No te rindas

Dicen que todos volvemos a los lugares en los que fuimos felices.

Los que por A o por B, nos marcaron de alguna manera y recordamos con un cariño especial. Donde vivimos algo único que se nos quedó grabado a fuego en la memoria. Donde conocimos a alguien que hizo que lo que vino después diera irremediablemente un giro de 180 grados. O hasta 360. O simplemente fue un lugar que nos robó más de un suspiro y el alma por completo. O puede que, más bien, fuera una mezcla de todo en general.

El mío, fue un verano.

Un clásico. Unas risas nerviosas y miradas de todo menos discretas. Un encuentro casual y un incipiente romance bajo los acordes de la verbena. A la luz de un cielo claro y de brillantes estrellas. Al son de la música y de unos bailes algo torpes. Y cómplices. Como las noches. Esas noches veraniegas que parecen no tener fin.

Un pudo ser que, sin embargo, no fue. Un quiero, pero no me atrevo. Un sí, pero… Por miedo, por indecisión, por esa mezcla de todo en general. Por no ser quizá el tiempo, el lugar, o los sentimientos. O eso me dije entonces. Por esperar que él dijera, que él hiciera, que él… Por quedarme muy quieta. Por pensar yo más en la vuelta. En la realidad. En la maldita distancia.

Porque el clásico llegó a su fin. Como cada verano, por mágico que sea, termina. Y con él, las verbenas al raso, y las noches que no acaban. Y la realidad, la distancia y Barcelona nos separaron. Pusieron kilómetros, silencio y dudas de por medio. Hasta el próximo verano, me dije. Hasta la próxima verbena. Hasta la próxima vez en que nuestras miradas se reencuentren.

Y el tiempo voló.

A la espera de esas miradas indiscretas, de esos bailes indecisos, de ese prometedor reencuentro. Que no llegó. La familia, los veranos, los viajes, cambiaron de destino. De protagonistas. De sentimientos. La nostalgia ocupó el lugar que en otro momento había ocupado la magia, la música y los bailes. El olvido empezó a tener su propio espacio.

Hasta aquella llamada.

Y tu voz. Y un salto. Al vacío. Un reencuentro con el pasado. Cara a cara. Totalmente inesperado, pero todavía deseado. El borrón de un plumazo del olvido, la nostalgia y la resignación. La ilusión por bandera y los nervios en cada poro de mi piel. Un sí, claro, por supuesto. Sin pensármelo. Y, por supuesto, un comienzo.

De vacaciones compartidas. De llamadas hasta altas horas de la madrugada. De Messenger y mensajes de móvil. De billetes de tren y de avión. De idas y venidas. De colas en aeropuertos, de cargar maletas llenas de ilusión más que de ropa, y de regalar abrazos, besos y cariño a raudales. Pero también de lágrimas, muchas. De largas esperas y de dolorosas despedidas.

La distancia es lo que tiene.

Que nos tuvo jugando a su juego. A esperar y desesperar. A no saber y a imaginar. Poniendo kilómetros de por medio. Yo en Barcelona. Tú, en A Coruña. El origen de todo. Mi lugar para el recuerdo.

Hasta una elección. Compartida y muy meditada. Arriesgada sí, pero necesaria en aquel instante. Un alto en el camino. Un punto y seguido. Un billete sólo de ida, esta vez. Para vivir una nueva aventura. Juntos. Sin maletas, sin tantas vueltas, sin suspiros mirando una pantalla de móvil. Acortando la distancia y protagonizando abrazos en vivo y en directo.

Barcelona como punto de inflexión. De ver lo que viene. De querer que llegue. Del siguiente paso. De ir más allá y de ponernos a prueba. A ti, a mí, a nosotros. A aquel verano, con cada una de sus noches, sus verbenas y sus miradas. Y sobre todo, a aquella llamada. Y a aquel giro tan inesperado como querido.

Never give up.

Un tatuaje, un avión, un recuerdo.

De lo que fuimos y de lo que somos. Juntos y por separado. De donde estábamos a donde estamos hoy. De que juntos mejor. Del camino recorrido. Y del que todavía nos queda por recorrer. De la prueba que supone el día a día, de las dudas que se van resolviendo sobre la marcha.

De las decisiones que tomamos y las que vendrán. De los aciertos y de los fallos de los que aprender. De que mejor arriesgar que quedarse sin respuestas. Que mejor mirar hacia delante, que quedarse sin andar.

No rendirnos, nos dijimos.

Porque del mañana poco sabemos. Pero sí del pasado. De que valió la pena cada paso. Cada mirada indiscreta, cada llamada a medianoche. Cada duda que surgió y cada prueba y error que sorteamos.

Porque esperar tuvo su recompensa. Aunque hubo quienes dudaran.

Porque tú eres mi lugar, mi momento y mi persona.

 

 

Gracias Mar, por ponérmelo tan fácil, por dejarme dar forma a tu bonita historia y formar parte de mi blog.

 

Patricia.

 

 

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Dejarlo todo

Una cena improvisada. Una conversación desenfadada. Una canción de jazz sonando de fondo.

He perdido la cuenta de las veces que he oído aquello de “algún día” complementado por algún ojalá y acompañando a unos ojos que no se terminan de creer lo que la boca dice. O aquel “lo dejaría todo,…” seguido de un gran pero y un oportuno trago de lo que sea que se esté bebiendo en ese momento. Para añadir dramatismo, espacio, o para rellenar el hueco cuando no se sabe cómo continuar.

Excusas de hoy y de siempre, aburrimiento para mañana.

Porque hay momentos en que hablamos por hablar. Contamos lo primero que nos viene a la cabeza, sin preocuparnos de si tiene lógica o no. De si realmente nos importa, de si es algo en lo que mañana seguiremos pensando. De si nos hará bien o mal. Pero lo soltamos. Y nos dejamos escuchar. Y dejamos que eso sea lo que en ocasiones más nos preocupe, que nos escuchen.

En otras ocasiones, por el contrario, andamos en búsqueda del sentido de aquello que no lo tiene. De no aceptar un no, de buscar un sí a toda costa. Aunque sea un sí a medias o con lo boca pequeña y los dedos cruzados. Y no nos rendimos. Y seguimos. Buscando motivos, buscando agua en un pozo visiblemente seco, esperando encontrar algo más que agua.

Y otras veces no entendemos bien lo que esperamos. Hablamos para dar salida a lo que no sabemos sacar de otra manera. A lo que no queremos llevar ya más con nosotros. A lo que no sabemos desde cuándo nos acompaña, y queremos darle esquinazo, despistarle a la primera de cambio, y salir hasta corriendo.

Y muchas veces, sí, hablamos. Mucho o poco. Todo o nada. Con toda la razón del mundo, o con la que creemos tener cada uno. Pero nos quedamos en eso.

En la apatía de un hoy que no nos gusta, de un mañana que ya se verá. En la comodidad de dejar de hacer y quedarnos tal cual. Sin mover un dedo. Sin despeinarnos. Sin dar esquinazos. Y mucho menos correr. Que sea cosa de cobardes, o no, a no todo el mundo se nos da bien. El correr, el sacar agua de un pozo, el dejar atrás.

Que no para después, o para mañana.

Que lo fácil es dejar las cosas como están y el café para “algún día” Ese café que lleva tanto tiempo pendiente. De palabra. De pensamiento. O en nuestra cara. Cafés que se enfrían sin remedio, y que se acaban tomando un día cualquiera, por tomar. Por obligación. Por el qué dirán.

Y dejamos cosas, pensamiento, personas. Para ese día imaginario en el que haremos todo lo que hoy nos da pereza. O miedo. O lo que sea. Para ese momento perfecto. Para cuando nos venga bien, mejor o ya no haya remedio.

Y dejamos que otros hagan, que otros salten, corran y vuelen, mientras nos sentamos a mirar. A hablar. A veces, más de la cuenta. A veces, incluso de lo que no sabemos.

Mientras que hay valientes que dejaron de bailar canciones que no les gustaban, que dejaron de aprender canciones a medias. Que jugaron a improvisar, que entrenaron por su propia cuenta.

Personas que se visten como tal, aunque en el fondo les tiemblen hasta las pestañas. Que apuesta a ganar, aunque la probabilidad de hacerlo sea una entre un millón. Personas que apuestan por sí mismas, por el hoy mejor que el mañana, por buscar agua donde pueda haberla. Personas que no dejan que las tilden de locas. O que les importa bien poco que lo hagan.

Personas que reflexionan, actúan y corren. Que hablan y saben callar. Y escuchar. Que se van por decisión propia. Que se quedan por su voluntad. Que piensan más en lo que sí que en lo que no. En lo que suma, más que en lo que resta. Que no temen perder y que saben que perdiendo, es cuando más se aprende. Que sienten que tienen más poder del que otros puedan imaginar o reconocer.

Personas que quitan fuerza al “y si”, al miedo a equivocarse, a hablar de errores fatales. Personas que saben que habrá un después, una bifurcación donde parece no haber salida, una nueva ventana abierta cuando el calor empiece a sofocar. Que no les preocupa si no sale. Ni si será perfecto. Ni dejan que eso les pare. Porque saben que será lo que será. 

Personas que no piden nada. Ni exigen. Ni esperan. Sino que dan. Espacio, tiempo, oportunidades. Y regalan. Abrazos, palabras, motivos. Y autoescriben su propia guía.

Personas que saben dejar atrás. Cuando así lo sienten. Y volver a empezar. Cuando así lo quieran. Cuando así toque.

Personas que cuando se deciden por algo, lo dan todo, y dejan lo demás. Todo lo demás. Sin reproches, arrepentimientos o quejas. Que no se pierden en los detalles más insignificantes ni en rodeos que les desvíen de su camino. Que eligen con voz y voto propios. Sin esperar la aprobación de otros.

Raritos los llaman.

A los que sí. A los que están donde quieren estar y no se lo preguntan a nadie. A los que saben escucharse y hablar consigo mismos, sin censurarse.  A los que saltan al vacío, dejando las dudas aparcadas, sabiendo que solo así llegarán más lejos. Arriesgando. Superándose.

A los que no les da miedo elegir entre A o B. O entre todo el abecedario. Ni entre todos los colores.

A los que actúan con el corazón, y no sólo de palabra.

A los que dejan todo lo que les sobra, y apuestan por sí mismos.

 

Patricia.

Eres los viajes que haces

Un calendario, un mapa del mundo y la ilusión por todo lo alto.

Con qué poco se puede ser feliz.

El destino. Quizá decidido desde hace varios sueños, desde hace algún viaje pasado, desde hace algunas vacaciones ya lejanas. O quizá todavía esté pendiente de decidir y te esté costando hacer click, decir que sí, pasar al siguiente. Quizá sea cuestión de elegir más de uno. Un año da para mucho.

Y que el destino no siempre es el factor decisivo, la pieza clave o lo más importante de la aventura. Por no ser, puede no ser siquiera un lugar. Un espacio delimitado. Un listado de visitas obligadas que puedas tachar una vez realizadas. En ocasiones no es físico, sino sentimiento. No es un souvenir, sino un recuerdo. De esos que duran toda una vida si lo sabes cuidar. Es una nueva bocanada de aire, un aprendizaje de los que cambian un poquito tu vida, una nueva forma de mirar y de percibir. La que se vive únicamente al viajar.

El equipaje. Es ilusión envuelta de cariño, de mucha paciencia y de altas dosis de esperanza. Para que se mantenga intacta, protegida frente a los vaivenes del viaje, frente a los contratiempos que se crucen de camino. Y que no te falte tampoco libertad, para decidir en cada momento, para improvisar los acordes, para inventarte la letra de cada canción. Y una cámara. Para inmortalizar sonrisas, para captar los más diminutos matices, para construir bonitos recuerdos.

La maleta. Cuanto más ligera mejor. No se necesita tanto, ni siquiera el dichoso mapa. Sobran los “porsiacaso”, las ideas preconcebidas, las expectativas que son demasiado altas. Y cualquier otra obligación que te hayas marcado antes de partir. Es una decisión. Sobre qué se queda fuera, que es lo que no tiene espacio ni cabida de ninguna de las maneras. Y es también saber dejarlo atrás, aunque no siempre sea fácil. Quizá sea para tan sólo unos días, pero quizá sea para una larga temporada. O para nunca más. Que hay viajes con billete de regreso ya comprado y hay viajes para no volver.

Pero deja espacio para la vuelta. Que siempre traes algo contigo. Nunca vuelves de vacío.

La compañía. Que bien elegida, puede ser un mundo. El tuyo. Un todo o nada. Puede ser la diferencia entre algo que valga la pena y algo que sea inolvidable. Entre un viaje más y el viaje que te sirva de estímulo y ejemplo para los siguientes. Ese que te proporciona una continua inspiración, el empuje para ir cada vez más lejos, la motivación para abrirte a mil y una posibilidades. Aunque a veces caigas en el error de tratar de repetirlo.

Porque… Para qué repetir viajes, habiendo tantos otros por hacer.

Como error puede ser el empeñarte en que alguien te acompañe. Sí o sí. Como si ir solo fuera una especie de fracaso, el mayor de los aburrimientos o un gran riesgo. Como si elegir un mal compañero no lo fuera. Error es pensar que siempre se necesita a alguien con quien viajar. Y que, el no tenerlo, nos sirva de impedimento, de excusa o de eterna demora.

Que puedes ser tu mejor compañero posible, si te lo permites.

El viaje. Partir. Saber desde dónde salimos, qué llevamos con nosotros. A dónde lleguemos ya se verá. Tomar esos planes escritos sobre papel y darles forma a nuestro antojo. Darles vida. Sin permitir que tomen el control. Dibujar el camino sobre la marcha. Porque a veces, la mejor decisión es dejar de decidirlo absolutamente todo. Dejar de pensar. De planificar punto por punto hasta el último párrafo. Dejar de planear los descansos, las fotografías milimétricas y nada espontáneas, los autobuses a tomar.

Que la mejor opción suele ser simplemente andar. Hacia donde tus pasos te guíen, hacia donde tu instinto te lleve. Donde sientas que debes estar. Perderte por calles, incluso las que no aparecen destacadas en los mapas. Suelen ser las mejores. Las más auténticas. Las más frescas.

Sentirte libre. Llegar a sentirte parte del lugar, de la gente, de la experiencia. Soltar lo que te controle, lo que te dirija. Incluso a ti mismo.

Darte la oportunidad. De perderte, de encontrarte, de cambiar. No en vano, dicen que cada viaje que haces te cambia un poco. Tu manera de pensar. De sentir. De viajar. De querer y quererte. Tu manera de priorizar.

Que cada viaje es una historia.

Y que eres la historia de los viajes que haces, y de los que no.

 

Patricia.

365 días

365 días para vivir. Para componer música con tus dedos, con los ojos cerrados y los sentidos en pleno. Para crear tus pasos de baile. Para cantar tus propias canciones, a tu ritmo, a tu estilo. Para encontrar pareja de baile, o descubrir que puedes bailar a tu aire. Para cambiar de disco una y mil veces, para descubrir tu banda sonora,… y enamorarte de ella cada día.

365 días para ser tú mismo. Para dejar de fingir, de postergar, de no atreverte. Para dejar de ponerte excusas, de esperar con los brazos cruzados, de quejarte y quejarte. Para dar lo mejor. A ti, a cualquiera. Para disfrutar de principio a fin. En cualquier momento, sobre cualquier escenario. Para no olvidarte de ti, de los tuyos, de lo que dices es importante.

365 días para conquistar. A ti, a tus sueños, a que poco o nada se te resista. Para cumplir tus deseos, no quedarte con simples expectativas. Para salir de tu espacio de siempre y descubrir el mundo que te espera fuera. Quedarte con lo que te guste. Aprendiendo a soltar.

365 días para soltar. Para seguir viajando, cada vez más ligero. Para liberar espacio, peso, excesos. Para sentir aire limpio en tus pulmones, vida nueva en tus días. Para soñar en positivos, en color y en realidad. Para hacer, construir, crecer. Para no dejarse llevar donde no se quiere ir, para saber de quién dejarse acompañar, para olvidarse de lo que no lo vale.

365 días de oportunidades. De posibilidades infinitas cada día. Para aprovecharlas, crearlas, disfrutarlas. Para festejar motivos, difuminar excusas, desdibujar problemas. Para restar hierro a aquello que se vuelve demasiado serio, incluso a ti mismo. Para soñar despierto.

365 días para llegar lejos. Todo lo lejos que quieras. Y puedas. Para demostrarte cuán lejos puedes llegar, y llegar, y ver que tus límites están donde tú los pongas. Pero que puedes sobrepasarlos, romperlos, olvidarlos. Con paciencia, con esfuerzo, con altas dosis de voluntad. Que vencerlos no es siempre tan complejo.

365 días para dibujar. Para encontrar tu estilo, tu inspiración, tus momentos. Para pintar del color que prefieras, para salirte de las líneas, para escribir por los bordes. Para cambiar de paisajes, terminar bocetos y dejar borradores para otro momento. Para el que les toque.

365 días para coger trenes, estaciones, amores. Para hacer cada día tan distinto como elijas, tan único como es, tan irrepetible como quieras recordarlo. Para cambiar de planes, de riesgos, de ánimos. Para recargar energía mucho antes de que se haya acabado. Para acabar cada día con una sonrisa entre tus labios.

365 días para cuidarte, por dentro y por fuera. Que no a medias. Para encontrar tu equilibrio, tu balance, tu propia fuerza. Para estar en paz, sentirte bien, y no sólo de palabra. Para cambiar viejos hábitos, esperar con paciencia, explorar nuevos recodos. Para abandonar detrás de ti aquello que te retenía, aquello que te lastraba, aquello que te impedía. Y seguir. Y parar cuando quieras apreciar el paisaje.

365 días para aprender. De ti, de los demás, de tu entorno. Para ir más allá, para crecer, para volar. Abrir los ojos, los brazos, la mente. Que no todo está en los libros. Que de todo se aprende, si se quiere. Y que cualquier cosa se puede aprender. Hasta olvidar. Todo aquello que hoy te sobre, aquello que te disguste, aquello que ya no te aporte nada. De nada.

365 días para sorprenderte. Y dejarte sorprender. Para ver cada amanecer con otros ojos, con otra ilusión, con otra esperanza. Para no aburrirte nunca, para ver la belleza hasta en las más diminutas cosas.

365 días para empezar. Una y otra vez. O para acertar a la primera. Para retomar ayeres, cruzar metas, romper viejas barreras. Para no dejar de intentarlo, para no dejar de vivir nuevas experiencias, para no dejar de cumplir imposibles. Para no dejar de creer.

 

365 días para vivir historias en primera persona, mágicas, inmejorables. Para conocer nuevos personajes, protagonistas y secundarios, habituales y ocasionales. Para vivir directos y dejar los ensayos en segundo plano. Para cuando realmente lo necesites. Para cuando sea sólo el paso previo.

365 días para agradecer. Hoy, ayer y mañana. Lo que ya tienes, lo que ya lograste, lo que ya eres. Y lo que serás. Lo que vendrá. Lo que te espera.

365 días nuevos. Con sus horas, minutos e infinitos segundos.

365 días para ti.

 

Patricia.

365 Gracias

365 gracias. Una por cada uno de los días de este año que hoy termina. Igual que todos, pero sin ser igual que ninguno. Porque cada año es único e irrepetible, y ahí está su magia. Un 2017 que nos dice un adiós a medias. Porque se va, pero una parte se queda. Una parte cargada de recuerdos, emociones, momentos. Con nosotros. Para siempre.

365 gracias por las lágrimas. Las de alegría y las de tristeza. Porque todas ellas, cada una a su manera, nos tocaron el corazón. El alma. La vida. Porque cada una nos cuenta una historia, nos habla de una emoción, esconde una moraleja. Porque cada una es tan importante como queramos nosotros verlo. Porque todas son parte de nosotros.

365 gracias por los viajes. Los hechos y los soñados. Los que nos llevaron a asombrosos lugares que descubrimos por primera vez. Incluso aunque ya hubiéramos estado antes. Y que disfrutamos como nunca. Y por todos aquellos que quedan en la recámara, en los propósitos de año nuevo, en los planes futuros. Esperando su amanecer, su foto inmortal, su nostálgica puesta de sol.

365 gracias por las risas. Por las carcajadas compartidas. Por las muecas en soledad. Por las tímidas sonrisas que se escapan en el momento más inoportuno. Porque se contagian, porque unen, porque relajan. Porque dan energía mientras bajan el volumen de la tensión. De los nervios. De la preocupación. Porque fueron muchas más que 365, seguro. Porque gracias a ellas, la vida se ve de otro color. Más suave. Más tierna. Menos seria.

365 gracias por cada no que hemos recibido. Por fuerte que fuera, por daño que hiciera. Porque cada negativa nos ayudó a superarnos, a crecer, a mejorar. A no quedarnos quietos, a reaccionar. Porque cada negativa nos cambió los esquemas, nos hizo cambiar destinos y girar sobre nuestros propios pasos. Para reorientarnos. Para buscar mejor. Para disfrutar más el camino.

365 gracias por los besos. Los abrazos. Las caricias. Porque llegaron en el mejor momento. Tanto los que pedimos como los que no. Los que nos regalaron sin ticket de devolución y devolvimos con toda ilusión. Con todo nuestro cariño. Pintados de sinceridad. Los que nos envolvieron y nos desarmaron. Los que nos sacaron sonrisas, lágrimas, promesas. Que no fueron pocos. Y que fueron los que fueron.

365 gracias por los cumpleaños, aniversarios y celebraciones varias. Porque cualquier excusa es buena para celebrar algo. Para recordarte que estás vivo, que estás aquí, que todavía es posible. Porque el motivo puede ser lo de menos. O puede ser lo más. Mientras lo celebres como sientes. Mientras sientas que lo mereces. Mientras merezcas todo eso y mucho más.

365 gracias por cada fotografía. Por cada segundo robado a la inspiración, por cada segundo de paciencia para retratar lo mejor. Las que inmortalizaron tu ciudad favorita, una noche en la mejor compañía o un beso de película. Las que parten de negativos para lograr positivos. Y gracias también por aquellas otras, las que no son físicas, las que guardas en tu memoria. Evocando emotivos momentos, construyendo bonitos recuerdos. Las que nos acompañan siempre, nos dan abrigo, nos visten de ilusión.

365 gracias por cada ilusión cumplida. Tanto las escritas hace un año, como las que surgieron sobre la marcha. Las que fueron más o menos fáciles, y las que costaron algo más de la cuenta. Por las que compartimos con los nuestros, sintiendo que valían el doble. Por las que cumplimos por nosotros mismos, y de las que tan orgullosos nos sentimos. Y por las que quedaron pendientes… gracias por la oportunidad de poder cumplirlas.

365 gracias por las personas que nos han acompañado. Las que ya estaban antes de 2017 y las que llegaron en los últimos 12 meses. Porque nada es por casualidad. Porque hay diamantes esperando ser descubiertos. Porque hay quienes llegan pisando fuerte, quienes llegan para quedarse, quienes llegan para poner nuestro mundo patas arriba. Y todas, sin excepción, nos enseñan algo. Nos acompañan de alguna manera. Nos aportan algo.

365 gracias, a vosotros, por estar ahí.

 

Feliz 2018,

Patricia.