365 Gracias

365 gracias. Una por cada uno de los días de este año que hoy termina. Igual que todos, pero sin ser igual que ninguno. Porque cada año es único e irrepetible, y ahí está su magia. Un 2017 que nos dice un adiós a medias. Porque se va, pero una parte se queda. Una parte cargada de recuerdos, emociones, momentos. Con nosotros. Para siempre.

365 gracias por las lágrimas. Las de alegría y las de tristeza. Porque todas ellas, cada una a su manera, nos tocaron el corazón. El alma. La vida. Porque cada una nos cuenta una historia, nos habla de una emoción, esconde una moraleja. Porque cada una es tan importante como queramos nosotros verlo. Porque todas son parte de nosotros.

365 gracias por los viajes. Los hechos y los soñados. Los que nos llevaron a asombrosos lugares que descubrimos por primera vez. Incluso aunque ya hubiéramos estado antes. Y que disfrutamos como nunca. Y por todos aquellos que quedan en la recámara, en los propósitos de año nuevo, en los planes futuros. Esperando su amanecer, su foto inmortal, su nostálgica puesta de sol.

365 gracias por las risas. Por las carcajadas compartidas. Por las muecas en soledad. Por las tímidas sonrisas que se escapan en el momento más inoportuno. Porque se contagian, porque unen, porque relajan. Porque dan energía mientras bajan el volumen de la tensión. De los nervios. De la preocupación. Porque fueron muchas más que 365, seguro. Porque gracias a ellas, la vida se ve de otro color. Más suave. Más tierna. Menos seria.

365 gracias por cada no que hemos recibido. Por fuerte que fuera, por daño que hiciera. Porque cada negativa nos ayudó a superarnos, a crecer, a mejorar. A no quedarnos quietos, a reaccionar. Porque cada negativa nos cambió los esquemas, nos hizo cambiar destinos y girar sobre nuestros propios pasos. Para reorientarnos. Para buscar mejor. Para disfrutar más el camino.

365 gracias por los besos. Los abrazos. Las caricias. Porque llegaron en el mejor momento. Tanto los que pedimos como los que no. Los que nos regalaron sin ticket de devolución y devolvimos con toda ilusión. Con todo nuestro cariño. Pintados de sinceridad. Los que nos envolvieron y nos desarmaron. Los que nos sacaron sonrisas, lágrimas, promesas. Que no fueron pocos. Y que fueron los que fueron.

365 gracias por los cumpleaños, aniversarios y celebraciones varias. Porque cualquier excusa es buena para celebrar algo. Para recordarte que estás vivo, que estás aquí, que todavía es posible. Porque el motivo puede ser lo de menos. O puede ser lo más. Mientras lo celebres como sientes. Mientras sientas que lo mereces. Mientras merezcas todo eso y mucho más.

365 gracias por cada fotografía. Por cada segundo robado a la inspiración, por cada segundo de paciencia para retratar lo mejor. Las que inmortalizaron tu ciudad favorita, una noche en la mejor compañía o un beso de película. Las que parten de negativos para lograr positivos. Y gracias también por aquellas otras, las que no son físicas, las que guardas en tu memoria. Evocando emotivos momentos, construyendo bonitos recuerdos. Las que nos acompañan siempre, nos dan abrigo, nos visten de ilusión.

365 gracias por cada ilusión cumplida. Tanto las escritas hace un año, como las que surgieron sobre la marcha. Las que fueron más o menos fáciles, y las que costaron algo más de la cuenta. Por las que compartimos con los nuestros, sintiendo que valían el doble. Por las que cumplimos por nosotros mismos, y de las que tan orgullosos nos sentimos. Y por las que quedaron pendientes… gracias por la oportunidad de poder cumplirlas.

365 gracias por las personas que nos han acompañado. Las que ya estaban antes de 2017 y las que llegaron en los últimos 12 meses. Porque nada es por casualidad. Porque hay diamantes esperando ser descubiertos. Porque hay quienes llegan pisando fuerte, quienes llegan para quedarse, quienes llegan para poner nuestro mundo patas arriba. Y todas, sin excepción, nos enseñan algo. Nos acompañan de alguna manera. Nos aportan algo.

365 gracias, a vosotros, por estar ahí.

 

Feliz 2018,

Patricia.

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Brinda

Brinda por la magia. Esa que se esconde por cualquier rincón y que se contagia con tanta facilidad. La misma que durante estos días abunda y se vive de una manera especial. Y hazla tuya. Llévala contigo, y repártela en grandes dosis. Obséquiala para que llegue a todo el mundo, para que toque con su varita a quienes más la necesitan, a quienes carecen de ilusiones, a quienes se olvidaron de soñar. Para que cualquiera pueda creer en ella, en la magia, en los sueños, en la vida. En que es posible.

Y para que tú mismo no dejes de creer.

Brinda por la familia. Esa que no es igual a ninguna otra, y que, precisamente eso, la hace tan especial, tan peculiar, tan única. La que siempre está ahí. La que no se pierde las citas importantes y las celebra contigo. La que te anima sin límites, la que comparte lo que es, lo que tiene, lo que puede. La que te abre las puertas de su hogar, de su vida, de su corazón. Y te deja quedarte. Y te hace sentir en casa.

La que más echas de menos cuando falta.

Brinda por volver a casa. Ahora y siempre. Por tener motivos, por tener agallas, por tener ilusión. Sin importar la distancia que te separe, lo frío que se vuelva el tiempo, las horas de carretera, espera o vuelo. Que lo importante es tener un lugar al que volver cuando quieras, cuando más necesites o por cualquier excusa que se te ocurra.

Y volver siempre que lo desees.

Brinda por la salud. Por tener y disfrutarla. Por muy tópico que suene. Porque es bueno acordarse de ella, cuidarla, celebrarla. Hoy y cualquier día, no sólo cuando falta. Y darle la importancia que tiene, que es toda.

Y que no es poca.

Brinda por la amistad. Por los que un año más te llaman, aunque la época es lo de menos. Quienes te cuidan, te buscan, te quieren. Y sobre todo, te lo demuestran. Con gestos, con palabras, con miradas. Haciendo y cumpliendo. Escuchando y abrazando a tiempo completo. Con quienes creas tradiciones, dejas volar el tiempo, y compartes sin reservas. Con quienes compartes risas, brindis y anhelos. Pasado, presente, futuro. Con quienes solucionas el mundo una tarde cualquiera.

Brinda por los regalos. Los que la vida te da a diario. Por insignificante que lo veas. Siempre acaban siendo los más grandes. Los que incluso no tienen ningún precio económico, sino puro sentimiento. Pura emoción. Puro recuerdo. Los que se miden en términos de tiempo regalado, de paciencia, de dedicación. Los que te abren los ojos, la sonrisa, el alma. Los que llevas contigo a cualquier lado y sólo tú conoces su verdadero valor.

Brinda por el tiempo. Por las oportunidades que te pone en las manos, por animarte a imaginar. Por ayudarte no sólo a crear tus sueños, sino a cumplirlos. Y por dejarte empezar cada día, las veces que quieras, en el momento en decidas. Por ayudarte a reconciliarte, contigo, con tu pasado, con todo lo demás.

Brinda por el amor. Hoy y todos los días. Porque mueve el mundo. El tuyo y el de los que te rodean. El de cualquiera, de hecho. El mismo que te da alas, te da esperanza, te regala ilusión. El mismo que no entiende de fronteras, sino de sentimientos, de miradas, de calor. El que da sentido, acorta distancias y borra lo que hace mal. El que alivia dolor y multiplica la felicidad.

El que todo lo puede.

Brinda por la vida. Porque dicen, con razón, que puede ser maravillosa. Y empieza a creértelo. A vivirla. A exprimirla. A no dejarla para mañana, a no dejarla en otras manos. A dejar para nunca lo que… ¿para qué? A elegir por ti, para ti. Empieza a dejar de complicarla, a buscar explicación de todo, a toda costa, a pensar en lo que puede salir mal.

Y céntrate en lo bueno, en lo bonito, en lo maravilloso.

Brinda por ti. Sin motivos y con todos ellos. Sin excusas, vergüenzas o remordimientos. Porque te lo mereces, porque todos lo necesitamos en algún momento, porque es bueno no olvidarnos del lugar que ocupamos. Y ocuparlo. Porque tienes más razones de las que probablemente pienses. De celebrar, de festejar, de brindar.

Por todo eso, y por más.

Brinda.

Hoy, mañana y siempre.

 

Muy felices fiestas,

Patricia.

Día 23: personas

Si me dieran la oportunidad de escoger otra vez, te escogería a ti sin pensarlo otra vez.

¡Hola a tod@s!

Dicen que hay personas especiales que dejan huella. Te propongo reflexionar acerca de:

  • ¿Quién es la persona más importante en tu vida?
  • ¿Con qué frecuencia se lo dices/demuestras?
  • ¿Cómo mejorarías la relación?

Si te perdiste la entrada de ayer, pincha aquí.

Patricia.

 

Quien te hace reír

“Yo creo que dos personas que se hacen reír, tienen derecho a todo”.

 Cuídalo mucho.

Y de verdad.

Dicen que quien te hace reír, te hace sentir bien.

Que es un don. Que no todo el mundo lo tiene, que no todo el que quiera puede. Por mucho empeño que le ponga. Pero que hay que querer, aunque sea un poco. Que no es un misterio, pero que hay sonrisas con un toque misterioso que dan que pensar. Que no es magia pero aporta momentos más que mágicos. Que impregnan el aire y se quedan en él.

Y contigo.

Que reír es mucho más que eso. Es mucho más que cuatro palabras. Es un verbo por conjugar, en cualquiera de sus formas y tiempos. Es felicidad compartida, y complicidad que escapa a los ojos de ajenos. Es confianza, en ti, en el otro, en los demás. Es gracia  bañada con unas gotas de picardía, de humor, de atrevimiento. A veces, mucho. Es espontaneidad y naturalidad en su máximo exponente.

Es saber ser uno mismo.

Y serlo.

Que hay quien, al menos, lo intenta. Y quiere hacer reír. Sin máscaras ni postizos que se caigan al menor movimiento que haga. Que hacen reír, o al menos lo intentan. Que hay quien lo considera un esfuerzo que vale la pena, que siempre lleva recompensa. Un extra que no es necesario ni quizá se espera, pero que lo regala a quien lo quiera aceptar. Y no tiene nada que ver contigo, sino con ellos. Son ellos mismos.

Porque saben. Reír y hacer reír. A los demás, a sí mismos. Lo disfrutan en cada ocasión, no lo dejan para momentos especiales ni para mañanas que nunca llegan. Porque saben el poder que tiene. La energía que aporta y que genera. Los vínculos que crea y las tensiones que relaja hasta hacerlas desaparecer. Porque saben distinguir a quien vale la pena hacer reír, y cuándo. Siempre, y a cualquiera.

Que es algo que también se aprende… si se quiere. Todo lleva su práctica. Aunque hay quien es simpático porque le nace, lo siente o es parte de su forma de ser. Ni puede ni quiere evitarlo. Es parte de su naturalidad, de su esencia más personal. Quien piensa que lo mereces. Y que lo mereces, siempre. Más allá del postureo, que hay mucho. Como interés oculto.

Dicen que quien te hace reír, te puede enamorar.

De su risa, de su belleza y su sonido. Que es lo más visible, lo más contagioso, lo más espontáneo. Lo que engancha. Que una sonrisa embellece cualquier rostro. Le da brillo y color, le resta seriedad e incluso años. Maquilla cualquier mirada de la manera más natural posible. Que tiene una poderosa fuerza de atracción y le da un encanto especial. Que no hay dos sonrisas iguales.

Enamora su simpatía, esa que destila casi sin quererlo y sin pretenderlo. Esa que hace desear su compañía siempre. Esa que engancha y te deja siempre con gana de más. De más humor, de más chispa, de más desinhibición.

Enamora su ingenio, acertado y siempre respetuoso. Que hay límites muy finos y muy fáciles de cruzar. Y más difícil aún volver a cruzarlos de vuelta. Esa viveza que te roba suspiros y carcajadas que no tienen fin. Ese sentir en paz y en el sitio adecuado, siempre que está a tu lado.

Enamora su frescura, única y flamante. Que hay copias e imitaciones, sí, pero el original es lo que tiene… Un toque personal. Un toque inmarchitable. Un toque irrepetible. Genuinidad en estado puro.

Dicen que quien te hace reír, te hace un regalo.

Te regala su tiempo. Ese valioso presente del que todos solemos hablar como si no nos perteneciera. O como si no lo pudiéramos controlar o aprovechar. Y nos quejamos. Mucho. Y de todo. De su falta, de su rapidez en pasar, de su brevedad.

Te regala su compañía. Te regala su “estar”. Algo tan sencillo y tan difícil a la vez. Te ofrece una mano para que le sigas, a su lado. Ni un paso por delante, ni un paso por detrás.

Se regala a sí mismo. Te brinda su confianza, te invita a acercarte. Con todo lo conlleva, con todo lo que te pueda ofrecer. Que abrirse no siempre es fácil…

“Un día sin sonreír es un día perdido”.

(Charles Chaplin)

A quien te hace reír…

Devuélveselo con más risas, con la mejor de tus sonrisas. Recíbelo con los brazos abiertos, con el mejor de tus abrazos. Que no todo son palabras, que a ellas se las lleva el viento. Invierte en actos.

Devuélveselo con tu compañía, con tú aquí y ahora, con tu querer estar. Que no sólo hay que saber, hay que estar.

Que la chispa se enciende con poco y la alegría se contagia con mucha facilidad. Que la risa atrae a más risa, a más dicha, a más felicidad.

Que la risa atrae a la gente. A la que te hace bien.

Y quien bien te quiere, te hará reír.

Patricia.