El mismo idioma

Dicen que las personas ya no nos miramos a los ojos al hablar.

Y que hablamos poco, o más bien nada, o que incluso hablamos por hablar. Porque es lo que se espera en esa situación, o en ese momento. Porque queremos llenar de sonido el vacío y sentirnos mejor, o en compañía. O por escapar de esos silencios que se vuelven incómodos, que nos llenan de intranquilidad y nos obligan a actuar, a hablar, a buscar. Cualquier cosa, cualquier estupidez, cualquier excusa. Aunque no la queramos.

Que vamos perdidos.

En querer agradar, en querer triunfar, en querer ser los mejores. Pese a que el coste personal sea muy alto y nos pase factura. En recibir buenas críticas, aunque desoigamos las propias. En tratar de encajar, aun cuando no estemos de acuerdo con las medidas, con los estándares. En callar demasiado a menudo. En tirar tras usar. Una vez, como mucho dos, porque arreglar sale caro, y el esfuerzo no compensa, decimos. En arrancar con semáforos en rojo, para salir los primeros. Para que nadie nos adelante. Para llegar cuanto antes.

Que hemos sustituido a las personas, a los sentidos, a las relaciones. Que hemos cambiado los tiempos, los modos y hasta hemos alterado los resultados. Que vivimos arreglando estropicios por querer correr, por existir con prisas, por no saber decir que no. Que hemos perdido la capacidad de esperar. De sentir, de vivir. Que buscamos la inmediatez, las respuestas fáciles y las salidas, aunque sean traseras.

Que escuchamos a medias, vemos lo que queremos y sentimos bien poco. Lo justo. Que nos perdemos muchos detalles de nuestro entorno, de lo que pasa ahí fuera, de la realidad más real. Mientras nos escuchamos sólo a nosotros, también a medias, también bien poco. Que la comunicación ya no es la misma, y aunque la tecnología tiene mucho que ver, nosotros tenemos muchas más papeletas. O prácticamente todas.

Porque si bien el tiempo cambia, distorsiona y desdibuja las cosas, los espacios y los pensamientos, podemos permitirlo y verlo ocurrir… o podemos poner nuestro granito de arena. Podemos dejar que todo pase o que algo cambie. Sea poco o sea todo. Podemos quedarnos de brazos cruzados o ponernos manos a la obra. Podemos aportar, podemos invertir, podemos renovar. Y tratar de crecer. Y de aprender.

Porque podemos aprender a frenar, a no encajar donde nos queremos, y a arreglar, en lugar de desechar. A buscar soluciones que nos cuadren, que nos ayuden, que nos sirvan. A nosotros, no tanto a los demás. Aprender a exigir menos y a dar más. Aprender que cada persona es una historia, y que cada cual debería escribir la suya propia. Sin interferencias ajenas. Sin opiniones no requeridas. Sin préstamos que no esté dispuesto a pedir. Cada uno con su propio lápiz, su tiempo perfecto y sus puntos y aparte.

Y aprender a dejar de hacer.

Lo que otros dicen, lo que otros hacen, lo que otros opinan. Incluso lo que otros pretenden imponer. A pensar más por uno mismo, a no tratar de creer en lo que no. En lo que no nos llena, no nos da esperanza, ni nos regala sonrisas. A no quedarnos con borradores de futuro, que se quedan en algún cajón olvidados. A dejar ir, a no forzar, a no llorar de más. Ni de menos. A no conformarse con mínimos, a no sacrificarse por exceso. A no dejar de ser uno mismo.

Y a serlo.

Y a no fingir hablar en otro idioma, salvo el nuestro. El tuyo.

Porque dicen que no todos hablamos el mismo idioma, pero que podemos llegar a entendernos. Que es cuestión de práctica, de querer, de intentar. De expresarnos y hacernos entender. De romper barreras, buscar equilibrios, sortear mareas. De respetar diferencias y poner en común. De crecer en lugar de reprimir. De cultivar el aprendizaje sin forzar establecer distinciones, clases o discriminaciones.

Y que si no sabemos, se aprende.

Como aprender a mirar a los ojos. Al hablar, al compartir, al amar. A escuchar más allá de las palabras. A darles su oportunidad. A estar donde estamos, donde queremos estar. A no querer estar en ningún otro lugar. A percibir cada detalle, por simple que parezca. A dejarse la piel, el sentimiento, la emoción.

Como aprender a darlo todo, a dar lo mejor, a no dejar nada para ocasiones especiales. Recordar que cada día ya lo es. A bailar, con música y sin ella. A reír mientras bailamos. Y de nosotros. Y de todo.

Como aprender a respetar, a fluir, a no dramatizar. A querer y quererse. A buscar y dejarse encontrar. A regalar momentos, dibujar sonrisas y borrar las lágrimas que no sean de felicidad. A sumar, a compartir, a dar.

Y aprender a hablar (y entender) el mismo idioma.

 

 

Patricia.

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Las 7 diferencias

Desde niños nos enseñaron a buscar las diferencias.

A observar cuidadosamente hasta el último detalle de cualquier imagen, buscando aquello que fuera diferente de otra similar. Parecida, muy parecida, pero con pequeñas disparidades. Y aprendimos a afinar la vista en busca de aquello que sobrara en el dibujo original. O aquello que faltara. Por pequeño o grande que fuera en sí. Desde una pequeña raya solo visible para los ojos más avispados, hasta una enorme manzana que resultaba claramente vistosa y obvia.

Aprendimos a reconocerlas. A ver las diferencias. Todas, o casi todas ellas. A que no se nos escapara ni una. A asegurar que las habíamos encontrado todas, aunque no fuera del todo cierto y nos faltara alguna. Aprendimos a buscarlas, a descubrirlas, a celebrarlas. Porque pensamos que tenía su mérito. Que no todo el mundo lo lograba. Que no todo el mundo las reconocía. Ni tan fácil, ni tan rápido. Que éramos cierta clase de “genios”. Y aprendimos a sentirnos inteligentes, observadores y perspicaces.

Y comenzamos a sentirnos diferentes.

Porque no solo nos enseñaron a buscar la diferencia, sino a cultivar esa desemejanza. A comenzar a diferenciarnos, a crear nuestra imagen más personal y genuina. A sobresalir, a destacar, a hacernos visibles. Para triunfar, nos decían. Para ser alguien en nuestra vida. Lo que no siempre nos enseñaron fue cómo. O no de la mejor manera. O no supimos aprenderlo. O quizá hay quien no quiso escuchar. Sobre cómo crecer, cómo evolucionar, cómo florecer.

Y aprendimos de aquella manera. Cada cual como pudo o quiso.

Que si para ello hacía falta, se copiaba. A alguna otra persona que fuera fácil de seguir, de imitar, de admirar. Alguien que fuera el cabecilla, la figura más representativa de un conjunto, de una idea, de un estilo. Y le seguimos. A pies juntillas. Quizá sin saber muy bien por qué, salvo que molaba. Quizá sin que realmente representara o tuviera esa idea o ese estilo. Pero molaba.

Y así aprendimos a seguir sin preguntar, a actuar sin cuestionar, a dejar de ser tan personales. A andar a oscuras sin buscar luz.  Y nos fundimos en conjuntos, perdiéndonos en ellos. Dejando que se perdieran ideas, sentimientos y futuros posibles. A cambiar de pertenecer a algo, de identificarnos con algo o alguien. O eso decíamos. O eso queríamos sentir.

Aprendimos con mucha facilidad a buscar la unión con los que fueran iguales que nosotros y a competir con los demás. A buscar protección, compañía, fuerza o lo que fuera que cada uno necesitara en unos, y a ser mejores que los otros. O tratar de serlo. O fingir que lo éramos. En lugar de buscar ser mejores que nosotros mismos. En lugar de aprender y crecer. En lugar de buscar abrir los brazos y dejarse sorprender por los regalos que nos pudieran llegar.

Nos habituaron a hablar de “nosotros” y de “vosotros”, y a dejar a “ellos” fuera. A mirarlos raro. A pensar que los que pensaban diferente no eran nuestros amigos. Que no eran nada nuestro. No eran opiniones a tener en cuenta. No eran ojos que creer ni palabras que escuchar. No eran puentes que cruzar, sino muros que levantar. Marcando distancias, como si fueran físicamente reales. Marcando límites. Creando fronteras.

Y empezamos a quererlos lejos.

Y continuamos creando diferencias. Porque aunque nos hablaron de igualdad, dejaron que hubiera clases, dejaron que hubiera grupos, dejaron que hubiera distancias. Y las expandieron. Las fomentaron. Las promovieron. Nos hablaron de creer en los demás, pero añadieron algún que otro pero, cuidado y consejos por si acaso.

Y en algún momento igualdad se confundió con homogeneidad a criterio de unos pocos. Y diferenciarse supuso perder. Perder el norte, perder derechos, perder respeto. Y hubo quien mucho habló, y poco predicó con el ejemplo.

Y en algún momento, los egos tomaron el control, y se comieron todo lo demás. Empezando por las emociones. Siguiendo con la razón. Terminando en abismos. En precipicios. En saltos al vacío.

En saltos que se podrían haber evitado.

Si en lugar de tratar a las personas como objetos, las tratáramos como lo que son. Como nos gustaría ser tratados. Si no se nos olvidara que lo somos, que somos humanos, personas, seres que sienten. Y que las cosas… son cosas. Simples objetos. Y que nada nos pertenece, y que nada nos ata.

Si en lugar de centrarnos en las diferencias buscáramos la unión, el vínculo, la parte común. Que la tenemos. Siempre. Algo que compartir, algo que celebrar, algo que disfrutar. Que no la fingiéramos, ni la basáramos en el interés temporal. Que la construyéramos desde la base para que creciera fuerte. Como crece cualquier árbol. Con un tronco robusto, y con ramas, muchas ramas, cada cual diferente.

Si en lugar de crear problemas buscáramos soluciones. Espacios, tiempos, alternativas. Para todos, no para unos pocos. Encontrar el punto medio y a movernos cerca de él. A fomentar el individuo, el crecimiento, el respeto. A las personas, a que sean diferentes, cada una a su manera. Sin dejar a nadie fuera.

Si dejáramos de buscar diferencias para separar, para destacar a cualquier precio, para señalar.

Y si en lugar de hablar de ellos, habláramos de nosotros.

 

Patricia.

A tu lado, echándote de menos

Hoy os dejo con una colaboración muy especial. Mi querida Elvira, de Compartiendo Macarrones ha querido compartir su propio texto en mi blog. Y sólo espero que os guste tanto como a mí.

¡Gracias Elvira!


¿Dónde estás?

Qué duro es echarte de menos cuando te tengo aquí a mi lado. Y no sé muy bien quién eres, no sé cuándo te has perdido, ni dónde puedo encontrarte. Sólo sé que quiero que vuelvas, porque este desconocido que tengo al lado me mira pero no me ve, me está llenando de invierno. Y estoy helada.

No te haces una idea de lo duro que es echarte de menos aquí, a tu lado. Porque todos los días te veo y, aunque a ratos me hablas y a ratos me ignoras, apenas noto la diferencia. Y ahora, simplemente, no quiero esta nueva versión de ti, barata y chapucera, que no me gusta y que me tiene descolocada. En qué momento te me han cambiado, porque no te conozco y, por mucho que te miro, no entiendo cuándo dejaste de ser tú para ser otra persona. ¿Qué te ha pasado? ¿Qué ha cambiado? No te haces idea de lo sola que me siento cuando estoy contigo, pero sin ti.

Qué duro es echarte de menos teniéndote aquí a mi lado. No sé si hay otra persona que te roba el sueño, no sé si son tus sueños los que te me han robado, y ahora son otras cosas las que rondan por tu cabeza. No sé qué pasa, no sé qué piensas. Y lo único que cada vez tengo claro es que no creo que pueda seguir así mucho tiempo más, porque cada segundo me quita las fuerzas. Porque quererte todos los días y llorarte todas las noches, me está dejando sin aliento. Ojalá pudiera echarte menos para siempre, pero mi cuerpo, mi cabeza, y todo el amor que me tengo, sencillamente, no pueden más.

Así que vuelve. Reacciona. Necesito que hables, que digas qué piensas. Necesito que me quieras bien o más bien que me lo demuestres. Y si no vas a volver, si no vas a quedarte, sólo quiero la verdad. Como siempre digo, el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. Así que no me importa lo dura que sea, no importa lo mucho que te joda afrontarla o el miedo que te dé, pero no quiero mentiras, nadie en mi vida es imprescindible excepto yo misma.

 

Toma una decisión o yo la tomaré por ti. Haré de todas mis necesidades prescindibles y dejaré de echarte de menos. Dejaré de mirarte, de agarrar fuerte tu mano, de hacerme preguntas y buscar respuestas sin sentido. Dejaré de darte los buenos días y malgastaré todos los besos que me sobran todas las noches. Dejaré de esperar, de ser nada tuyo, dejaré de estar. Y tal vez el invierno llegue para ti y no habrá sol que caliente tus penas.

Pero no puedo seguir aquí, a tu lado, echándote de menos.

 

Elvira, de CompartiendoMacarrones.

https://compartiendomacarrones.com

Pirata con bandera blanca

Ya no he vuelto.

No he vuelto a traerte besos de portal los miércoles robados, ni a escapar de tu risa contagiosa en un abrazo. No hay vestidos de verano que se rían de la seriedad de mis camisas de oficina. No quedan galletas de chocolate en la cocina, y el sofá es mucho más grande en las noches de película.

No he vuelto a regalarte discos de Bon Jovi, para decirte a voz de grito entre canción y canción, que sólo la mezcla de su voz y tu sonrisa me hacen sentir una estrella.

 

Hoy te he vuelto a ver.

Arrancarte ha sido como hacer las maletas en una noche y mudarse a una ciudad desconocida. Sin orientarme, sin mapa del tesoro ni bandera de pirata. No hay isla, ni tesoro. No estás tú.

No está tu baile de miradas, ni las cenas que empezaban por el postre.

No estás, y tengo que empezarme desde cero. Como la primera página blanca de un diario, como la primera noche estrenando un colchón. Sin recordar la cama en la que antes dormía.

Hoy te he vuelto a ver, pero no me he atrevido a mirarte. No quería asegurarme de que sigues escondiendo la X marcada en el mapa.

Porque ya no quiero ser pirata.

 

Irene, de Contra las Cuerdas blog

http://www.contralascuerdasblog.com

FB: @contralascuerdasblog

IG: contralascuerdasblog

Vidas imperfectamente perfectas

Buscamos la perfección.

Por defecto. Por costumbre. Por necesidad.

O eso decimos.

Buscamos agradar. Sobre todo a los de fuera. Llámalo agradar, maravillar, encajar o como quieras. El resultado es el mismo. Nos autoimponemos metas muy altas, muy exigentes, poco convenientes. Nos autoconvencemos de que es exactamente lo que necesitamos, ni más ni menos. Que es la llave de nuestra felicidad. De la puerta que aún no hemos abierto. La montaña que queremos subir, no importa el esfuerzo, el camino o si tendremos oxígeno suficiente para subirla. Ni nos lo planteamos.

Y nos lanzamos.

Nos lanzamos de cabeza. Con todo el ánimo del mundo, o de ese momento. Con toda nuestra voluntad, sumando la fingida. Porque nos lo queremos creer. Aunque creamos al 50%. O menos. Porque nos decimos que es lo que debemos querer. Nos guste o no. Porque es lo que hace la mayoría. Lo que te recomienda la mayoría. Lo que está bien. O eso dicen. La moda. Lo que se debe hacer.

Lo que toca.

Y ponemos toda nuestra atención. En lo de más allá, en lo de fuera, en las apariencias y las medias verdades. Medias, sí. Porque generalizar no es siempre acertado ni lo mejor en cualquier caso. Que lo que es bueno para uno, no tiene por qué serlo para otro. Ni las razones, ni los motivos ni las intenciones. Ni siquiera los deseos.

Desear es un sentimiento.

Sentimos poco. Callamos mucho.

Callamos esas voces internas que nos piden actuar. Movernos. Avanzar, o retroceder. Hacer o deshacer. Voces que nos hablan en susurros y hasta a gritos. Pidiéndonos cambiar. Coger el timón y tomar otro rumbo. Diferente. Con sentido o sin él. Ya se lo pondremos luego. Decir que no a lo que no queremos. De verdad. Y más veces. Pensar más en nosotros. Y decirnos que sí. Una y mil y veces más. A nosotros… Priorizarnos. Reinventarnos. Reorientarnos. Reoxigernarnos.

Para volver a pisar con fuerza. Para dejar huella allá donde pisemos. O donde queramos dejarlo. Para olvidarnos de esas voces que gritan. De esos gritos. Bajarles el volumen. Hasta que desaparezcan. Hasta tener la conciencia tranquila y no callada a base de mentiras. Porque nos mentimos a nosotros mismos. Y mucho… Demasiado.

“Nuestras imperfecciones nos ayudan a tener miedo. Tratar de resolverlas nos ayuda a tener valor”. (Vittorio Gassman)

 

Valor.

Es lo que a veces nos falta. O la gran mayoría de ellas. Es el empujón necesario, en el momento adecuado. Es el aliento que pedíamos y que no sabíamos dónde encontrar. El aliciente, la motivación, el ánimo.

Y coraje. Para dejar atrás lo que creamos. Para empezar donde estamos, las veces que queramos. Para actuar, en nombre propio, en primera persona. Para superarnos a nosotros mismos. Para mejorar. Lo mejorable. Lo necesario. Que no todo. Para aceptarnos más.

Y querernos. Más y mejor.

Que eso también nos falta. Y mucho. Empezando por aceptarnos. Lo que ya somos. Lo que un día fuimos. Aceptar que ni todo es negativo ni todo es imposible. Que no estamos tan lejos de nuestros sueños, de cumplirlos. Que podemos equivocarnos. Equivocarnos y no hundirnos. Que podemos con mucho más de lo que pensamos, y si lo intentamos, aún podremos con más.

Aceptar que hay cosas que se nos escapan sin remedio, que ni culpa ni arrepentimientos que valgan. Que ni podemos ni debemos controlarlo todo. Que nos volveríamos locos. Aceptar que hay quienes están hoy, pero quizá no mañana. Que las cosas cambian. Incluidos, nosotros mismos. Y los demás. Aceptar que no somos centro, más que de nuestro propio mundo, y que ahí, tenemos poder. Mucho.

Y aprender a querernos. Aunque parezca evidente. Que todo se puede aprender. De verdad, y no de simple palabra. Sin egoísmos. A pesar de lo que puedan decir otros. A pesar de lo que podamos decirnos a nosotros mismos. Callemos voces. Dejemos de ser nuestros enemigos.

Y querámonos. Para ser nuestro propio aliento, cuando sintamos que las fuerzas nos fallan. Que nos fallarán en algún momento, es normal. Y seamos nuestro mayor admirador, reconociendo todo lo bueno, aceptando lo que no sea tanto. Siendo más justos. Siendo más realistas. Valorémonos más y mejor. Juzguémonos menos.  Aprendamos a construirnos en lugar de destruirnos. Aprendamos a querer mejorar, crecer, brillar con luz propia.

A querer ser nuestra mejor versión. A aceptar que ya lo somos. Sin querer ser perfectos.

Porque a nuestra manera, ya lo somos.

Aceptar que la vida puede ser perfectamente imperfecta.

Y nosotros con ella.

 

Patricia.