Brinda

Brinda por la magia. Esa que se esconde por cualquier rincón y que se contagia con tanta facilidad. La misma que durante estos días abunda y se vive de una manera especial. Y hazla tuya. Llévala contigo, y repártela en grandes dosis. Obséquiala para que llegue a todo el mundo, para que toque con su varita a quienes más la necesitan, a quienes carecen de ilusiones, a quienes se olvidaron de soñar. Para que cualquiera pueda creer en ella, en la magia, en los sueños, en la vida. En que es posible.

Y para que tú mismo no dejes de creer.

Brinda por la familia. Esa que no es igual a ninguna otra, y que, precisamente eso, la hace tan especial, tan peculiar, tan única. La que siempre está ahí. La que no se pierde las citas importantes y las celebra contigo. La que te anima sin límites, la que comparte lo que es, lo que tiene, lo que puede. La que te abre las puertas de su hogar, de su vida, de su corazón. Y te deja quedarte. Y te hace sentir en casa.

La que más echas de menos cuando falta.

Brinda por volver a casa. Ahora y siempre. Por tener motivos, por tener agallas, por tener ilusión. Sin importar la distancia que te separe, lo frío que se vuelva el tiempo, las horas de carretera, espera o vuelo. Que lo importante es tener un lugar al que volver cuando quieras, cuando más necesites o por cualquier excusa que se te ocurra.

Y volver siempre que lo desees.

Brinda por la salud. Por tener y disfrutarla. Por muy tópico que suene. Porque es bueno acordarse de ella, cuidarla, celebrarla. Hoy y cualquier día, no sólo cuando falta. Y darle la importancia que tiene, que es toda.

Y que no es poca.

Brinda por la amistad. Por los que un año más te llaman, aunque la época es lo de menos. Quienes te cuidan, te buscan, te quieren. Y sobre todo, te lo demuestran. Con gestos, con palabras, con miradas. Haciendo y cumpliendo. Escuchando y abrazando a tiempo completo. Con quienes creas tradiciones, dejas volar el tiempo, y compartes sin reservas. Con quienes compartes risas, brindis y anhelos. Pasado, presente, futuro. Con quienes solucionas el mundo una tarde cualquiera.

Brinda por los regalos. Los que la vida te da a diario. Por insignificante que lo veas. Siempre acaban siendo los más grandes. Los que incluso no tienen ningún precio económico, sino puro sentimiento. Pura emoción. Puro recuerdo. Los que se miden en términos de tiempo regalado, de paciencia, de dedicación. Los que te abren los ojos, la sonrisa, el alma. Los que llevas contigo a cualquier lado y sólo tú conoces su verdadero valor.

Brinda por el tiempo. Por las oportunidades que te pone en las manos, por animarte a imaginar. Por ayudarte no sólo a crear tus sueños, sino a cumplirlos. Y por dejarte empezar cada día, las veces que quieras, en el momento en decidas. Por ayudarte a reconciliarte, contigo, con tu pasado, con todo lo demás.

Brinda por el amor. Hoy y todos los días. Porque mueve el mundo. El tuyo y el de los que te rodean. El de cualquiera, de hecho. El mismo que te da alas, te da esperanza, te regala ilusión. El mismo que no entiende de fronteras, sino de sentimientos, de miradas, de calor. El que da sentido, acorta distancias y borra lo que hace mal. El que alivia dolor y multiplica la felicidad.

El que todo lo puede.

Brinda por la vida. Porque dicen, con razón, que puede ser maravillosa. Y empieza a creértelo. A vivirla. A exprimirla. A no dejarla para mañana, a no dejarla en otras manos. A dejar para nunca lo que… ¿para qué? A elegir por ti, para ti. Empieza a dejar de complicarla, a buscar explicación de todo, a toda costa, a pensar en lo que puede salir mal.

Y céntrate en lo bueno, en lo bonito, en lo maravilloso.

Brinda por ti. Sin motivos y con todos ellos. Sin excusas, vergüenzas o remordimientos. Porque te lo mereces, porque todos lo necesitamos en algún momento, porque es bueno no olvidarnos del lugar que ocupamos. Y ocuparlo. Porque tienes más razones de las que probablemente pienses. De celebrar, de festejar, de brindar.

Por todo eso, y por más.

Brinda.

Hoy, mañana y siempre.

 

Muy felices fiestas,

Patricia.

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Haz más

Haz más de lo que suma.

De lo que te gusta, de lo que te atrae, de lo que te llena, tanto por dentro como por fuera. De lo que te hace olvidar todo lo que no sea ese momento, por preciso y breve que sea. Lo que hace que todo quede en segundo plano, sean los planes de futuro, los problemas, el tiempo y hasta el espacio. De lo que te provoca sonrisas, carcajadas y algún que otro salto de alegría. Lo que multiplica por mil tus sueños y te hace creer en ellos. Una y mil veces más.

Haz más de lo que siempre pospones. Aquello de lo que te quejas no poder cumplir nunca, no tener tiempo, no tener fuerzas para hacerlo. Y lo dejas, y lo vuelves a dejar. Y aquello que no te atreves a empezar. Por cobarde. Todo lo que dejas para más adelante, y hasta fuera de todos tus planes. Porque no es el momento, te mientes, porque piensas que habrá alguna ocasión mejor. Más ideal. Única. Y ahí se queda mientras.

Haz más de lo que te da la vida, de lo que te hace amarla sin reservas. De lo que la dota de sentido. Completo. Y propio. De lo que cuida tu salud, te regala felicidad o te acompaña de la mano a cualquier lugar. Lo que te da valor, motivos, agallas, vivacidad. Lo que no hace daño, ni causa dolor. Lo que no se esconde tras excusas baratas ni busca el olvido constante. Lo que llama tu atención, tus suspiros, tu inspiración.

Haz más de lo que te reta. A dar más. A darlo todo. A ser mejor. A tratar de serlo. A no dejar de intentarlo. A no desanimarte cuando el viento sopla en tu contra y te revuelva el cabello, hasta taparte incluso los ojos. A aprender a andar con él, a aprovechar su fuerza, a hacerlo tu amigo. A encontrar el equilibrio entre su ritmo y el tuyo. A perder el miedo, la angustia y los nervios en vano.

A bailar, bajo la lluvia, nieve o un cielo nublado y triste.

Haz más de lo que ilumina tu mirada. Tu semblante. Tu alma. De lo que habla por ti y de ti. Aquello que tan bien se te da. Aquello que en ti es natural y que surge solo.

Haz más de lo que te transforma. Conscientemente o no. Pero de la manera más natural, más espontánea, más fluida. Libre de artificios, de falsas inyecciones de acción o de adrenalina, de simples e inútiles parches que no tapan nada. Y que al contrario, dejan más al descubierto de lo que ocultan. Sé tu propia acción. Lo que te lleva de 0 a 100 en un visto y no visto. En cuestión de un pestañeo. Y que sientes podrías llegar más lejos, más alto, más hondo.

Llegar a más.

Haz más de lo que sí… y menos de lo que no. De aquello que podrías obviar, si supieras decir que no. De aquello que no tendrías porqué, ni deberías. Por ti ni por nadie. De aquello que te roba, te resta, te quita. Sea luz, energía o ánimo. Sea tiempo, oportunidades o personas. Porque todo tiene un coste. Y hay precios que podemos no pagar si queremos.

Haz más por los demás. Sin contar con las vueltas, ni esperarlas, ni mucho menos exigirlas. Sin valorar su peso, sin darle excesivo valor, sin inflar el tuyo propio a cambio. Sin pregonarlo a los cuatro vientos. Sin llevarte los méritos, los resultados o lo que no sea tuyo. Dando lo que puedes, cuando puedas, lo que eres. A tu justa medida.

Haz más por querer. Y no sólo hacia afuera… sino también hacia dentro. Que eres tan capaz como cualquiera. De querer, de abrazar, de demostrar aprecio. Con todas tus fuerzas, tu ilusión y tu bondad. Sin dejar ocultas tus muestras de cariño y no guardar nada para futuros lejanos. De esos que a veces no llegan a materializarse. De esos que cuando a veces llegan y no son los que esperábamos, ponen nuestro mundo patas arriba. Con alguna que otra ilusión perdida y algún que otro sueño roto para siempre.

Haz más de lo que está en tus manos. Que es más de lo que piensas, si lo piensas bien. Haz más hoy y ahora, deja menos para mañana. Dedícale tiempo al tiempo. A ti. A lo que quieres. A lo que sueñas.

 

Haz más por ti. Por crecer, por estar donde realmente quieres estar, por encontrar respuestas. Las que realmente te valen, y no quedarte con cualquiera de ellas. Con las primeras que lleguen. O con lo que sea que se le parezca. Por cuidarte, a cada momento, y no sólo en circunstancias especiales.

Por no quedarte en menos pudiendo ser más.

Por ser todo lo que puedes ser y no fingir ser otra cosa.

Por crecer e ir a más. Y hacer siempre más.

 

Patricia.

El comienzo de algo

Dicen que el que algo quiere, algo le cuesta.

Que no basta con querer que algo salga bien, que las cosas fluyan por sí solas ni que los astros nos sonrían. Que no es suficiente con desearlo hasta el infinito y más allá, ni que contarlo a todo el mundo lo haga realidad. Y que ni siquiera decidirse, empezar, tratar de acabar o rematarlo es suficiente. Que nada de eso nos asegura el éxito. Ni tampoco el fracaso.

Que no es tan simple.

Que uno más uno no siempre suman dos, y que a veces nos quedamos sin más letras del abecedario a las que recurrir. Sin más planes que nos salven, ni recursos que nos saquen de donde nos hayamos metido. Porque es más que habitual que nos metamos en más sitios de los que toca. En más asuntos de los que queremos. En más viajes de los que estamos dispuestos a experimentar. Pero que igual que nos metemos, podemos salir por nuestro propio pie.

Porque todo lo que entra, sale.

Y todo lo que va, vuelve.

Y que no todo es desear, planear y soñar. Que eso está bien. Que como primer paso, genial. Pero que no hay que quedarse ahí. En deseos, planes y sueños. Que la acción cuenta. Y mucho. Que sin acción no hay resultados, no hay reacción, no hay soluciones. Que se puede esperar mucho, y por mucho tiempo, y que aun así, nada llegue. Por mucho que lo deseemos, los planeemos al dedillo o lo soñemos a diario. Nada de nada.

Pero lo que es seguro, es que tomar las riendas traerá sus frutos.

Frutos que quizá tarden en mostrarse, más de lo que nuestra paciencia esté dispuesta a soportar. Que quizá no sean los exactamente esperados. Sin que ello signifique fracaso. Frutos que quizá florezcan de sopetón o que no florezcan todo lo que cabía esperar. Pero que en cualquier caso, serán resultado. Nuestro. De nuestra  acción.

De nuestros comienzos.

A veces se comienza completamente a ciegas, sin ver ni por dónde vamos, ni hacia dónde. Quizá por no querer ver, quizá por pensar en otras cosas. En otras ideas que nos obsesionan o en otras distracciones más entretenidas. En otros momentos más ideales o en circunstancias que nos sean más favorables. Por pensar en lo que no toca.

A veces se comienza sin tener el rumbo claro. O con un destino erróneo. Sólo que no lo vemos, hasta que llegamos. O hasta que vemos que no llegamos nunca. Hasta que vamos haciendo pruebas que nos hablan por sí solas. Que nos revelan verdades. Y que nos hablan de nosotros mismos.

A veces, sólo a veces, aciertas a la primera. La suerte del principiante lo llaman. Lo habitual es errar. Una vez detrás de otra. Pequeños fallos y grandes meteduras de pata. Enormes en ocasiones. Para madurar. Para crecer. Para aprender. De ti y de tus fallos. De otros y de todo.

A veces es necesario equivocarse una última vez, cuando ya habías decidido abandonar. Cuando ya habías tirado la toalla y colgado el cartel de cerrado. Por vacaciones indefinidas. Por lo que sea. Cuando pensabas en que una vez más, era otra de esas veces en que te habías vuelto a equivocar. Que lo habías vuelto a hacer mal. Que la habías vuelto a liar. Que habías vuelto a tus andadas. Cuando cada paso que das es único.

Cuando cada paso es una oportunidad.

A veces, las historias se repiten, una detrás de otra. Con demasiada frecuencia, como si fueran auténticos calcos. Hasta que te plantas y decides cambiar el final. Hasta que cambias de protagonistas, de línea argumental y hasta de tiempo. Hasta que le das un giro al narrador, y pasas a la primera persona. Del singular. Y en presente. Y te olvidas de pasados imperfectos, de futuros inciertos y de los malos que se cuelan en cualquier relato, en cualquier momento. Y te centras en ti, en tu historia, y te dejas de otros cuentos.

Y que sí, cualquier época es buena para comenzar algo.

Sea septiembre, enero o en mitad de verano. Que cualquier momento es bueno para dejarse de borradores, listas y planes de futuro. Para dar ese salto. Ese gran salto. Que nos causa pavor, que nos hace temblar hasta los pies. Un salto que no siempre es al vacío. Ojo. Aunque sí, puede que en alguno no veamos el suelo. Pero si hay que saltar, se salta. Y a por todas.

Porque empezar es tan fácil como queramos que sea. Sólo es proponérselo y lanzarse. Cada uno a su manera. De la que le sea más cómoda, más suya. Más propia.

Fácil cuando se apuesta por uno mismo. Cuando se deja de copiar y hasta de mendigar. Si se dejan los miedos a un lado, si se olvidan los peros, orgullos y cualquier otro límite.

Fácil cuando se decide que sí, que esta vez sí. Y se le añade acción. Y se le suma valor. Se cultiva el sueño y se cuida la ilusión. Y dejas de ver difícil el comienzo, y comienzas a quererlo.

A quererlo desde el principio.

El comienzo de ese algo.

 

Patricia.

 

PD: gracias a De Azul Turquesa por ayudarme en este comienzo de algo nuevo y prometedor. Gracias por este logo que tan bien plasma la esencia de mi blog y una gran parte de mí misma.

 

Nos acostumbramos 

Nos acostumbraron a escuchar que podíamos ser los mejores, si queríamos. Y que más que quererlo, debíamos serlo. Que nos esforzáramos siempre en hacerlo mejor, en lo que fuera. En todo. Que lo hiciéramos lo mejor. Mejor que nadie. Mejor que en ocasiones anteriores. Perfecto. Que pusiéramos todo de nuestra parte y que ya veríamos los resultados. Que los habría. Y que habrán valido la pena.

 

Nos acostumbraron a decirnos qué hacer y qué no hacer. A escribirnos guiones que seguir e instrucciones de vida de obligado cumplimiento. A veces muy explícitas, sin dejar margen a la imaginación. Nos aconsejaron con qué llorar y con qué no. Cuándo debíamos sentir y qué sentir en cada caso. En ocultarlo cuando pudiéramos parecer débiles, sensibles, manipulables. Nos decían que fingir no está de más en según qué situaciones.

 

Nos acostumbraron a compararnos, a competir. A que nos comparamos siempre con los que consideraban mejores. Los de abajo, les daban un poco igual. A pensar más en los demás, que en nosotros mismos. A que pensando mal, acertaríamos demasiado a menudo. Y nos animaron a ir a ganar… o a conformarnos con no hacerlo nunca. Como si no hubiera términos medios. Y a asumir las consecuencias… o echarle la culpa al otro.

Nos acostumbraron a temerle al futuro. A esperar que no sea como realmente esperábamos, a que no seamos cómo pretendíamos llegar a ser. Aprendimos a temer no estar preparados para ello. Ni para nada. A tratar de estar preparados para lo que vendrá. Mejorando. Creciendo. Aprendiendo. Viviendo a medio gas en el presente, anticipando lo que sería el futuro.

Nos acostumbraron a estar dispuestos a darlo todo, a dejarnos la piel. Nos gustara o no. Eso es algo a lo que no nos acostumbraron, a preguntarnos si queríamos. De verdad o sólo pretendíamos que nos gustara. Aprendimos a guardándonos un as bajo la manga. Aunque no supiéramos muy bien cómo jugarlo siquiera.

Nos acostumbraron a hacer por nosotros, a pensar por nosotros, a complicarnos lo menos posible la vida. O eso decían. A darnos cuantas facilidades pudiesen y dejarnos actuar sin acción. Sin riesgos de sufrir. Sin riesgos de fallar. Y de aprender. Lo que sí aprendimos fue a consultarlo todo, o casi. O más de lo necesario. A dudar mucho, y a esperar de más. A experimentar menos por más miedo. Miedo a errar, miedo al qué dirán, miedo a no saber.

Nos acostumbraron a exigir mucho, y a dar lo justo a cambio. A tirar todo lo que nos sirve, en lugar de intentar arreglarlo primero. A acumular por acumular. A descartar sin motivos. A querer abarcarlo todo y a excluir lo que no nos gusta, sin darnos la oportunidad de conocerlo. A ignorar mucho más de lo que fingimos comprender. A comprender lo que, si lo pensáramos bien, no trataríamos de comprender.

Nos acostumbraron.

Y nos dejamos acostumbrar.

 

Patricia.

Qué bonita la vida

Qué bonita la vida, cuando te dejas sorprender.

Cuando cierras los ojos y te concentras en ese preciso momento. No por miedo. Ni para protegerte. Ni para evitar ver lo que se avecina. Ni para huir de ti mismo. Los cierras. Y dejas todo lo demás fuera, bien lejos, a una distancia prudente. Para dejarte llevar. Para permitirte sentir hasta en la última célula de tu piel. Para exprimir cada segundo. Para que no haya nada que te robe ese instante. Para no perderte ningún detalle.

Qué bonita la vida, cuando te dejas querer.

Con todos tus pros, contras y peros que valgan. Con todos tus días, tanto los buenos como los no tan buenos. De principio a fin. Hasta en los momentos en que no te soportas ni a ti mismo. Hasta cuando tu ilusión se esfuma y te quieres perder con ella. Y, sin embargo, te dejas querer. Sin poner resistencias. Sin exigir nada a cambio. Sin imponer ni pedir. Siendo tú. No fingiendo ser ninguna otra persona.

Qué bonita la vida, cuando quieres con todo tu ser.

Cuando quieres, con todas las letras. Con todos los puntos y sus respectivas pausas. Con cada mayúscula y todos los signos de exclamación, sin excepciones. Cuando, simplemente, quieres. Sin darle importancia a lo que otros piensen, o digan, o pretendan hacer. Sin darle importancia a lo material. Cuando das lo mejor de ti, siempre, ante cualquiera. Ante todos.

Qué bonita la vida, cuando dejas que las cosas pasen.

Cuando sueltas amarras. Cuando dejas de preocuparte. Cuando pasas a la acción o dejas de poner barreras. Cuando disfrutas de lo fácil, lo sencillo, las pequeñas cosas. Cuando aceptas lo que viene y no esperas otra cosa. Cuando sabes apreciar todo lo que tienes, todo lo que eres. Y los aprecias de veras. Y te deleitas con ello. Y contigo.

Qué bonita la vida, cuando abres los brazos.

A todo lo que llega. A todo lo que parece que va a llegar. Llegue o no finalmente. A todo el que quiera estar. A tu lado. Contigo. De tu mano. O mirándote avanzar. A los que te regalan su cariño infinito, o hasta dónde saben dar. A los que te enseñan, sea o no la lección más dura de tu vida. A los que te hacen reír. Y hasta a los que te hacen llorar. Porque todos, de alguna manera, te aportan valor.

Qué bonita la vida, cuando eres feliz.

Y no hace falta que presumas de ello. Porque se te nota. Porque tu mirada, tu cuerpo, cada gesto, lo que dices y lo que no… Te delatan. Lo transmites. Lo contagias. Cuando lo eres de verdad, y no sólo pretendes serlo. O aparentarlo. Cuando tienes un “algo”, que cualquiera quiere para sí. Cuando sabes el por qué de tu felicidad,… y cuando no.

Qué bonita la vida, cuando estás en paz.

Cuando estás justo donde quieres estar. Ni más lejos ni más cerca. Cuando no deseas estar en ningún otro lugar. O queriendo estarlo, sabes que lo estarás. Cuando no deseas ninguna otra cosa, ninguna otra compañía, ninguna otra promesa. Cuando pisas el camino que soñabas. Y no quieres que se acabe.

Qué bonita la vida.

Cuando es tuya.

 

Patricia.