¿Qué te falta?

¿Qué te falta cuando crees que algo falla? Cuando algo no te cuadra. Te chirría. Te estorba. Te sobra. Cuando sientes que algo se te escapa, que algo falta, que todo no lo es todo.

¿Qué te falta por las mañanas? Cuando se forma ese primer pensamiento. Esa primera idea. Esa primera sensación. Para arrancar o no querer hacerlo. Para empezar, despertar y lo que venga después. Para hacer que tu día prometa sonrisas, cafés en la mejor de las compañías o citas que te tengan pendiente del reloj, deseando que lleguen. Deseando parar el tiempo, cuando por fin llegan.

O quizá lo que te falte sea lo que te impide comenzar como quisieras, desde donde quisieras, a tu manera. Y lo que único que esperas es que acabe el día… antes de haberlo comenzado siquiera.

¿Qué te falta… cuando no sabes ni por dónde comenzar? Cuando no ves ni el comienzo ni el fin. Cuando el camino se ve borroso, oscuro,… o ni se ve. Cuando los días se acaban sin dar soluciones. Cuando las noches brillan más para otros, y de ti se esconde. Cuando los colores se funden, se difuminan, y parecen ser todos los mismos. El mismo tono. La misma mezcla. El mismo dibujo. Lo mismo de siempre.

¿Qué te falta cuando no hay nadie a tu lado? En el ascensor, en casa, en la calle. Cuando voluntariamente, o no, te quedas a solas. Contigo. En tu única compañía. Cuando nada ni nadie molesta, cuando nada ni nadie apremia, exige o despista. Cuando nadie ayuda, anima o te contagia de su optimismo. Cuando eres sólo tú, y hasta tienes cierto poder. El de hacer lo que quieras. El de decidir, actuar, ser tú mismo.

Aunque teniéndolo siempre, no siempre lo veas.

¿Qué te falta cuando estás en tu mejor momento? Cuando todo son celebraciones, alegrías cargadas de ilusión y esperanzas que se cumplen. Cuando todo va a más, y no ves lo de menos. Cuando ni lo buscas. Cuando todo pinta bien, más que bien, y encima sale todavía mejor. Cuando ves la cima, tu gran meta, cada vez más cerca, cada vez más fácil. Cada vez más accesible. Y ves que llegas. Y ves que te acercas.

¿Qué te falta cuando lo tienes todo? O crees tenerlo. Porque, ¿lo tienes? ¿O tienes todo… salvo lo importante? Salvo lo que sueñas. Salvo lo que “un día”. ¿Lo que quieres o lo que debes? ¿Son tus sueños o son algo que has hecho tuyo… sin saber muy bien de dónde viene? Sin saber muy bien de dónde surgió la idea, de dónde vino todo. Hacia dónde va. Hacia dónde te lleva. Y qué te espera. ¿Vale la pena?

¿Qué te falta cuando ya casi has llegado? Cuando sientes que puedes tocarlo, cuando sientes que es tuyo, cuando lo ves delante de ti. Esperándote. Pero en la lejanía. Sin acercarse lo suficiente o si acaso alejándose si acaso lo mínimo. Lo mínimo para ver que está ahí, que sigue ahí,… pero que se te resiste. Que se deja querer, pero se hace de rogar. Cuando ves que ya lo tienes, que ya casi estás, que ya casi acaba.

¿Qué te falta cuando el argumento que te contaron de la película no se corresponde con lo que ves? Cuando la trama cambia, se vuelve enrevesada, incomprensible, demasiado compleja. Cuando las preguntas no obtienen respuestas. Cuando los diálogos carecen de sentido y las personas no se miran a los ojos. Ni entre ellos. Ni a los suyos propios. Cuando ni eres protagonista, ni tienes miras de serlo. Cuando es una historia en la que no quieres ni verte involucrado. Cuando prefieres olvidar, dejar el guion a un lado, cambiar de sala, de historia y hasta de cine. Y no mirar atrás.

¿Qué te falta, cuando te pierdes? Cuando no sabes a dónde mirar, qué zapatos llevar, a qué brújula seguir. Porque cada una, te indica un camino. Porque cada uno tiene su norte, su sur, sus cinco sentidos. Porque hay huellas que se borran, y otras que se confunden. Que se bifurcan. O que dan la vuelta. O que te llevan a callejones sin salida.

¿Qué te falta… cuando no sabes qué te falta?

 

Patricia.

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El mismo idioma

Dicen que las personas ya no nos miramos a los ojos al hablar.

Y que hablamos poco, o más bien nada, o que incluso hablamos por hablar. Porque es lo que se espera en esa situación, o en ese momento. Porque queremos llenar de sonido el vacío y sentirnos mejor, o en compañía. O por escapar de esos silencios que se vuelven incómodos, que nos llenan de intranquilidad y nos obligan a actuar, a hablar, a buscar. Cualquier cosa, cualquier estupidez, cualquier excusa. Aunque no la queramos.

Que vamos perdidos.

En querer agradar, en querer triunfar, en querer ser los mejores. Pese a que el coste personal sea muy alto y nos pase factura. En recibir buenas críticas, aunque desoigamos las propias. En tratar de encajar, aun cuando no estemos de acuerdo con las medidas, con los estándares. En callar demasiado a menudo. En tirar tras usar. Una vez, como mucho dos, porque arreglar sale caro, y el esfuerzo no compensa, decimos. En arrancar con semáforos en rojo, para salir los primeros. Para que nadie nos adelante. Para llegar cuanto antes.

Que hemos sustituido a las personas, a los sentidos, a las relaciones. Que hemos cambiado los tiempos, los modos y hasta hemos alterado los resultados. Que vivimos arreglando estropicios por querer correr, por existir con prisas, por no saber decir que no. Que hemos perdido la capacidad de esperar. De sentir, de vivir. Que buscamos la inmediatez, las respuestas fáciles y las salidas, aunque sean traseras.

Que escuchamos a medias, vemos lo que queremos y sentimos bien poco. Lo justo. Que nos perdemos muchos detalles de nuestro entorno, de lo que pasa ahí fuera, de la realidad más real. Mientras nos escuchamos sólo a nosotros, también a medias, también bien poco. Que la comunicación ya no es la misma, y aunque la tecnología tiene mucho que ver, nosotros tenemos muchas más papeletas. O prácticamente todas.

Porque si bien el tiempo cambia, distorsiona y desdibuja las cosas, los espacios y los pensamientos, podemos permitirlo y verlo ocurrir… o podemos poner nuestro granito de arena. Podemos dejar que todo pase o que algo cambie. Sea poco o sea todo. Podemos quedarnos de brazos cruzados o ponernos manos a la obra. Podemos aportar, podemos invertir, podemos renovar. Y tratar de crecer. Y de aprender.

Porque podemos aprender a frenar, a no encajar donde nos queremos, y a arreglar, en lugar de desechar. A buscar soluciones que nos cuadren, que nos ayuden, que nos sirvan. A nosotros, no tanto a los demás. Aprender a exigir menos y a dar más. Aprender que cada persona es una historia, y que cada cual debería escribir la suya propia. Sin interferencias ajenas. Sin opiniones no requeridas. Sin préstamos que no esté dispuesto a pedir. Cada uno con su propio lápiz, su tiempo perfecto y sus puntos y aparte.

Y aprender a dejar de hacer.

Lo que otros dicen, lo que otros hacen, lo que otros opinan. Incluso lo que otros pretenden imponer. A pensar más por uno mismo, a no tratar de creer en lo que no. En lo que no nos llena, no nos da esperanza, ni nos regala sonrisas. A no quedarnos con borradores de futuro, que se quedan en algún cajón olvidados. A dejar ir, a no forzar, a no llorar de más. Ni de menos. A no conformarse con mínimos, a no sacrificarse por exceso. A no dejar de ser uno mismo.

Y a serlo.

Y a no fingir hablar en otro idioma, salvo el nuestro. El tuyo.

Porque dicen que no todos hablamos el mismo idioma, pero que podemos llegar a entendernos. Que es cuestión de práctica, de querer, de intentar. De expresarnos y hacernos entender. De romper barreras, buscar equilibrios, sortear mareas. De respetar diferencias y poner en común. De crecer en lugar de reprimir. De cultivar el aprendizaje sin forzar establecer distinciones, clases o discriminaciones.

Y que si no sabemos, se aprende.

Como aprender a mirar a los ojos. Al hablar, al compartir, al amar. A escuchar más allá de las palabras. A darles su oportunidad. A estar donde estamos, donde queremos estar. A no querer estar en ningún otro lugar. A percibir cada detalle, por simple que parezca. A dejarse la piel, el sentimiento, la emoción.

Como aprender a darlo todo, a dar lo mejor, a no dejar nada para ocasiones especiales. Recordar que cada día ya lo es. A bailar, con música y sin ella. A reír mientras bailamos. Y de nosotros. Y de todo.

Como aprender a respetar, a fluir, a no dramatizar. A querer y quererse. A buscar y dejarse encontrar. A regalar momentos, dibujar sonrisas y borrar las lágrimas que no sean de felicidad. A sumar, a compartir, a dar.

Y aprender a hablar (y entender) el mismo idioma.

 

 

Patricia.

Las 7 diferencias

Desde niños nos enseñaron a buscar las diferencias.

A observar cuidadosamente hasta el último detalle de cualquier imagen, buscando aquello que fuera diferente de otra similar. Parecida, muy parecida, pero con pequeñas disparidades. Y aprendimos a afinar la vista en busca de aquello que sobrara en el dibujo original. O aquello que faltara. Por pequeño o grande que fuera en sí. Desde una pequeña raya solo visible para los ojos más avispados, hasta una enorme manzana que resultaba claramente vistosa y obvia.

Aprendimos a reconocerlas. A ver las diferencias. Todas, o casi todas ellas. A que no se nos escapara ni una. A asegurar que las habíamos encontrado todas, aunque no fuera del todo cierto y nos faltara alguna. Aprendimos a buscarlas, a descubrirlas, a celebrarlas. Porque pensamos que tenía su mérito. Que no todo el mundo lo lograba. Que no todo el mundo las reconocía. Ni tan fácil, ni tan rápido. Que éramos cierta clase de “genios”. Y aprendimos a sentirnos inteligentes, observadores y perspicaces.

Y comenzamos a sentirnos diferentes.

Porque no solo nos enseñaron a buscar la diferencia, sino a cultivar esa desemejanza. A comenzar a diferenciarnos, a crear nuestra imagen más personal y genuina. A sobresalir, a destacar, a hacernos visibles. Para triunfar, nos decían. Para ser alguien en nuestra vida. Lo que no siempre nos enseñaron fue cómo. O no de la mejor manera. O no supimos aprenderlo. O quizá hay quien no quiso escuchar. Sobre cómo crecer, cómo evolucionar, cómo florecer.

Y aprendimos de aquella manera. Cada cual como pudo o quiso.

Que si para ello hacía falta, se copiaba. A alguna otra persona que fuera fácil de seguir, de imitar, de admirar. Alguien que fuera el cabecilla, la figura más representativa de un conjunto, de una idea, de un estilo. Y le seguimos. A pies juntillas. Quizá sin saber muy bien por qué, salvo que molaba. Quizá sin que realmente representara o tuviera esa idea o ese estilo. Pero molaba.

Y así aprendimos a seguir sin preguntar, a actuar sin cuestionar, a dejar de ser tan personales. A andar a oscuras sin buscar luz.  Y nos fundimos en conjuntos, perdiéndonos en ellos. Dejando que se perdieran ideas, sentimientos y futuros posibles. A cambiar de pertenecer a algo, de identificarnos con algo o alguien. O eso decíamos. O eso queríamos sentir.

Aprendimos con mucha facilidad a buscar la unión con los que fueran iguales que nosotros y a competir con los demás. A buscar protección, compañía, fuerza o lo que fuera que cada uno necesitara en unos, y a ser mejores que los otros. O tratar de serlo. O fingir que lo éramos. En lugar de buscar ser mejores que nosotros mismos. En lugar de aprender y crecer. En lugar de buscar abrir los brazos y dejarse sorprender por los regalos que nos pudieran llegar.

Nos habituaron a hablar de “nosotros” y de “vosotros”, y a dejar a “ellos” fuera. A mirarlos raro. A pensar que los que pensaban diferente no eran nuestros amigos. Que no eran nada nuestro. No eran opiniones a tener en cuenta. No eran ojos que creer ni palabras que escuchar. No eran puentes que cruzar, sino muros que levantar. Marcando distancias, como si fueran físicamente reales. Marcando límites. Creando fronteras.

Y empezamos a quererlos lejos.

Y continuamos creando diferencias. Porque aunque nos hablaron de igualdad, dejaron que hubiera clases, dejaron que hubiera grupos, dejaron que hubiera distancias. Y las expandieron. Las fomentaron. Las promovieron. Nos hablaron de creer en los demás, pero añadieron algún que otro pero, cuidado y consejos por si acaso.

Y en algún momento igualdad se confundió con homogeneidad a criterio de unos pocos. Y diferenciarse supuso perder. Perder el norte, perder derechos, perder respeto. Y hubo quien mucho habló, y poco predicó con el ejemplo.

Y en algún momento, los egos tomaron el control, y se comieron todo lo demás. Empezando por las emociones. Siguiendo con la razón. Terminando en abismos. En precipicios. En saltos al vacío.

En saltos que se podrían haber evitado.

Si en lugar de tratar a las personas como objetos, las tratáramos como lo que son. Como nos gustaría ser tratados. Si no se nos olvidara que lo somos, que somos humanos, personas, seres que sienten. Y que las cosas… son cosas. Simples objetos. Y que nada nos pertenece, y que nada nos ata.

Si en lugar de centrarnos en las diferencias buscáramos la unión, el vínculo, la parte común. Que la tenemos. Siempre. Algo que compartir, algo que celebrar, algo que disfrutar. Que no la fingiéramos, ni la basáramos en el interés temporal. Que la construyéramos desde la base para que creciera fuerte. Como crece cualquier árbol. Con un tronco robusto, y con ramas, muchas ramas, cada cual diferente.

Si en lugar de crear problemas buscáramos soluciones. Espacios, tiempos, alternativas. Para todos, no para unos pocos. Encontrar el punto medio y a movernos cerca de él. A fomentar el individuo, el crecimiento, el respeto. A las personas, a que sean diferentes, cada una a su manera. Sin dejar a nadie fuera.

Si dejáramos de buscar diferencias para separar, para destacar a cualquier precio, para señalar.

Y si en lugar de hablar de ellos, habláramos de nosotros.

 

Patricia.

Todo lo que suma

“El presente es la viviente suma total del pasado”. (Thomas Carlyle)

 

Nos enseñaron que las matemáticas, por definición, son una ciencia exacta. La única, de hecho. Que da respuestas, claras, directas, inequívocas. Que aclara dudas y resuelve ecuaciones. Y casos. Y problemas. Que despeja incógnitas y demuestra teorías. Que no sólo las formula. Que comprueba sus fórmulas y que deja fuera juicios, prejuicios y otras opiniones subjetivas.

 

También nos enseñaron que uno más uno no siempre son dos, que puede ser 3, 11 o a saber. Que depende de dónde partimos y qué buscamos. Que depende de las condiciones, de los peros, del planteamiento inicial que hagamos. Que depende del contexto, de la situación, de la mente de cada uno, de su manera de razonar. Pero que las cuentas, al final, siempre cuadran. O deben hacerlo…

Hasta que no cuadran.

Hasta que los resultados no acompañan. Hasta que el problema no se resuelve y la respuesta no es correcta. Porque algo sobra. O porque algo nos falta. Hasta que todo lo que entra no es igual a todo lo que sale. A que no sale todo, o no como se esperaba. A que los resultados ya no suman, sino que restan. O nos dan igual. O no nos dicen nada, y nos dejan indiferentes, y pierden cualquier sentido.

No en vano, hay quien dijo, que nada es absoluto, y que todo es relativo.

Porque a veces, lo que parecía ir bien, resulta que no lo iba tanto. O que ni sabíamos cómo iba. O que ni sabíamos qué era bien y qué no. Porque no le hacíamos mucho caso. O ninguno. Hasta que se tuerce. A mitad, a final o cuando sea. O quizá ya partía encorvado y un poco desorientado desde el principio, pero no lo vimos. Y pasa que lo que iba a llegar, ni llega, ni da señales de que vaya a hacerlo. Se pierde, se vicia o se deja echar a perder.

Pasa que con lo que contabas sí o sí, puede desaparecer de la noche a la mañana. Dejándote sin más, sin explicaciones que valgan ni excusas baratas. O te lo explica de una manera pobre, incomprensible, andándose por las ramas. Sin aclarar nada y complicando todo. Haciéndote perder el tiempo, el norte y las ganas. Minando tu motivación, tu energía y cualquier atisbo de coraje. Enseñándote a restar.

Enseñándote a aprender a sumar.

Que en ocasiones menos es más y más es menos. Y que todo, a su manera, suma. Que a veces, más a menudo de lo que parece, un signo negativo también suma. También aporta. También crece. Quizá por otro lado. Quizá no lo que esperábamos, pero algo trae. Que de todo se aprende, y de todo se sale. Aunque los números no nos salgan. Aunque las cuentas no nos cuadren.

Pero que si haces que todo sume, hay negros que se vuelven grises e imposibles que no lo son tanto. Imposibles que se simplifican, que se vuelven menos complicados. Menos inverosímiles, más probables. Y que se acercan. En el tiempo, en el espacio. Y llegas a tocarlos, a sentirlos, a vivirlos. Y les pierdes el miedo, y se quedan a tu lado.

Y si haces que todo sume y consigues seguir los pasos, se despejan todas las incógnitas, solucionas los problemas. Y obtienes resultados. Y aunque surjan otras dudas y otras cuestiones, cada vez te será más fácil resolverlas. Cada vez te será más fácil encontrar el equilibrio, el punto medio, y las proporciones exactas. Y que en el punto medio, está la virtud. Y en ese mismo punto medio, está la clave del éxito.

Y el éxito de hacer que todo sume… está en tus manos.

Aunque no lo creas.

Al igual que el de conseguir que te salgan las cuentas. Todas. Sin excepciones. Las tuyas y las de los tuyos. Porque si compartes, multiplicas. Porque si das, creces. Porque si crees, creas. Porque tus propios límites, te los creas y los rompes por tu cuenta. Y que si los rompes, puedes tender a infinito.

Y que sean cinco minutos, unos meses o algún que otro año, todo suma. Todo aporta al resultado. Que las pequeñas cosas pueden crear grandes diferencias. Y las crean, de hecho. De las buenas. De las que sacan sonrisas y rellenan el alma. De alegría. De paz. Y de esperanza.

Y que lo urgente a veces no lo es tanto. Y restarlo no está de más. Mientras que cuidar lo importante… es el mayor regalo. Es la mejor de las cuentas. Es un gran resultado. Porque es el recuento de uno mismo. De esas pequeñas cosas, de esas grandes sumas. De momentos, de personas, de tesoros. De límites superados y de caminar en equilibrio.

De decidir por uno mismo y de crear con nuestras propias manos.

De saber que todo suma, en la medida en que se lo permitamos.

 

Patricia.

De lo que vales

Que no se te olvide lo mucho que vales.

Aunque te digan lo contrario o te lo insinúen sutilmente. Aunque no te reconozcan nunca o no te dirijan siquiera la palabra. Pese a que te resten méritos, todos ellos o alguno en concreto. Aun cuando te saquen cualquier pega, por pequeña que sea o dejen salir sus prejuicios. Recuerda que son suyos. Por mucha crítica destructiva, zancadillas o pisotones que sufras. Por mucho que te digan, te comparen o te infravaloren. Por mucho que otros se lleven los aplausos. Apláudete tú.

Que no se te olvide lo grande que eres. Lo grande que siempre has sido, aunque ni tú ni nadie lo mencione o se atreva a decirlo. Ni en voz alta, ni tampoco en bajito. Ten muy presente lo lejos que has llegado. Y lo que aun te queda por dar. Por lograr. Por conquistar. Lo bien que haces, aprendes y eliges. Las buenas intenciones, la valentía y la fuerza de voluntad. Por cultivarlas. Que si nuestras palabras hablan por sí mismas, nuestros actos nos definen. Actúa en consonancia.

Que no se te olvide lo que das. De ti. A ti y a los demás. Lo mucho que eso vale. Y lo poco que se valora. Incluido tú. Y lo mucho que se llega  a echar en falta, cuando falta. Lo mucho que ayudas, o lo poco, que siempre es menos que nada. Lo que construyes a diario, lo que crece gracias a tus manos. Cada segundo que inviertes que te viene devuelto en forma de vida. En forma de presente, y de futuro. Cuenta cada uno de los granitos de arena que pongas. No dejes de contar. Y de dar.

No te olvides de saber estar. Contigo y con quien quieras. Y de no estar siempre. Ni mucho menos en todo. De saber con quién estar y a quién dar espacio. De saber en qué momento y por cuánto. Y acostúmbrate a dártelo. Espacio. El que necesites. Y a respirar contando hasta donde tú consideres. Aprende a saber escoger y a priorizar. A pensar qué es lo mejor, qué puede esperar.

No te olvides de ti. Ni te inventes excusas ni aceptes las que otros te quieran dar. Estate contigo, a tu lado, de tu mano. No te dejes. No te abandones. Bajo ninguna circunstancia. Bajo ningún tipo de  escapatoria. Bajo ninguna promesa de arreglarlo en un futuro. Recuerda que hay cosas que no se cumplen. No te pierdas ni en los días más grises ni en las crisis más profundas. Ni cuando creas que te falta tiempo o cuando empieces a dudar. De lo que sea. Cuando sea. Y acompáñate. Y cree en ti. Y no dejes de creer.

 

No te olvides de resetear. De parar cuando lo consideres. De tomar oxígeno, aire y felicidad. De volver. De ir. De saltar y ponerte a prueba. De perdonarte cuando no puedas llegar. Que a veces no se llega en el primer sprint ni en primer lugar. Que lo suyo es llegar cuando se pueda. Cuando se esté preparado. Que cada uno marca sus tiempos, sus horarios, sus límites. Y que cada uno, a su ritmo, lo puede mejorar.

No te olvides de ser tu amigo. El mejor. Tu compañero. En las buenas, las mejores y las no tanto. Aprende a ser tu cómplice incondicional. El que sabe, el que espera, el que siempre contesta. Y no se cansa de ello. No te olvides de quererte y cuidarte. De exigirte de acuerdo a tus posibilidades. De saber ajustar tus expectativas-. De ser realista. De no perder de vista tu horizonte, de adornarlo a tu gusto.

Que se no se olvide que cada persona es única y tú no eres una excepción. Que el valor se marca desde dentro.

Que se no se olvide que vales todo eso y mucho más.

 

Patricia.