El comienzo de algo

Dicen que el que algo quiere, algo le cuesta.

Que no basta con querer que algo salga bien, que las cosas fluyan por sí solas ni que los astros nos sonrían. Que no es suficiente con desearlo hasta el infinito y más allá, ni que contarlo a todo el mundo lo haga realidad. Y que ni siquiera decidirse, empezar, tratar de acabar o rematarlo es suficiente. Que nada de eso nos asegura el éxito. Ni tampoco el fracaso.

Que no es tan simple.

Que uno más uno no siempre suman dos, y que a veces nos quedamos sin más letras del abecedario a las que recurrir. Sin más planes que nos salven, ni recursos que nos saquen de donde nos hayamos metido. Porque es más que habitual que nos metamos en más sitios de los que toca. En más asuntos de los que queremos. En más viajes de los que estamos dispuestos a experimentar. Pero que igual que nos metemos, podemos salir por nuestro propio pie.

Porque todo lo que entra, sale.

Y todo lo que va, vuelve.

Y que no todo es desear, planear y soñar. Que eso está bien. Que como primer paso, genial. Pero que no hay que quedarse ahí. En deseos, planes y sueños. Que la acción cuenta. Y mucho. Que sin acción no hay resultados, no hay reacción, no hay soluciones. Que se puede esperar mucho, y por mucho tiempo, y que aun así, nada llegue. Por mucho que lo deseemos, los planeemos al dedillo o lo soñemos a diario. Nada de nada.

Pero lo que es seguro, es que tomar las riendas traerá sus frutos.

Frutos que quizá tarden en mostrarse, más de lo que nuestra paciencia esté dispuesta a soportar. Que quizá no sean los exactamente esperados. Sin que ello signifique fracaso. Frutos que quizá florezcan de sopetón o que no florezcan todo lo que cabía esperar. Pero que en cualquier caso, serán resultado. Nuestro. De nuestra  acción.

De nuestros comienzos.

A veces se comienza completamente a ciegas, sin ver ni por dónde vamos, ni hacia dónde. Quizá por no querer ver, quizá por pensar en otras cosas. En otras ideas que nos obsesionan o en otras distracciones más entretenidas. En otros momentos más ideales o en circunstancias que nos sean más favorables. Por pensar en lo que no toca.

A veces se comienza sin tener el rumbo claro. O con un destino erróneo. Sólo que no lo vemos, hasta que llegamos. O hasta que vemos que no llegamos nunca. Hasta que vamos haciendo pruebas que nos hablan por sí solas. Que nos revelan verdades. Y que nos hablan de nosotros mismos.

A veces, sólo a veces, aciertas a la primera. La suerte del principiante lo llaman. Lo habitual es errar. Una vez detrás de otra. Pequeños fallos y grandes meteduras de pata. Enormes en ocasiones. Para madurar. Para crecer. Para aprender. De ti y de tus fallos. De otros y de todo.

A veces es necesario equivocarse una última vez, cuando ya habías decidido abandonar. Cuando ya habías tirado la toalla y colgado el cartel de cerrado. Por vacaciones indefinidas. Por lo que sea. Cuando pensabas en que una vez más, era otra de esas veces en que te habías vuelto a equivocar. Que lo habías vuelto a hacer mal. Que la habías vuelto a liar. Que habías vuelto a tus andadas. Cuando cada paso que das es único.

Cuando cada paso es una oportunidad.

A veces, las historias se repiten, una detrás de otra. Con demasiada frecuencia, como si fueran auténticos calcos. Hasta que te plantas y decides cambiar el final. Hasta que cambias de protagonistas, de línea argumental y hasta de tiempo. Hasta que le das un giro al narrador, y pasas a la primera persona. Del singular. Y en presente. Y te olvidas de pasados imperfectos, de futuros inciertos y de los malos que se cuelan en cualquier relato, en cualquier momento. Y te centras en ti, en tu historia, y te dejas de otros cuentos.

Y que sí, cualquier época es buena para comenzar algo.

Sea septiembre, enero o en mitad de verano. Que cualquier momento es bueno para dejarse de borradores, listas y planes de futuro. Para dar ese salto. Ese gran salto. Que nos causa pavor, que nos hace temblar hasta los pies. Un salto que no siempre es al vacío. Ojo. Aunque sí, puede que en alguno no veamos el suelo. Pero si hay que saltar, se salta. Y a por todas.

Porque empezar es tan fácil como queramos que sea. Sólo es proponérselo y lanzarse. Cada uno a su manera. De la que le sea más cómoda, más suya. Más propia.

Fácil cuando se apuesta por uno mismo. Cuando se deja de copiar y hasta de mendigar. Si se dejan los miedos a un lado, si se olvidan los peros, orgullos y cualquier otro límite.

Fácil cuando se decide que sí, que esta vez sí. Y se le añade acción. Y se le suma valor. Se cultiva el sueño y se cuida la ilusión. Y dejas de ver difícil el comienzo, y comienzas a quererlo.

A quererlo desde el principio.

El comienzo de ese algo.

 

Patricia.

 

PD: gracias a De Azul Turquesa por ayudarme en este comienzo de algo nuevo y prometedor. Gracias por este logo que tan bien plasma la esencia de mi blog y una gran parte de mí misma.

 

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Nos acostumbramos 

Nos acostumbraron a escuchar que podíamos ser los mejores, si queríamos. Y que más que quererlo, debíamos serlo. Que nos esforzáramos siempre en hacerlo mejor, en lo que fuera. En todo. Que lo hiciéramos lo mejor. Mejor que nadie. Mejor que en ocasiones anteriores. Perfecto. Que pusiéramos todo de nuestra parte y que ya veríamos los resultados. Que los habría. Y que habrán valido la pena.

 

Nos acostumbraron a decirnos qué hacer y qué no hacer. A escribirnos guiones que seguir e instrucciones de vida de obligado cumplimiento. A veces muy explícitas, sin dejar margen a la imaginación. Nos aconsejaron con qué llorar y con qué no. Cuándo debíamos sentir y qué sentir en cada caso. En ocultarlo cuando pudiéramos parecer débiles, sensibles, manipulables. Nos decían que fingir no está de más en según qué situaciones.

 

Nos acostumbraron a compararnos, a competir. A que nos comparamos siempre con los que consideraban mejores. Los de abajo, les daban un poco igual. A pensar más en los demás, que en nosotros mismos. A que pensando mal, acertaríamos demasiado a menudo. Y nos animaron a ir a ganar… o a conformarnos con no hacerlo nunca. Como si no hubiera términos medios. Y a asumir las consecuencias… o echarle la culpa al otro.

Nos acostumbraron a temerle al futuro. A esperar que no sea como realmente esperábamos, a que no seamos cómo pretendíamos llegar a ser. Aprendimos a temer no estar preparados para ello. Ni para nada. A tratar de estar preparados para lo que vendrá. Mejorando. Creciendo. Aprendiendo. Viviendo a medio gas en el presente, anticipando lo que sería el futuro.

Nos acostumbraron a estar dispuestos a darlo todo, a dejarnos la piel. Nos gustara o no. Eso es algo a lo que no nos acostumbraron, a preguntarnos si queríamos. De verdad o sólo pretendíamos que nos gustara. Aprendimos a guardándonos un as bajo la manga. Aunque no supiéramos muy bien cómo jugarlo siquiera.

Nos acostumbraron a hacer por nosotros, a pensar por nosotros, a complicarnos lo menos posible la vida. O eso decían. A darnos cuantas facilidades pudiesen y dejarnos actuar sin acción. Sin riesgos de sufrir. Sin riesgos de fallar. Y de aprender. Lo que sí aprendimos fue a consultarlo todo, o casi. O más de lo necesario. A dudar mucho, y a esperar de más. A experimentar menos por más miedo. Miedo a errar, miedo al qué dirán, miedo a no saber.

Nos acostumbraron a exigir mucho, y a dar lo justo a cambio. A tirar todo lo que nos sirve, en lugar de intentar arreglarlo primero. A acumular por acumular. A descartar sin motivos. A querer abarcarlo todo y a excluir lo que no nos gusta, sin darnos la oportunidad de conocerlo. A ignorar mucho más de lo que fingimos comprender. A comprender lo que, si lo pensáramos bien, no trataríamos de comprender.

Nos acostumbraron.

Y nos dejamos acostumbrar.

 

Patricia.

Qué bonita la vida

Qué bonita la vida, cuando te dejas sorprender.

Cuando cierras los ojos y te concentras en ese preciso momento. No por miedo. Ni para protegerte. Ni para evitar ver lo que se avecina. Ni para huir de ti mismo. Los cierras. Y dejas todo lo demás fuera, bien lejos, a una distancia prudente. Para dejarte llevar. Para permitirte sentir hasta en la última célula de tu piel. Para exprimir cada segundo. Para que no haya nada que te robe ese instante. Para no perderte ningún detalle.

Qué bonita la vida, cuando te dejas querer.

Con todos tus pros, contras y peros que valgan. Con todos tus días, tanto los buenos como los no tan buenos. De principio a fin. Hasta en los momentos en que no te soportas ni a ti mismo. Hasta cuando tu ilusión se esfuma y te quieres perder con ella. Y, sin embargo, te dejas querer. Sin poner resistencias. Sin exigir nada a cambio. Sin imponer ni pedir. Siendo tú. No fingiendo ser ninguna otra persona.

Qué bonita la vida, cuando quieres con todo tu ser.

Cuando quieres, con todas las letras. Con todos los puntos y sus respectivas pausas. Con cada mayúscula y todos los signos de exclamación, sin excepciones. Cuando, simplemente, quieres. Sin darle importancia a lo que otros piensen, o digan, o pretendan hacer. Sin darle importancia a lo material. Cuando das lo mejor de ti, siempre, ante cualquiera. Ante todos.

Qué bonita la vida, cuando dejas que las cosas pasen.

Cuando sueltas amarras. Cuando dejas de preocuparte. Cuando pasas a la acción o dejas de poner barreras. Cuando disfrutas de lo fácil, lo sencillo, las pequeñas cosas. Cuando aceptas lo que viene y no esperas otra cosa. Cuando sabes apreciar todo lo que tienes, todo lo que eres. Y los aprecias de veras. Y te deleitas con ello. Y contigo.

Qué bonita la vida, cuando abres los brazos.

A todo lo que llega. A todo lo que parece que va a llegar. Llegue o no finalmente. A todo el que quiera estar. A tu lado. Contigo. De tu mano. O mirándote avanzar. A los que te regalan su cariño infinito, o hasta dónde saben dar. A los que te enseñan, sea o no la lección más dura de tu vida. A los que te hacen reír. Y hasta a los que te hacen llorar. Porque todos, de alguna manera, te aportan valor.

Qué bonita la vida, cuando eres feliz.

Y no hace falta que presumas de ello. Porque se te nota. Porque tu mirada, tu cuerpo, cada gesto, lo que dices y lo que no… Te delatan. Lo transmites. Lo contagias. Cuando lo eres de verdad, y no sólo pretendes serlo. O aparentarlo. Cuando tienes un “algo”, que cualquiera quiere para sí. Cuando sabes el por qué de tu felicidad,… y cuando no.

Qué bonita la vida, cuando estás en paz.

Cuando estás justo donde quieres estar. Ni más lejos ni más cerca. Cuando no deseas estar en ningún otro lugar. O queriendo estarlo, sabes que lo estarás. Cuando no deseas ninguna otra cosa, ninguna otra compañía, ninguna otra promesa. Cuando pisas el camino que soñabas. Y no quieres que se acabe.

Qué bonita la vida.

Cuando es tuya.

 

Patricia.

Estás muy cerca

Hay quienes se detienen cuando más cerca están.

Cuando están a un solo paso de conseguir aquello que quieren. Aquello que durante largo tiempo han buscado. Aquello por lo que se han jugado casi todo lo que son, casi todo lo que tienen. Aquello que les ha robado el sueño noche tras noche, perdiendo la cuenta de las horas perdidas y de los cafés a medianoche. Empequeñeciendo ilusiones que un día fueron grandes y oscureciendo aquellas que en su momento brillaban con luz propia.

Hay quienes abandonan su gran oportunidad. La que ellos mismos crearon. La que ellos mismos alimentaron hasta hacerla ser tan grande, hasta hacerla creíble, hasta hacerla suya. Cuando están casi rozando la gloria, su momento de gloria. Dejando escapar por cada poro una mínima esperanza, un poquito de su confianza, una dosis de su fuerza. Una parte de ellos. Hasta desinflarse.

Porque desanimarse es fácil, mientras que levantarse…

Dicen que un “simple” pensamiento puede cambiar tu vida. Que la diferencia está ahí, precisamente. En la mente. En lo que piensas. En cómo decides pensar. En lo que te enfocas. En lo que apartas y en lo que te quedas.  Porque sí, pensar es una decisión. A veces ardua y complicada. Pero siempre, personal.

Porque podemos decidir si vemos el día en color o en blanco y negro. Si tras las nubes negras que se aproximan por el horizonte, saldrá el más bonito arcoíris que hayamos visto. O de lo contrario, podemos decidir no esperar a luego, y nos ponemos a bailar ahora, bajo la lluvia, a pesar de la tormenta, a pesar de mojarnos. Hasta acabar empapados.

Y que pase lo que tenga que pasar.

Porque podemos decidir si después vendrá otro tren, o el que pasó era “el único”. Y último. Si improvisamos sobre la marcha y cambiamos todos los planes que habíamos hecho. De principio a fin, o sólo pequeños pormenores. Si cambiamos todos los puntos por comas. Todas las disyuntivas por conjunciones. Todas las dudas y borradores por valentía. Y hasta osadía.

Si vemos sólo lo más grande, lo que todo el mundo ve, o si hacemos algo distinto y ampliamos nuestras miras. Y valoramos hasta lo más diminuto. Hasta lo más pequeño y absurdo. Sin dar nada por sentado. Sin dejar nada fuera ni hacer distinciones. Si optamos porque todo cuente y nada se olvide. Que todo sume, que todo aporte, que todo tengo su propio peso.

La imagen completa.

Porque lo que necesitamos a menudo es ver la imagen completa. Con cada detalle. Con todos y cada uno de sus perfectos e imperfectos detalles. Sentir las piezas, comprenderlas. Para poder decidir. Para poder actuar. De la mejor manera. Para unir y encajar todas las piezas, porque de otro modo, seguro que alguna se queda fuera, sin hueco. Y parte de su sentido.

Entre más cerca lo mires, menos lo verás…

Quizá por aquello de que la distancia es relativa.

Quizá porque el camino está siendo largo y los batacazos demasiado grandes. Quizá porque esperabas mucho y no recibes tanto. O porque empezaste con mucha fuerza, y en algún punto pinchaste. Tropezaste. Fallaste. Quizá porque crees que la suerte no te sonríe y se fue con el mejor postor. Como de costumbre.

Quizá te parezca que nada cambia y que sigues siendo el mismo. Atascado. Inmovilizado. Encadenado a un día a día que no te hace feliz, un día a día por el que apostaste fuerte y hoy ha perdido todo sentido. Un día a día que ya no es ni tuyo. Que preferirías perder de vista. Que preferirías hacer marcha atrás, hacia algún punto del pasado, aunque no sabes ni a cuál. Pero que lo harías.

Incluso a la carrera.

Para deshacer segundos y construir momentos.

Para olvidar malos tragos y saborear brindis nuevos.

Para relativizar penas e inmortalizar recuerdos.

Para atarte menos y liberarte de miedos.

Porque a veces estamos muy cerca, pero no nos damos ni cuenta. Estamos al lado. A un suspiro, a un abrir y cerrar de ojos. Tan cerca que, si apartamos todos los miedos que se interponen en nuestro camino y nos nieblan la vista, podemos apreciarlo.

Tanto que, si nos armamos de paciencia,  podemos tocarlo. Con las manos. Con la yema de los dedos. Con los sentidos. Con la voluntad. Con el interior.

Si no te rindes. Ni hoy ni mañana.

Si no te olvidas de dónde estás y dónde empezaste. Ni del por qué.

Porque estás muy cerca.

Más de lo que crees.

 

Patricia.

Día 27: ser fuerte

 Cuando todo parezca ir contra ti, recuerda que el avión despega contra el viento, no a favor de él.

¡Hola a tod@s!

Comenzamos la semana, la última del reto tras hablar del pasado, hablando sobre nuestro presente:

  • ¿Cuáles son tus límites?
  • ¿Qué pasará si no lo haces?

Gracias por vuestros comentarios, sugerencias, ánimos y participación.

Feliz semana,

Patricia.