ya eres. Que lo eres.

En que mereces seguir celebrando, seguir cumpliendo, seguir creciendo como persona. En que mereces cada uno de los buenos momentos que vivas, cada uno de los abrazos, todos y cada uno de los besos. Por ser tú, a pesar de los malos ratos, las dudas y cualquier miedo.

En que tú vales por ti y por un todo. Que eres único y valioso. Que nadie nunca podrá hacer más por ti que tú mismo, pero que por los demás podrás hacer tanto o más. Que aunque la suerte es caprichosa, tú sabes creártela. Y ganártela.

En tu fortaleza y tu habilidad de superarte. En resurgir cual ave fénix. En tu seguridad y en tu confianza en que todo saldrá bien. En saber que haces lo mejor y que la intención siempre cuenta. En que ser uno mismo es la única opción.

Que sigas creyendo en la magia.

Porque creer es un regalo. Para ti y para los demás. Un regalo de corazón, envuelto en ilusión. Una fuente inagotable de luz, de esperanza, de fantasía. De la creíble y posible. De la que mueve montañas. De la que logra milagros. ¿Por qué no creer en ellos?

Milagros de los de verdad. Los que sorprenden, los que emocionan y conmueven, los que nos hacen saltar. Vibrar, brillar. Los que nos devuelven la fe en las pequeñas cosas y en saber esperar. En que no hay finales escritos, en quererlos escribir de nuestro puño y letra.

Dicen que sólo los más valientes conquistan sus sueños.

 Por eso sueña. Sueña muy alto, y sin miedo. Atrévete. Que el tiempo es breve y la dicha es corta, dicen. Contágiate de los buenos deseos, de las mejores intenciones, del cariño sincero. Contágiate para lo que queda de año y para el que vendrá. No te guardes nada para fechas concretas, cualquier día es especial. Regala sin esperar. Sin esperar nada de vuelta, sin esperar una fecha, sin esperar por esperar.

Y busca buenos compañeros de viaje. De esos con los que no te cansas de viajar, de patear, de volar. Con los que no te canses de vivir, con los que no te canses de ser tú mismo. De esos con los que las distancias se acortan y el tiempo se mide en abrazos. De esos con los que creer es fácil y los miedos se vuelven pequeños.

Y sigue creyendo en ti.

Porque creer es querer.

Porque querer es poder.

 

Felices fiestas a todos, con mucho cariño:

Patricia.

 

A quien se fue pronto

A ti, que te fuiste de puntillas, un domingo cualquiera y sin levantar sospechas. Dejando atrás el papel de protagonista que tan bien sabías representar. Como si quisieras no molestar, no hacer ruido, no respirar. Como si supieras que tu momento ya se había terminado, que había que pasar la página y leer el final.

A ti, que eras la alegría en persona y no había nube en todo el firmamento que osara teñir de gris tus días. Ni aunque lo intentara con toda su alma. Porque para ti no había día malo, sino cosas que no salían como querías. O cosas que había que intentar más veces. Sin desánimo, sin desazón, sin desespero.

A ti, que supiste vivir a tu manera. Sin pretender ser quien no eras. Sin prometer lo que no tenías. Sin aparentar lo que la gente espera. Sin ataduras de ningún tipo, sin peros ni reproches que se pudieran volver en tu contra. Sin arrepentimientos inútiles ni expectativas mal cumplidas. Viviste al día, a tu ritmo y a tu arbitrio. Lograste que en tu día a día no faltara aquello que te daba luz.

A ti, que siempre fuiste sin rodeos a por lo que querías, sin miedos que hicieran temblar tu pulso. Sin titubeos que aminoraran tu paso o te hicieran cambiar de rumbo, si no era por tu voluntad. Andabas con paso firme, de frente y tarareando, como si fuera lo más sencillo del mundo. Cantabas con desvergüenza y descaro, sin preocuparte de lo que la gente pudiera pensar.

A ti, que no sabías lo que era hacer daño a conciencia o manipular por propio interés. Que eras bondad en estado puro. Que sabías dar sin esperar las vueltas, ayudar con paciencia y crear ilusiones a tu alrededor.

A ti, que supiste ponerte el mundo por montera y hacer de tu vida un carnaval de colores.  Para ti, cada día te ofrecía una aventura que no dejabas escapar. Decisiones que tomabas sin pensar en lo que otros harían en tu lugar. Sin dejar que nada ni nadie que te importara se te traspapelara ni cayera en el olvido.

A ti, que te fuiste sin remordimientos ni cargos de conciencia. Con la ilusión de un niño al que le quedan muchas cosas que hacer y la experiencia de un adulto que ha vivido mucho. Con la gracia que siempre tuviste y la personalidad que nadie pudo arrebatarte. Con tu gran corazón de oro, del que pocos pueden presumir.

A ti, que te fuiste antes de tiempo.

Gracias por todo.

 

Patricia.