Clandestinos y pasos de Swing

Zapatos de charol y lunares blancos sobre fondo negro. Un delicado pañuelo anudado y un acertado aire a los años 20. Meterse en el papel es el primer paso de todos para empezar a creértelo.

Tras la puerta entreabierta se vislumbra un elegante piano. Con la tapa abierta y sus relucientes e impecables teclas, se hace de querer. De querer tocarlo, de querer sentirlo, de querer acariciarlo. Tranquilo y silencioso de momento, espera en soledad a que unas manos maestras le den magia. Espera entrar en calor y ponerse en acción. Y llenar la sala de alegres sonidos que inviten a moverse, a reír, a volar. A olvidarse del espejo, de las miradas, del exterior. Espera regalar música que contagie las ganas de vivir.

La pasión por bailar.

Unas notas de fondo.

En apenas un momento, la música lo inunda todo.

Fingimos que los nervios no existen. Cuando van por dentro, aunque a simple vista no se aprecien. Y nos preparamos. Aunque finjamos ya estarlo. Para mover los pies, un paso detrás del otro. Para recorrer la sala con vuelo ligero. Sin otros pensamientos salvo el de la música. Sin otras distracciones. Sin otras preocupaciones que el de mover bien el cuerpo.

Porque aunque hay veces que decimos que sí, que bailamos, que nos encanta y que los disfrutamos, lo cierto es que no siempre es así. A veces detrás de cada movimiento se esconde una pequeña duda, un minúsculo temor, un intento de disimulo. Una postura estudiada a base de aprender, de memorizar, de repetir hasta la saciedad. Que no de dejarla surgir. Por conseguir ser alguien, hacer algo, destacar en lo que sea. Por miedo a equivocarnos, a que otros ojos nos juzguen, a que otras bocas se rían. De nuestros despistes, de nuestros titubeos, de nuestros pasos.

Y es por eso que en ocasiones sentimos la necesidad de simular un papel, que no de fluir. Tratamos de no equivocarnos, de estar a la altura. Y si hace falta copiamos. Gestos, aplausos, saludos. Nos volcamos en memorizar párrafos, tonos y cambios de ritmo. En inventar grandes finales y apostar por los principios. Sin cuestionarnos qué va en medio. Estamos más pendiente de hacerlo bien que de olvidarnos de todo. Salvo de ese momento. Y sentirnos a nosotros mismos. Y de escuchar a nuestro cuerpo.

Nos guía la lógica, ahogamos nuestros sentidos.

Los que nos podrían llevar de la mano, si se lo permitiéramos. Y del corazón. Los que nos harían perdernos en la naturalidad del baile, en la armonía de la melodía, en la dulce sensación de flotar. En un estilo de vida propio. El del baile, el disfrute, el buen rollo. El del cambio de chip y la risa por bandera.

Que lo bonito es improvisar. Sentir la música y dejarse llevar. Ser y sentirse libre. Chasquear los dedos y relajar los hombros. Cantar con los ojos cerrados y con una sonrisa en los labios. Y en los ojos. Moverse con alegría, con decisión, con la gracia que sí que tienes. Moverte sin miedos, sin vergüenzas, sin complejos que te limiten. Ser tú mismo. Creerte tu papel, tu baile, tu postura. Inventarte tus pasos, tu ritmo, tus pausas. Contagiarte de tu propia felicidad, de cada uno de tus movimientos. Y enamorarte. De ti, de la música, de tu cuerpo.

Los aplausos van por dentro.

Creerte capaz, que sólo es cuestión de amontonar las pegas en un rincón, y dejar de escudarse tras ellas. Que puedes llegar a donde tus pasos te guíen, si dejas que caminen por sí solos. Si no les pones zancadillas, si no te fijas más en ellas. Ni es la de otros, salvo para aprender.

Actúa como si ya lo tuvieras, como si ya lo fueras, como si ya estuvieras.

Elige la música, el resto vendrá solo. Apuesta por la naturalidad, por la espontaneidad, por soltar máscaras y caretas.

Crea tus coreografías, tus letras, tus lunares sobre fondos de colores.

Y deja que la música te lleve a dónde sea.

 

Patricia.

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Eres los viajes que haces

Un calendario, un mapa del mundo y la ilusión por todo lo alto.

Con qué poco se puede ser feliz.

El destino. Quizá decidido desde hace varios sueños, desde hace algún viaje pasado, desde hace algunas vacaciones ya lejanas. O quizá todavía esté pendiente de decidir y te esté costando hacer click, decir que sí, pasar al siguiente. Quizá sea cuestión de elegir más de uno. Un año da para mucho.

Y que el destino no siempre es el factor decisivo, la pieza clave o lo más importante de la aventura. Por no ser, puede no ser siquiera un lugar. Un espacio delimitado. Un listado de visitas obligadas que puedas tachar una vez realizadas. En ocasiones no es físico, sino sentimiento. No es un souvenir, sino un recuerdo. De esos que duran toda una vida si lo sabes cuidar. Es una nueva bocanada de aire, un aprendizaje de los que cambian un poquito tu vida, una nueva forma de mirar y de percibir. La que se vive únicamente al viajar.

El equipaje. Es ilusión envuelta de cariño, de mucha paciencia y de altas dosis de esperanza. Para que se mantenga intacta, protegida frente a los vaivenes del viaje, frente a los contratiempos que se crucen de camino. Y que no te falte tampoco libertad, para decidir en cada momento, para improvisar los acordes, para inventarte la letra de cada canción. Y una cámara. Para inmortalizar sonrisas, para captar los más diminutos matices, para construir bonitos recuerdos.

La maleta. Cuanto más ligera mejor. No se necesita tanto, ni siquiera el dichoso mapa. Sobran los “porsiacaso”, las ideas preconcebidas, las expectativas que son demasiado altas. Y cualquier otra obligación que te hayas marcado antes de partir. Es una decisión. Sobre qué se queda fuera, que es lo que no tiene espacio ni cabida de ninguna de las maneras. Y es también saber dejarlo atrás, aunque no siempre sea fácil. Quizá sea para tan sólo unos días, pero quizá sea para una larga temporada. O para nunca más. Que hay viajes con billete de regreso ya comprado y hay viajes para no volver.

Pero deja espacio para la vuelta. Que siempre traes algo contigo. Nunca vuelves de vacío.

La compañía. Que bien elegida, puede ser un mundo. El tuyo. Un todo o nada. Puede ser la diferencia entre algo que valga la pena y algo que sea inolvidable. Entre un viaje más y el viaje que te sirva de estímulo y ejemplo para los siguientes. Ese que te proporciona una continua inspiración, el empuje para ir cada vez más lejos, la motivación para abrirte a mil y una posibilidades. Aunque a veces caigas en el error de tratar de repetirlo.

Porque… Para qué repetir viajes, habiendo tantos otros por hacer.

Como error puede ser el empeñarte en que alguien te acompañe. Sí o sí. Como si ir solo fuera una especie de fracaso, el mayor de los aburrimientos o un gran riesgo. Como si elegir un mal compañero no lo fuera. Error es pensar que siempre se necesita a alguien con quien viajar. Y que, el no tenerlo, nos sirva de impedimento, de excusa o de eterna demora.

Que puedes ser tu mejor compañero posible, si te lo permites.

El viaje. Partir. Saber desde dónde salimos, qué llevamos con nosotros. A dónde lleguemos ya se verá. Tomar esos planes escritos sobre papel y darles forma a nuestro antojo. Darles vida. Sin permitir que tomen el control. Dibujar el camino sobre la marcha. Porque a veces, la mejor decisión es dejar de decidirlo absolutamente todo. Dejar de pensar. De planificar punto por punto hasta el último párrafo. Dejar de planear los descansos, las fotografías milimétricas y nada espontáneas, los autobuses a tomar.

Que la mejor opción suele ser simplemente andar. Hacia donde tus pasos te guíen, hacia donde tu instinto te lleve. Donde sientas que debes estar. Perderte por calles, incluso las que no aparecen destacadas en los mapas. Suelen ser las mejores. Las más auténticas. Las más frescas.

Sentirte libre. Llegar a sentirte parte del lugar, de la gente, de la experiencia. Soltar lo que te controle, lo que te dirija. Incluso a ti mismo.

Darte la oportunidad. De perderte, de encontrarte, de cambiar. No en vano, dicen que cada viaje que haces te cambia un poco. Tu manera de pensar. De sentir. De viajar. De querer y quererte. Tu manera de priorizar.

Que cada viaje es una historia.

Y que eres la historia de los viajes que haces, y de los que no.

 

Patricia.

La vida tras el cristal

El olor a café.

Ese recuerdo de algo que sentía familiar, a ese calor humano que reconforta, a esa paz que llega siempre después de cualquier tormenta, por tenue que sea. Cuando los segundos parecen cambiar de ritmo, parecen bajar las revoluciones, ralentizarse y querer acompañarte. Cuando se te concede una tregua, un tiempo muerto con el que no contabas, un breve descanso. En el que se cuela un poco de aire. Un rayo de luz.

En el que no hay más protagonista que tú.

En ese momento, ese mismo olor a café me transportó a otro lugar. Lejos de allí, lejos de aquel rincón en el que no había previsto estar aquella tarde. Ese es el problema muchas veces, las previsiones. Una cafetería cualquiera a la que había llegado de manera accidental, fortuita, totalmente improvisada. Y en la que me vi de alguna manera obligada a entrar, a sentarme, a esperar. Aunque alternativas, hubiera muchas otras.

Un reflejo.

El mío. Un rostro cansado que mira con ojos de resignación. Con aires de desencanto. Con una tristeza difícil de maquillar. Unas llaves olvidadas tienen la culpa. Bendita cabeza la mía. Que queriendo abarcar mucho, albergando grandes ideas, superlativos planes con extraordinarios éxitos futuros, se deja fuera lo superfluo. Lo más sencillo. Lo que cualquiera recuerda con los ojos cerrados. El día a día. Las llaves, la lista de la compra, el por favor y las gracias. El corazón y sus motivos.

Un vidrio en el que me veo por primera vez. En el que miro a través de él, más allá. La calle. La gente. Una tarde con tintes de noche. Un frío cristal y una perspectiva distinta. Que no tiene por qué ser también fría. Es curioso como en cuestión de segundos puede cambiar nuestra forma de ver las cosas. La tonalidad con que percibimos la realidad. La posición desde la que nos acomodamos. La lejanía o cercanía que sentimos.

Que nuestra forma de ver depende precisamente de eso, de la postura que adoptemos, de lo mucho que frunzamos el ceño. De la luz, la que dejemos entrar y la que obstaculicemos, del tiempo que le queramos dedicar. Del tiempo que nos dediquemos. De los planes que estemos dispuestos a dejar que se tuerzan sin hacer un drama por ello. Sin dejar que eso nos condicione, nos limite, nos impida hacer otras cosas.

Porque las cosas, simplemente, no siempre salen como quieres. Ni siquiera como planeas. Pero de alguna manera, salen. Y no por ello desmerecen o valen menos. Y no por ello tienes menos mérito. Salen como salen. Y lo mejor es aceptarlo. Aprender a tenerlo en cuenta. A lidiar con ello. A no verlo como un punto muerto. Sino un vaivén. De personas que van y vienen. De emociones que suben o bajan de tono. De oportunidades que se crean y de aquellas otras que destruimos.

De esas oportunidades que no vemos como tal, ni que se multiplican por sí solas, ni la posibilidad de que sean infinitas. Porque andamos distraídos. Vagabundeando por pequeños laberintos, que nos obstinamos en enrevesar de más o en crear de la nada. Porque nos perdemos en nuestro empeño de complicarlos, en nuestra manía de hacer crecer los setos, de borrar nuestras propias huellas. En lugar de buscar las salidas. En lugar de buscar los puntos de luz que nos den respuestas. En lugar de optar por no entrar en ellos. Directamente.

En lugar de elegir seguir adelante.

Como la vida. Que siempre sigue. Te detengas o no. La pretendas seguir hombro con hombro, sin darle un respiro. Sin darle tregua para que no se escape. Para que no te despiste y te deje atrás. Para que no te deje con palabras por cumplir y sueños que bordar. Para que no se haga mayor antes de tiempo.

Porque la vida sigue aunque te excuses. Aunque te inventes tus propias justificaciones y te las acabes hasta creyendo. Una y otra vez. Posponiéndolo todo y posponiéndote a ti mismo. Para mañanas mejores y más prometedores. Para esas tardes de cafetería elegidas, que no al azar. Para esos planes en que te empeñas saldrán como quieres. Sin darte cuenta de dónde estás poniendo el foco. Y lo que estás dejando fuera.

Y que pocas son las veces que nos paramos a pensar. En nosotros, en dónde estamos, en si nos gusta ese café que tenemos entre las manos. En si sabe tan bien como huele. En si nos da igual que afuera llueva. En si sabemos dónde iremos luego o si acaso nos importa. En si mañana será otro día igual que todos o si de hoy todavía podemos sacar algo. Hacer algo. Disfrutarlo.

Y que pocas veces vivimos la vida como lo que es. Como una sucesión de momentos presentes. De segundos que terminan. De mañanas que empiezan hoy mismo. Error. Por no verlo. Por andar pensando en esto o en aquello. En lo que debo o no debo. En lo que, dicen, es mejor o peor. En tantos otros…

Que nos olvidamos. De mirar por el cristal más a menudo. De conocer nuevas cafeterías, degustar nuevos cafés, buscar salidas a los laberintos. De buscar nuevas puertas, y dejar atrás las que ya no se abren. O las que muestran algo que ya no nos vale.

Y aprender.

Que la vida es eso que pasa mientras tomas un café.

Mientras te olvidas de las llaves, las prisas y los porqués.

Mientras miras a través de un nuevo cristal.

 

 

Patricia.

365 Gracias

365 gracias. Una por cada uno de los días de este año que hoy termina. Igual que todos, pero sin ser igual que ninguno. Porque cada año es único e irrepetible, y ahí está su magia. Un 2017 que nos dice un adiós a medias. Porque se va, pero una parte se queda. Una parte cargada de recuerdos, emociones, momentos. Con nosotros. Para siempre.

365 gracias por las lágrimas. Las de alegría y las de tristeza. Porque todas ellas, cada una a su manera, nos tocaron el corazón. El alma. La vida. Porque cada una nos cuenta una historia, nos habla de una emoción, esconde una moraleja. Porque cada una es tan importante como queramos nosotros verlo. Porque todas son parte de nosotros.

365 gracias por los viajes. Los hechos y los soñados. Los que nos llevaron a asombrosos lugares que descubrimos por primera vez. Incluso aunque ya hubiéramos estado antes. Y que disfrutamos como nunca. Y por todos aquellos que quedan en la recámara, en los propósitos de año nuevo, en los planes futuros. Esperando su amanecer, su foto inmortal, su nostálgica puesta de sol.

365 gracias por las risas. Por las carcajadas compartidas. Por las muecas en soledad. Por las tímidas sonrisas que se escapan en el momento más inoportuno. Porque se contagian, porque unen, porque relajan. Porque dan energía mientras bajan el volumen de la tensión. De los nervios. De la preocupación. Porque fueron muchas más que 365, seguro. Porque gracias a ellas, la vida se ve de otro color. Más suave. Más tierna. Menos seria.

365 gracias por cada no que hemos recibido. Por fuerte que fuera, por daño que hiciera. Porque cada negativa nos ayudó a superarnos, a crecer, a mejorar. A no quedarnos quietos, a reaccionar. Porque cada negativa nos cambió los esquemas, nos hizo cambiar destinos y girar sobre nuestros propios pasos. Para reorientarnos. Para buscar mejor. Para disfrutar más el camino.

365 gracias por los besos. Los abrazos. Las caricias. Porque llegaron en el mejor momento. Tanto los que pedimos como los que no. Los que nos regalaron sin ticket de devolución y devolvimos con toda ilusión. Con todo nuestro cariño. Pintados de sinceridad. Los que nos envolvieron y nos desarmaron. Los que nos sacaron sonrisas, lágrimas, promesas. Que no fueron pocos. Y que fueron los que fueron.

365 gracias por los cumpleaños, aniversarios y celebraciones varias. Porque cualquier excusa es buena para celebrar algo. Para recordarte que estás vivo, que estás aquí, que todavía es posible. Porque el motivo puede ser lo de menos. O puede ser lo más. Mientras lo celebres como sientes. Mientras sientas que lo mereces. Mientras merezcas todo eso y mucho más.

365 gracias por cada fotografía. Por cada segundo robado a la inspiración, por cada segundo de paciencia para retratar lo mejor. Las que inmortalizaron tu ciudad favorita, una noche en la mejor compañía o un beso de película. Las que parten de negativos para lograr positivos. Y gracias también por aquellas otras, las que no son físicas, las que guardas en tu memoria. Evocando emotivos momentos, construyendo bonitos recuerdos. Las que nos acompañan siempre, nos dan abrigo, nos visten de ilusión.

365 gracias por cada ilusión cumplida. Tanto las escritas hace un año, como las que surgieron sobre la marcha. Las que fueron más o menos fáciles, y las que costaron algo más de la cuenta. Por las que compartimos con los nuestros, sintiendo que valían el doble. Por las que cumplimos por nosotros mismos, y de las que tan orgullosos nos sentimos. Y por las que quedaron pendientes… gracias por la oportunidad de poder cumplirlas.

365 gracias por las personas que nos han acompañado. Las que ya estaban antes de 2017 y las que llegaron en los últimos 12 meses. Porque nada es por casualidad. Porque hay diamantes esperando ser descubiertos. Porque hay quienes llegan pisando fuerte, quienes llegan para quedarse, quienes llegan para poner nuestro mundo patas arriba. Y todas, sin excepción, nos enseñan algo. Nos acompañan de alguna manera. Nos aportan algo.

365 gracias, a vosotros, por estar ahí.

 

Feliz 2018,

Patricia.

Brinda

Brinda por la magia. Esa que se esconde por cualquier rincón y que se contagia con tanta facilidad. La misma que durante estos días abunda y se vive de una manera especial. Y hazla tuya. Llévala contigo, y repártela en grandes dosis. Obséquiala para que llegue a todo el mundo, para que toque con su varita a quienes más la necesitan, a quienes carecen de ilusiones, a quienes se olvidaron de soñar. Para que cualquiera pueda creer en ella, en la magia, en los sueños, en la vida. En que es posible.

Y para que tú mismo no dejes de creer.

Brinda por la familia. Esa que no es igual a ninguna otra, y que, precisamente eso, la hace tan especial, tan peculiar, tan única. La que siempre está ahí. La que no se pierde las citas importantes y las celebra contigo. La que te anima sin límites, la que comparte lo que es, lo que tiene, lo que puede. La que te abre las puertas de su hogar, de su vida, de su corazón. Y te deja quedarte. Y te hace sentir en casa.

La que más echas de menos cuando falta.

Brinda por volver a casa. Ahora y siempre. Por tener motivos, por tener agallas, por tener ilusión. Sin importar la distancia que te separe, lo frío que se vuelva el tiempo, las horas de carretera, espera o vuelo. Que lo importante es tener un lugar al que volver cuando quieras, cuando más necesites o por cualquier excusa que se te ocurra.

Y volver siempre que lo desees.

Brinda por la salud. Por tener y disfrutarla. Por muy tópico que suene. Porque es bueno acordarse de ella, cuidarla, celebrarla. Hoy y cualquier día, no sólo cuando falta. Y darle la importancia que tiene, que es toda.

Y que no es poca.

Brinda por la amistad. Por los que un año más te llaman, aunque la época es lo de menos. Quienes te cuidan, te buscan, te quieren. Y sobre todo, te lo demuestran. Con gestos, con palabras, con miradas. Haciendo y cumpliendo. Escuchando y abrazando a tiempo completo. Con quienes creas tradiciones, dejas volar el tiempo, y compartes sin reservas. Con quienes compartes risas, brindis y anhelos. Pasado, presente, futuro. Con quienes solucionas el mundo una tarde cualquiera.

Brinda por los regalos. Los que la vida te da a diario. Por insignificante que lo veas. Siempre acaban siendo los más grandes. Los que incluso no tienen ningún precio económico, sino puro sentimiento. Pura emoción. Puro recuerdo. Los que se miden en términos de tiempo regalado, de paciencia, de dedicación. Los que te abren los ojos, la sonrisa, el alma. Los que llevas contigo a cualquier lado y sólo tú conoces su verdadero valor.

Brinda por el tiempo. Por las oportunidades que te pone en las manos, por animarte a imaginar. Por ayudarte no sólo a crear tus sueños, sino a cumplirlos. Y por dejarte empezar cada día, las veces que quieras, en el momento en decidas. Por ayudarte a reconciliarte, contigo, con tu pasado, con todo lo demás.

Brinda por el amor. Hoy y todos los días. Porque mueve el mundo. El tuyo y el de los que te rodean. El de cualquiera, de hecho. El mismo que te da alas, te da esperanza, te regala ilusión. El mismo que no entiende de fronteras, sino de sentimientos, de miradas, de calor. El que da sentido, acorta distancias y borra lo que hace mal. El que alivia dolor y multiplica la felicidad.

El que todo lo puede.

Brinda por la vida. Porque dicen, con razón, que puede ser maravillosa. Y empieza a creértelo. A vivirla. A exprimirla. A no dejarla para mañana, a no dejarla en otras manos. A dejar para nunca lo que… ¿para qué? A elegir por ti, para ti. Empieza a dejar de complicarla, a buscar explicación de todo, a toda costa, a pensar en lo que puede salir mal.

Y céntrate en lo bueno, en lo bonito, en lo maravilloso.

Brinda por ti. Sin motivos y con todos ellos. Sin excusas, vergüenzas o remordimientos. Porque te lo mereces, porque todos lo necesitamos en algún momento, porque es bueno no olvidarnos del lugar que ocupamos. Y ocuparlo. Porque tienes más razones de las que probablemente pienses. De celebrar, de festejar, de brindar.

Por todo eso, y por más.

Brinda.

Hoy, mañana y siempre.

 

Muy felices fiestas,

Patricia.