Día 23: personas

Si me dieran la oportunidad de escoger otra vez, te escogería a ti sin pensarlo otra vez.

¡Hola a tod@s!

Dicen que hay personas especiales que dejan huella. Te propongo reflexionar acerca de:

  • ¿Quién es la persona más importante en tu vida?
  • ¿Con qué frecuencia se lo dices/demuestras?
  • ¿Cómo mejorarías la relación?

Si te perdiste la entrada de ayer, pincha aquí.

Patricia.

 

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Quien te hace reír

“Yo creo que dos personas que se hacen reír, tienen derecho a todo”.

 Cuídalo mucho.

Y de verdad.

Dicen que quien te hace reír, te hace sentir bien.

Que es un don. Que no todo el mundo lo tiene, que no todo el que quiera puede. Por mucho empeño que le ponga. Pero que hay que querer, aunque sea un poco. Que no es un misterio, pero que hay sonrisas con un toque misterioso que dan que pensar. Que no es magia pero aporta momentos más que mágicos. Que impregnan el aire y se quedan en él.

Y contigo.

Que reír es mucho más que eso. Es mucho más que cuatro palabras. Es un verbo por conjugar, en cualquiera de sus formas y tiempos. Es felicidad compartida, y complicidad que escapa a los ojos de ajenos. Es confianza, en ti, en el otro, en los demás. Es gracia  bañada con unas gotas de picardía, de humor, de atrevimiento. A veces, mucho. Es espontaneidad y naturalidad en su máximo exponente.

Es saber ser uno mismo.

Y serlo.

Que hay quien, al menos, lo intenta. Y quiere hacer reír. Sin máscaras ni postizos que se caigan al menor movimiento que haga. Que hacen reír, o al menos lo intentan. Que hay quien lo considera un esfuerzo que vale la pena, que siempre lleva recompensa. Un extra que no es necesario ni quizá se espera, pero que lo regala a quien lo quiera aceptar. Y no tiene nada que ver contigo, sino con ellos. Son ellos mismos.

Porque saben. Reír y hacer reír. A los demás, a sí mismos. Lo disfrutan en cada ocasión, no lo dejan para momentos especiales ni para mañanas que nunca llegan. Porque saben el poder que tiene. La energía que aporta y que genera. Los vínculos que crea y las tensiones que relaja hasta hacerlas desaparecer. Porque saben distinguir a quien vale la pena hacer reír, y cuándo. Siempre, y a cualquiera.

Que es algo que también se aprende… si se quiere. Todo lleva su práctica. Aunque hay quien es simpático porque le nace, lo siente o es parte de su forma de ser. Ni puede ni quiere evitarlo. Es parte de su naturalidad, de su esencia más personal. Quien piensa que lo mereces. Y que lo mereces, siempre. Más allá del postureo, que hay mucho. Como interés oculto.

Dicen que quien te hace reír, te puede enamorar.

De su risa, de su belleza y su sonido. Que es lo más visible, lo más contagioso, lo más espontáneo. Lo que engancha. Que una sonrisa embellece cualquier rostro. Le da brillo y color, le resta seriedad e incluso años. Maquilla cualquier mirada de la manera más natural posible. Que tiene una poderosa fuerza de atracción y le da un encanto especial. Que no hay dos sonrisas iguales.

Enamora su simpatía, esa que destila casi sin quererlo y sin pretenderlo. Esa que hace desear su compañía siempre. Esa que engancha y te deja siempre con gana de más. De más humor, de más chispa, de más desinhibición.

Enamora su ingenio, acertado y siempre respetuoso. Que hay límites muy finos y muy fáciles de cruzar. Y más difícil aún volver a cruzarlos de vuelta. Esa viveza que te roba suspiros y carcajadas que no tienen fin. Ese sentir en paz y en el sitio adecuado, siempre que está a tu lado.

Enamora su frescura, única y flamante. Que hay copias e imitaciones, sí, pero el original es lo que tiene… Un toque personal. Un toque inmarchitable. Un toque irrepetible. Genuinidad en estado puro.

Dicen que quien te hace reír, te hace un regalo.

Te regala su tiempo. Ese valioso presente del que todos solemos hablar como si no nos perteneciera. O como si no lo pudiéramos controlar o aprovechar. Y nos quejamos. Mucho. Y de todo. De su falta, de su rapidez en pasar, de su brevedad.

Te regala su compañía. Te regala su “estar”. Algo tan sencillo y tan difícil a la vez. Te ofrece una mano para que le sigas, a su lado. Ni un paso por delante, ni un paso por detrás.

Se regala a sí mismo. Te brinda su confianza, te invita a acercarte. Con todo lo conlleva, con todo lo que te pueda ofrecer. Que abrirse no siempre es fácil…

“Un día sin sonreír es un día perdido”.

(Charles Chaplin)

A quien te hace reír…

Devuélveselo con más risas, con la mejor de tus sonrisas. Recíbelo con los brazos abiertos, con el mejor de tus abrazos. Que no todo son palabras, que a ellas se las lleva el viento. Invierte en actos.

Devuélveselo con tu compañía, con tú aquí y ahora, con tu querer estar. Que no sólo hay que saber, hay que estar.

Que la chispa se enciende con poco y la alegría se contagia con mucha facilidad. Que la risa atrae a más risa, a más dicha, a más felicidad.

Que la risa atrae a la gente. A la que te hace bien.

Y quien bien te quiere, te hará reír.

Patricia.

Gracias

Dicen que es importante dar las gracias. Ser agradecido, de corazón y de sentimiento, de verdad de la buena. Saber ver el lado bonito de las cosas, el color, la luz, la bondad de cada momento. De cada situación, de cada persona. Incluido uno mismo. Que sólo así se atrae lo bueno. Que es un don. Que sólo así logramos equilibrio y marcamos la diferencia. El cambio. Para bien, siempre para bien.

Allá vamos.

Gracias 2016.

Gracias por haber llegado. Me enamora haberte conocido, haberte vivido, haberte sentido en cada poro de mi piel. Desde el minuto cero, hasta el minuto final. Porque hoy cuando te vayas y cierre los ojos, veré pasar todos y cada uno de los increíbles momentos  que hemos compartido. Que me has brindado, que me has regalado. Permíteme que me los quede todos. Para mí. Para siempre.

Gracias por hacerme reír y por hacerme llorar. Porque aunque no lo parezca, se necesita tristeza para afrontar la vida. Porque es de valientes saber verlo, saber levantarse de cada tropiezo, querer levantarse siempre y volver a andar. Superar los miedos que no nos dejan avanzar, que no nos dejan ser nosotros mismos, que nos impiden volar.

Gracias por haber convertido en realidad muchos de mis sueños, cuando ni yo misma creía en ellos. Por darme ilusión, por multiplicar mi alegría, por alimentar mi energía. Por demostrarme que cuando se quiere, se puede, pero que debes seguir creyendo. Siempre. Y en ti, no lo olvides.

Gracias por enseñarme a seguir las señales, a no perderme tan fácilmente. A ser capaz de entenderme, y con ello a los demás.  A saber perder sin perderme a mí misma, a saber soltar apegos que me atan y me sobran, a saber dejar atrás. Que para volver a empezar, hay que soltar. Que sólo dejando atrás lo viejo tiene cabida lo nuevo, puede llegar. Y quedarse. Hagámosle espacio.

Gracias por enseñarme que cualquier momento es especial, por enseñarme a crear momentos únicos. Porque cuando nada es igual, temes que el mundo tiemble bajo tus pies y pierdes hasta el control. Sientes que el tiempo vuela, se te escapa de las manos sin remedio. Y sólo entonces descubres el valor de lo inesperado, lo que llega para quedarse, sin avisarte. Y te sorprende para bien.

Gracias por hacerme aprender que lo que te pierdes nunca vuelve. Porque así aprendes a valorar, a vivir, a saborear. Lo que tienes y lo que no. Cada momento, cada persona, cada despedida. A no temerle y a saber cuidar a los que de pronto se van, antes de que se vayan.

Gracias por los que ya no, pero algún día sí estuvieron.

Gracias por todo lo bueno que has traído a mi vida. Lo increíble, lo asombroso, lo que no cambiaría por nada del mundo. Y por lo malo también. De todo se aprende. Gracias por todas esas cosas que han vuelto, muchas en versión mejorada. Muchas como segunda oportunidad, por dejarme la posibilidad de mejorarlas. Muchas,  inmejorables ya de por sí.

Gracias por enseñarme cuál es mi sitio, dónde quiero estar.  A decidir dónde echar raíces, dónde realmente quiero estar. Porque las palabras sobran cuando los que siguen ahí, están. A tu lado. Incondicionales. Sin pedir nada a cambio y esperando cualquier ocasión para demostrarte que te quieren. Porque te quieren, de verdad.

Gracias por enseñarme tanto de mí misma. A ver que yo soy única. A quererme en todas mis dimensiones, cuidarme, respetarme y aceptarme. Que si bien es fácil decirlo, no siempre es fácil hacerlo.

Gracias por la práctica.

Gracias por venir… y gracias por marchar.

Porque cuando te vayas, sé que me dejas en buena compañía. Embarcada de nuevo, en búsqueda de mis sueños, enfrascada en pura ilusión. Deseando comenzar otra etapa, dar otros pasos, seguir trazando caminos. Los míos propios. Junto a los míos. Los de siempre y alguno más. Porque este año son muchos los que se me han unido. Y de los mejores.

De los que vale la pena tener a tu lado. Cerca, muy cerca. Aun cuando no puedas verlo siempre que quieras. De los que vale la pena cuidar. De los que son difíciles de encontrar y fáciles de querer. De los que están y quieres que estén. Con los que quieres compartir, crear y lo que venga.

Porque venga lo que venga, con ellos es siempre mejor y más fácil.

Porque lo que viene, seguro que es bueno, increíble y único.

 Como tú.

Gracias 2017 por llegar.

Patricia.

Los que siguen ahí

“No se trata de con cuantos amigos cuentas, sino con cuántos de ellos puedes contar”.

Anthony Liccione.

Hay quienes aparecen, cuando es su momento.

Ni antes ni después. Sin esperar que sea una fecha señalada en el calendario, que sea viernes o un bonito día de verano. Sin anunciar su llegada a bombo y platillo. Sin pretender un lugar específico ni que los astros estén alineados. Sin buscarlo ni mucho menos planearlo al detalle. Simplemente, llega. Y de la mejor manera.

En forma de regalo.

Hay quienes despiertan lo mejor en ti. Aquello que creías dormido, aquello que solo compartes con determinadas personas. En petit comité. Con quienes vale la pena, quienes lo valen. Con quienes te sientes en confianza. Te sientes tú mismo. Con quienes puedes contar siempre, sin importar el tiempo, la distancia ni terceras personas.

Personas únicas e irrepetibles. Especiales.

Amigo: persona con quien se mantiene una amistad.

De niños nos gustaba sumar y sumar amigos. Cuantos más mejor. Amigos con los que inventar fantasías que sólo nosotros entendíamos. Amigos con los que disfrutar travesura tras travesura, a cual más loca. Amigos con los que vivir aventuras emocionantes y con los cuales nos sentíamos invencibles.

Amigos y compañeros de andanzas, ya fuera en el parque o en las calles del pueblo. Con los que lo mismo compartíamos pupitre que divertidas tardes helado en mano. Carreras para ver quién llegaba primero. Y último. Y que no importara más que para picar al otro. Que lo de menos era el juego, lo más era divertirse. Y la compañía. Esa que estaba ahí mientras crecías.

Porque crecer, creces.

Amistad: relación afectiva entre dos personas, construida sobre la base de la reciprocidad y el trato asiduo.

Creces sin darte cuenta, mientras la gente cambia y tu entorno se ve distinto. Nuevos retos, nuevos pasos, nuevas ideas se suceden. Dejas atrás muchas cosas, muchos momentos, muchas personas. Hasta una pequeña parte de ti. Algo que percibes pasado el tiempo, de repente y sin saber muy bien cómo digerirlo.

Pero los hay que afortunadamente siguen contigo, a tu lado, tanto en las buenas como en las malas, como se suele decir. Tanto en las noches locas que acaban a altas horas de la madrugada, desayunando en un bar cualquiera con el rímel corrido y el pelo desgreñado. Con la voz afónica y los tacones en la mano. Con una enorme sonrisa tras la cual se lee un: ¿para cuándo la próxima?

Como también siguen contigo en los momentos de bajón. Cuando no te aguantas ni a ti mismo. Cuando no sabes, no quieres o crees que no puedes. Con lo que sea. A cualquier hora, sin importar ninguna otra cosa. En respuesta a una llamada, a una palabra, a una mirada. Te acompañan en las lágrimas y te regalan los abrazos que más reconfortan.

Amigos que se guardan los “te lo dije” para otra ocasión, quizá para nunca. Que te escuchan sin perder palabra mientras remueven el café eternamente, asintiendo en silencio, dejándote espacio. Los que se muerden la lengua por ti y aguardan la sinceridad para cuando la necesites. Los que ayudan a buscar soluciones y aligeran ese problema que te empeñas en cargar tú solo, por tu cuenta.

Amigos que suman y multiplican valor.

Y sigues creciendo. Maduras. Cambias de ambiente, de compañeros de diario y de nocturnidad. Cambias incuestionables y prometedoras fiestas por veladas más íntimas, más personales, más reales. Donde la música tan sólo acompaña de fondo. Cambias de obligaciones, de responsabilidades, de compromisos. Amplias y cambias de círculos, te vuelves más selectivo.

Cualquiera no sirve.

Pero a tu lado siguen los de siempre, los que te quieren. Y quizá alguno más que se ha sumado por el camino. Alguno nuevo y alguno que quizá ya conocías desde hacía más o menos tiempo, pero no lo suficiente. Alguno que te sorprende precisamente por eso, porque de repente lo ves con otros ojos. Lo abrazas de otra manera, lo esperas con otra ilusión, lo sientes más cercano. Y se hace un hueco en tu vida, en el que no todos encajan.

Los hay que siguen ahí incluso cuando tú no estás ni para ti mismo. Cuando no tienes tiempo, o no sabes cómo sacarlo. Cuando te quejas por todo y de todos, haciéndote difícil. Cuando el trabajo te absorbe, la pareja o lo que sea que no te deje ver más allá. Cuando creas excusa tras excusa o cuando te vuelves invisible.

Cuando construyes muros en lugar de puentes.

Los hay que siguen ahí, pese a la rutina del día a día. Pese a que las circunstancias no acompañen y los abrazos se distancien en el tiempo. Pese a malentendidos, desacuerdos u opiniones ajenas. Que no renuncian cuando las cosas se ponen difíciles ni miran para otro lado mientras abandonan. Que no tiran por la borda años de unión así porque así, que no se rinden fácilmente.

Los hay que siguen ahí, siempre, aunque no puedas verlos. Son los que te dan los buenos días y te desean la mejor de las noches. Con mensajes diarios o no. Con felicitaciones puntuales y a veces no tanto. Los que están a un par de paradas de autobús o a 1000 kilómetros de vuelo. Los que celebran cualquier buena noticia, los que esperan cualquier buena historia, los que se involucran en tus sueños.

Los hay que siguen ahí con la misma ilusión, con las mismas buenas intenciones y con los mismos mejores deseos. Sin cansarse del resultado, esperando sin desánimo. Como si fuera siempre la primera Navidad, como si fuera el único y último viaje, como si pudiera no haber otra más. Sabiendo bien lo que buscan, por quiénes esperan, a quiénes cuidan.

Porque saben valorar lo que es importante y lo que no. Porque saben cuál es su sitio y cuál no. Porque saben cuándo seguir y cuándo no.

Hay quienes saben seguir ahí.

A tu lado.

Patricia.