365 días

365 días para vivir. Para componer música con tus dedos, con los ojos cerrados y los sentidos en pleno. Para crear tus pasos de baile. Para cantar tus propias canciones, a tu ritmo, a tu estilo. Para encontrar pareja de baile, o descubrir que puedes bailar a tu aire. Para cambiar de disco una y mil veces, para descubrir tu banda sonora,… y enamorarte de ella cada día.

365 días para ser tú mismo. Para dejar de fingir, de postergar, de no atreverte. Para dejar de ponerte excusas, de esperar con los brazos cruzados, de quejarte y quejarte. Para dar lo mejor. A ti, a cualquiera. Para disfrutar de principio a fin. En cualquier momento, sobre cualquier escenario. Para no olvidarte de ti, de los tuyos, de lo que dices es importante.

365 días para conquistar. A ti, a tus sueños, a que poco o nada se te resista. Para cumplir tus deseos, no quedarte con simples expectativas. Para salir de tu espacio de siempre y descubrir el mundo que te espera fuera. Quedarte con lo que te guste. Aprendiendo a soltar.

365 días para soltar. Para seguir viajando, cada vez más ligero. Para liberar espacio, peso, excesos. Para sentir aire limpio en tus pulmones, vida nueva en tus días. Para soñar en positivos, en color y en realidad. Para hacer, construir, crecer. Para no dejarse llevar donde no se quiere ir, para saber de quién dejarse acompañar, para olvidarse de lo que no lo vale.

365 días de oportunidades. De posibilidades infinitas cada día. Para aprovecharlas, crearlas, disfrutarlas. Para festejar motivos, difuminar excusas, desdibujar problemas. Para restar hierro a aquello que se vuelve demasiado serio, incluso a ti mismo. Para soñar despierto.

365 días para llegar lejos. Todo lo lejos que quieras. Y puedas. Para demostrarte cuán lejos puedes llegar, y llegar, y ver que tus límites están donde tú los pongas. Pero que puedes sobrepasarlos, romperlos, olvidarlos. Con paciencia, con esfuerzo, con altas dosis de voluntad. Que vencerlos no es siempre tan complejo.

365 días para dibujar. Para encontrar tu estilo, tu inspiración, tus momentos. Para pintar del color que prefieras, para salirte de las líneas, para escribir por los bordes. Para cambiar de paisajes, terminar bocetos y dejar borradores para otro momento. Para el que les toque.

365 días para coger trenes, estaciones, amores. Para hacer cada día tan distinto como elijas, tan único como es, tan irrepetible como quieras recordarlo. Para cambiar de planes, de riesgos, de ánimos. Para recargar energía mucho antes de que se haya acabado. Para acabar cada día con una sonrisa entre tus labios.

365 días para cuidarte, por dentro y por fuera. Que no a medias. Para encontrar tu equilibrio, tu balance, tu propia fuerza. Para estar en paz, sentirte bien, y no sólo de palabra. Para cambiar viejos hábitos, esperar con paciencia, explorar nuevos recodos. Para abandonar detrás de ti aquello que te retenía, aquello que te lastraba, aquello que te impedía. Y seguir. Y parar cuando quieras apreciar el paisaje.

365 días para aprender. De ti, de los demás, de tu entorno. Para ir más allá, para crecer, para volar. Abrir los ojos, los brazos, la mente. Que no todo está en los libros. Que de todo se aprende, si se quiere. Y que cualquier cosa se puede aprender. Hasta olvidar. Todo aquello que hoy te sobre, aquello que te disguste, aquello que ya no te aporte nada. De nada.

365 días para sorprenderte. Y dejarte sorprender. Para ver cada amanecer con otros ojos, con otra ilusión, con otra esperanza. Para no aburrirte nunca, para ver la belleza hasta en las más diminutas cosas.

365 días para empezar. Una y otra vez. O para acertar a la primera. Para retomar ayeres, cruzar metas, romper viejas barreras. Para no dejar de intentarlo, para no dejar de vivir nuevas experiencias, para no dejar de cumplir imposibles. Para no dejar de creer.

 

365 días para vivir historias en primera persona, mágicas, inmejorables. Para conocer nuevos personajes, protagonistas y secundarios, habituales y ocasionales. Para vivir directos y dejar los ensayos en segundo plano. Para cuando realmente lo necesites. Para cuando sea sólo el paso previo.

365 días para agradecer. Hoy, ayer y mañana. Lo que ya tienes, lo que ya lograste, lo que ya eres. Y lo que serás. Lo que vendrá. Lo que te espera.

365 días nuevos. Con sus horas, minutos e infinitos segundos.

365 días para ti.

 

Patricia.

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El comienzo de algo

Dicen que el que algo quiere, algo le cuesta.

Que no basta con querer que algo salga bien, que las cosas fluyan por sí solas ni que los astros nos sonrían. Que no es suficiente con desearlo hasta el infinito y más allá, ni que contarlo a todo el mundo lo haga realidad. Y que ni siquiera decidirse, empezar, tratar de acabar o rematarlo es suficiente. Que nada de eso nos asegura el éxito. Ni tampoco el fracaso.

Que no es tan simple.

Que uno más uno no siempre suman dos, y que a veces nos quedamos sin más letras del abecedario a las que recurrir. Sin más planes que nos salven, ni recursos que nos saquen de donde nos hayamos metido. Porque es más que habitual que nos metamos en más sitios de los que toca. En más asuntos de los que queremos. En más viajes de los que estamos dispuestos a experimentar. Pero que igual que nos metemos, podemos salir por nuestro propio pie.

Porque todo lo que entra, sale.

Y todo lo que va, vuelve.

Y que no todo es desear, planear y soñar. Que eso está bien. Que como primer paso, genial. Pero que no hay que quedarse ahí. En deseos, planes y sueños. Que la acción cuenta. Y mucho. Que sin acción no hay resultados, no hay reacción, no hay soluciones. Que se puede esperar mucho, y por mucho tiempo, y que aun así, nada llegue. Por mucho que lo deseemos, los planeemos al dedillo o lo soñemos a diario. Nada de nada.

Pero lo que es seguro, es que tomar las riendas traerá sus frutos.

Frutos que quizá tarden en mostrarse, más de lo que nuestra paciencia esté dispuesta a soportar. Que quizá no sean los exactamente esperados. Sin que ello signifique fracaso. Frutos que quizá florezcan de sopetón o que no florezcan todo lo que cabía esperar. Pero que en cualquier caso, serán resultado. Nuestro. De nuestra  acción.

De nuestros comienzos.

A veces se comienza completamente a ciegas, sin ver ni por dónde vamos, ni hacia dónde. Quizá por no querer ver, quizá por pensar en otras cosas. En otras ideas que nos obsesionan o en otras distracciones más entretenidas. En otros momentos más ideales o en circunstancias que nos sean más favorables. Por pensar en lo que no toca.

A veces se comienza sin tener el rumbo claro. O con un destino erróneo. Sólo que no lo vemos, hasta que llegamos. O hasta que vemos que no llegamos nunca. Hasta que vamos haciendo pruebas que nos hablan por sí solas. Que nos revelan verdades. Y que nos hablan de nosotros mismos.

A veces, sólo a veces, aciertas a la primera. La suerte del principiante lo llaman. Lo habitual es errar. Una vez detrás de otra. Pequeños fallos y grandes meteduras de pata. Enormes en ocasiones. Para madurar. Para crecer. Para aprender. De ti y de tus fallos. De otros y de todo.

A veces es necesario equivocarse una última vez, cuando ya habías decidido abandonar. Cuando ya habías tirado la toalla y colgado el cartel de cerrado. Por vacaciones indefinidas. Por lo que sea. Cuando pensabas en que una vez más, era otra de esas veces en que te habías vuelto a equivocar. Que lo habías vuelto a hacer mal. Que la habías vuelto a liar. Que habías vuelto a tus andadas. Cuando cada paso que das es único.

Cuando cada paso es una oportunidad.

A veces, las historias se repiten, una detrás de otra. Con demasiada frecuencia, como si fueran auténticos calcos. Hasta que te plantas y decides cambiar el final. Hasta que cambias de protagonistas, de línea argumental y hasta de tiempo. Hasta que le das un giro al narrador, y pasas a la primera persona. Del singular. Y en presente. Y te olvidas de pasados imperfectos, de futuros inciertos y de los malos que se cuelan en cualquier relato, en cualquier momento. Y te centras en ti, en tu historia, y te dejas de otros cuentos.

Y que sí, cualquier época es buena para comenzar algo.

Sea septiembre, enero o en mitad de verano. Que cualquier momento es bueno para dejarse de borradores, listas y planes de futuro. Para dar ese salto. Ese gran salto. Que nos causa pavor, que nos hace temblar hasta los pies. Un salto que no siempre es al vacío. Ojo. Aunque sí, puede que en alguno no veamos el suelo. Pero si hay que saltar, se salta. Y a por todas.

Porque empezar es tan fácil como queramos que sea. Sólo es proponérselo y lanzarse. Cada uno a su manera. De la que le sea más cómoda, más suya. Más propia.

Fácil cuando se apuesta por uno mismo. Cuando se deja de copiar y hasta de mendigar. Si se dejan los miedos a un lado, si se olvidan los peros, orgullos y cualquier otro límite.

Fácil cuando se decide que sí, que esta vez sí. Y se le añade acción. Y se le suma valor. Se cultiva el sueño y se cuida la ilusión. Y dejas de ver difícil el comienzo, y comienzas a quererlo.

A quererlo desde el principio.

El comienzo de ese algo.

 

Patricia.

 

PD: gracias a De Azul Turquesa por ayudarme en este comienzo de algo nuevo y prometedor. Gracias por este logo que tan bien plasma la esencia de mi blog y una gran parte de mí misma.

 

Suelta

3, 2, 1,…

Empieza a soltar.

Suelta todo aquello que no viene a tu mente cuando cierras los ojos. Lo que debes forzar para que vuelva a tu memoria. Lo que sueles olvidar una y otra vez, lo que no es tan esencial como a veces te empeñas en que sea. Aquello en lo que no piensas cuando te paras a pensar. En ti. En esto y aquello. En lo que quieres y lo que no. En lo que es para ti la felicidad.

Suelta lo que está pero no está. Lo que por más que te esfuerces, no puedes ver. Lo que nunca está cuando lo necesitas. Lo que no ves en tu vida porque no debe estar. Lo que no sirve. Lo que no utilizas desde hace mucho tiempo, ni esperas volver a hacerlo. Lo que ocupa un espacio muy valioso, demasiado. Pero que no es su lugar.

Suelta lo que ya no te aporta nada, aunque en su día sí lo hiciera. Lo que en su momento fuera muy importante, incluso imprescindible. Lo que hoy ya no es lo mismo, y ha perdido todo sentido, todo valor. Lo que sabes que hoy sobra, por mucho que trates de negarlo, o te cueste reconocer. Aquello que retienes simplemente por apego. Por cariño no correspondido. Por tener.

Suelta apegos, miedos, bloqueos. Todo lo que te paralice, sea del modo que sea. Todo lo que te haga hacer sacrificios innecesarios. Todo lo que te deje suspirando detrás del cristal, sin hacer nada. Suelta todo lo que te ate al muelle, y te deje en tierra viendo zarpar un barco tras otro. Queriendo zarpar. Pero sin atreverte siquiera a intentarlo.

Suelta etiquetas. Las que hayas puesto sin ton ni son. Sin pensar. Sin preguntar segundas opiniones ni si eran adecuadas. Pero suelta también las tuyas. Las que otros te pusieron sin preguntarte. Y que tomaste como propias. Y suelta también las que te autoimpusiste. Las que no hacen justicia a la verdad. Las que te limitan y no se corresponden con la realidad.

Suelta el orgullo, los celos y los prejuicios. Nunca hicieron bien a nadie.

Suelta lo que te robe felicidad. Aunque sean unos segundos. Lo que te hunde con una frecuencia que no debería ser la habitual. Lo que no sólo te hace ir hacia abajo, sino que te arrastra con él. Robándote toda energía, voluntad y fuerza. Todo lo que te robe sonrisas y te arrebate ilusiones.

Suelta lo que te moleste. Lo que te incomode. Aquello de lo que puedes prescindir, si quieres, pero que por x o y, sigue estando ahí. Por dejarlo estar, por dejarlo para mañana, por pereza. Elimina lo innecesario, los por si acasos que nunca usas, lo que guardas por guardar. Lo que guardas para hacer bulto, incluso para aparentar.

Suelta recuerdos, objetos y personas. Di adiós, sin miedo. No en vano dicen que cada persona llega a tu vida por una razón, por una temporada, o para quedarse de por vida. Para mostrarte algo, para que aprendas algo importante. Para ayudarte en algo, para acompañarte durante el trayecto. Y que una vez cumplido el propósito… Cada cual que siga su camino.

Suelta las oportunidades que ya no quieres. O más bien, decídete a no tomarlas. Todas las que no debiste ni siquiera considerar. Porque son de otros. Porque son las que otros te impusieron. O las que otros quisieron soñar. Pero no tú. Suelta también toda oportunidad que te suponga conformarte. Y ve a por todo, y a por más.

Suelta esa parte tuya que ya no es tan tuya. Esa parte de ti que te apasionaba, que defendías, que te mostraba. Tal cual eras. O casi. O como querías ser. O como querías que otros te vieran. Y que desde hace tiempo te chirría. Y ya no encaja. Limpia todo aquello, y sigue con lo que aún es parte de ti.

Quédate con lo que vale.

Y lo demás, suelta.

 

Patricia.

Me quedé pensando…

Me quedé pensando que hay días que se empeñan en no ser como esperabas. Que te rompen todos y cada uno de tus esquemas y planes. Que se te escapan de las manos. Que te hacen saltarte tu guion e improvisar sobre la marcha. Que te convierten en protagonista principal de una historia que igual preferirías no haber vivido. Pero la vives. No te dan otra opción.

Me quedé pensando que hay agujeros que surgen de la nada, en el momento y el lugar más inoportuno. Agujeros que no ves hasta que has metido el pie bien dentro, hasta el fondo. Hasta que es demasiado tarde para reaccionar y te has quedado atrapado. Hundido. Atascado. Hasta que te has visto caer, como en una película, a cámara lenta, y sin subtítulos para entenderla. Y que acabas entendiendo, aunque sea a medias.

Me quedé pensando que hay golpes inesperados. Que te alcanzan donde más te puede doler. O donde seguro duele. Golpes certeros. Dolorosos. Directos. Golpes que te llegan sin haberlos buscado, sin haberlos provocado, sin haberlos querido en ningún momento. Llegan porque sí. Y punto. Y los recibes. Y los intentas esquivar en vano. Los sufres. Y sólo queda reponerte.

Y seguir adelante.

Y da igual que pienses que podrías haberlo hecho distinto. Que lo podrías haber evitado si hubieras hecho otra cosa. Si lo hubieras visto venir. Que no hubiera pasado si esto, aquello, lo otro. Que no debía. Que no debías. Que por qué lo hiciste. O por qué dejaste de hacerlo. Que si hubieras hecho caso… De tu instinto, de lo que te decían, de cualquier otra cosa. Que si no lo hubieras hecho. Que si sí. Que si no.

Pero nada de eso lo cambia.

Me quedé pensando que lo que ha de pasar, pasa. Por algo. Para algo. Para que aprendas. Para que espabiles. Para que no te duermas en los laureles ni te quedes donde no quieres estar. Para que te muevas. Para que busques tu sitio, tu lugar, tu propósito. Para que actúes de una vez y te dejes de ensayos. Para que te demuestres a ti mismo algo. Lo que puedes. Lo que vales. Lo que eres.

Porque eres más que un simple error. Mucho más. Da igual la magnificencia que le des o lo insignificante que realmente sea. Eres más que un tobillo torcido en una mala carrera. De esos que te hacen dudar en la próxima. De esos que te hacen temer. De esos que te hacen replantearte si vale la pena, si vale el esfuerzo, si mejor dejarlo estar.

Porque eres más que un mal día. Un día de esos en que todo te sale del revés. De esos en que no estás para nadie, ni siquiera para ti mismo. Más que una racha de malos días. Que cualquiera lo tiene, del que cualquiera se queja, del que pocos buscan el lado bueno. El lado del que aprender. El lado que superar. El modo de darle un giro y ponerlo a tu favor. Y ponerlo.

Eres más que todo eso.

Aunque no lo veas. Aunque no lo creas. Aunque no te atrevas a decirlo. O a reconocerlo. Aunque otros traten de decirte lo contrario. O te lo digan abiertamente. Que el problema no es tuyo, salvo si les crees. Cada uno se refleja en lo que dice. En cómo lo dice. En cómo habla de los demás. Y en cómo actúa. Si hace lo que dice.

Que las acciones dicen mucho más que las palabras.

Me quedé pensando que hay golpes, batacazos y tropiezos que dan miedo. Mucho. Que hacen dudar, que hacen recular, que “animan” a abandonar. Que son injustos. Que duelen. Que ahogan. Que agotan. Y hasta te cambian la vida. De la noche a la mañana o a una hora cualquiera de la tarde. Pero que igual que todo llega, también todo pasa.

Me quedé pensando que cada cual tiene sus días, sus momentos y sus rachas. Que ninguno es más ni ninguno es poca cosa. Que para cada cual, su vida es su propio mundo. Con sus más y sus menos, con sus idas y vueltas, con sus buenos y malos días. Y que a veces, pensamos mucho en lo nuestro, y poco en lo del resto.

Pero me quedé pensando también que eso es la vida: caer y levantarse. Las veces que haga falta, tomándonos el tiempo que necesitemos. Sin contar si es la quinta, la décima o si hemos perdido la cuenta. Que la perdamos. Siempre. Y que nos levantemos en cada una de ellas.

Porque eso es lo que vale. Levantarse.

Y que levantarse siempre es más fácil, si tenemos una palabra de apoyo.

Y una mano amiga que nos ayude.

 

Patricia.

Día 31: finales

Un final es un nuevo comienzo.

¡Hola a tod@s!

Hoy os planteo la última pregunta de este reto mensual.

Quiero agradecer a todos los que os habéis animado a participar en él, espero haberos ayudado a pensar y a encontrar respuestas.

Como última propuesta, algo sencillo:
¿Qué te ha aportado el reto?

Si quieres ver la pregunta de ayer pincha aquí, y si quieres comenzar desde el principio… pincha aquí.

Un abrazo a tod@s,

Patricia.