Todo lo que suma

“El presente es la viviente suma total del pasado”. (Thomas Carlyle)

 

Nos enseñaron que las matemáticas, por definición, son una ciencia exacta. La única, de hecho. Que da respuestas, claras, directas, inequívocas. Que aclara dudas y resuelve ecuaciones. Y casos. Y problemas. Que despeja incógnitas y demuestra teorías. Que no sólo las formula. Que comprueba sus fórmulas y que deja fuera juicios, prejuicios y otras opiniones subjetivas.

 

También nos enseñaron que uno más uno no siempre son dos, que puede ser 3, 11 o a saber. Que depende de dónde partimos y qué buscamos. Que depende de las condiciones, de los peros, del planteamiento inicial que hagamos. Que depende del contexto, de la situación, de la mente de cada uno, de su manera de razonar. Pero que las cuentas, al final, siempre cuadran. O deben hacerlo…

Hasta que no cuadran.

Hasta que los resultados no acompañan. Hasta que el problema no se resuelve y la respuesta no es correcta. Porque algo sobra. O porque algo nos falta. Hasta que todo lo que entra no es igual a todo lo que sale. A que no sale todo, o no como se esperaba. A que los resultados ya no suman, sino que restan. O nos dan igual. O no nos dicen nada, y nos dejan indiferentes, y pierden cualquier sentido.

No en vano, hay quien dijo, que nada es absoluto, y que todo es relativo.

Porque a veces, lo que parecía ir bien, resulta que no lo iba tanto. O que ni sabíamos cómo iba. O que ni sabíamos qué era bien y qué no. Porque no le hacíamos mucho caso. O ninguno. Hasta que se tuerce. A mitad, a final o cuando sea. O quizá ya partía encorvado y un poco desorientado desde el principio, pero no lo vimos. Y pasa que lo que iba a llegar, ni llega, ni da señales de que vaya a hacerlo. Se pierde, se vicia o se deja echar a perder.

Pasa que con lo que contabas sí o sí, puede desaparecer de la noche a la mañana. Dejándote sin más, sin explicaciones que valgan ni excusas baratas. O te lo explica de una manera pobre, incomprensible, andándose por las ramas. Sin aclarar nada y complicando todo. Haciéndote perder el tiempo, el norte y las ganas. Minando tu motivación, tu energía y cualquier atisbo de coraje. Enseñándote a restar.

Enseñándote a aprender a sumar.

Que en ocasiones menos es más y más es menos. Y que todo, a su manera, suma. Que a veces, más a menudo de lo que parece, un signo negativo también suma. También aporta. También crece. Quizá por otro lado. Quizá no lo que esperábamos, pero algo trae. Que de todo se aprende, y de todo se sale. Aunque los números no nos salgan. Aunque las cuentas no nos cuadren.

Pero que si haces que todo sume, hay negros que se vuelven grises e imposibles que no lo son tanto. Imposibles que se simplifican, que se vuelven menos complicados. Menos inverosímiles, más probables. Y que se acercan. En el tiempo, en el espacio. Y llegas a tocarlos, a sentirlos, a vivirlos. Y les pierdes el miedo, y se quedan a tu lado.

Y si haces que todo sume y consigues seguir los pasos, se despejan todas las incógnitas, solucionas los problemas. Y obtienes resultados. Y aunque surjan otras dudas y otras cuestiones, cada vez te será más fácil resolverlas. Cada vez te será más fácil encontrar el equilibrio, el punto medio, y las proporciones exactas. Y que en el punto medio, está la virtud. Y en ese mismo punto medio, está la clave del éxito.

Y el éxito de hacer que todo sume… está en tus manos.

Aunque no lo creas.

Al igual que el de conseguir que te salgan las cuentas. Todas. Sin excepciones. Las tuyas y las de los tuyos. Porque si compartes, multiplicas. Porque si das, creces. Porque si crees, creas. Porque tus propios límites, te los creas y los rompes por tu cuenta. Y que si los rompes, puedes tender a infinito.

Y que sean cinco minutos, unos meses o algún que otro año, todo suma. Todo aporta al resultado. Que las pequeñas cosas pueden crear grandes diferencias. Y las crean, de hecho. De las buenas. De las que sacan sonrisas y rellenan el alma. De alegría. De paz. Y de esperanza.

Y que lo urgente a veces no lo es tanto. Y restarlo no está de más. Mientras que cuidar lo importante… es el mayor regalo. Es la mejor de las cuentas. Es un gran resultado. Porque es el recuento de uno mismo. De esas pequeñas cosas, de esas grandes sumas. De momentos, de personas, de tesoros. De límites superados y de caminar en equilibrio.

De decidir por uno mismo y de crear con nuestras propias manos.

De saber que todo suma, en la medida en que se lo permitamos.

 

Patricia.

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Lo que está ahí

Que no lo nombre… no quiere decir que no esté ahí. Escondido, tratando de pasar desapercibido. Tratando de protegerse. Y a la vez presente. Con todas sus curvas y todos sus relieves. Con todos sus silencios, alegrías y hasta penas. Con todas sus cicatrices y cada una de sus cadenas. Esas que te retienen y te duelen hasta límites insospechados. O que duelen precisamente por eso, por retenerte.

Que no lo nombre… no significa que no lo vea. O que mi intención sea no verlo. O que no lo quiera ver por ninguna de aquellas. Y mucho menos significa que no lo huela. Que no lo sienta. Que no pueda tocarlo. Porque de hecho, puedo tocarlo con apenas moverme. Porque puedo tocarlo y sentirlo hasta sin quererlo. El problema es cuando no quiero… por el motivo que sea.

Que no lo nombre… no quiere decir que no duela. Que no queme la piel, la garganta, el corazón. Que no tenga latido propio. Que no irrite los ojos, hasta hacerlos llorar. Hasta dejar brotar lágrimas, y no de felicidad. En silencio. En soledad. Porque duele demasiado para mostrarlo. Incluso a uno mismo. Porque hay emociones que sólo se comparten con unos pocos. Y que elegirlos, es complicado. Y que ser elegido, es un privilegio.

Que no lo nombre… no significa que no me acuerde. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Que no piense en ello, que no lo tenga presente. Ni mucho menos, que no lo respete o que no lo comparta. No quiere decir que no me robe algo más que minutos, sino más bien algún que otro desvelo. Porque verbalizar no siempre es fácil. Porque hablar de sentimientos es hablar a otro nivel. Desde otra posición. Desde otra sinceridad. Más profunda. Más trasparente. Y porque no siempre decimos todo lo que pensamos, ni pensamos todas y cada una de las palabras que decimos.

Que no lo nombre… no quiere decir que sea insensible. O pasota. O incluso egoísta. O cualquier otra cosa que puedas pensar. Que sea incapaz de entender y ponerme en la piel de otros. Que sea incapaz de comprender y empatizar. Porque cada uno lo lleva como puede. O como quiere. O como es capaz. Que no todas las procesiones van por dentro y que no todos seguimos las mismas corrientes. Por suerte.

Que no lo nombre… no significa que no me importe. Quizá significa todo lo contrario. Qué ilógico, ¿verdad? Porque a veces optamos por lo fácil, por aparentar indiferencia. Por fingir un desapego que no es real. Porque ser cómodo, es cómodo. Porque saltar abismos es cosa de valientes. Y porque todavía es de más valientes aún el arriesgarse dándolo todo. Dándonos enteros. Corazón incluido. Y no resultar heridos. Y no sentirnos heridos. Y no dejarnos sentir heridos, por nada ni nadie. Incluso por uno mismo.

Que no lo nombre… no quiere decir que no lo que quiera. Que lo evite. Que evite mirarlo a los ojos, y hasta tomar contacto. Que ni lo mire, ni lo aprecie, ni que la haga ascos. Que no lo espere como agua de mayo. Que no lo desee más que nada. Que no me haga la mayor de las ilusiones. Quizá sea culpa del orgullo, que me impide mostrarme realmente. Quizá sea el miedo a perderlo, lo que me hace dudar. Quizá sea que espero ese momento que no veo llegar. Porque quizá simplemente espero a ver qué pasa, mientras veo el tiempo pasar. Sin darme cuenta de lo rápido que pasa.

Que no lo nombre… no significa que esté de acuerdo con ello. O que no lo esté. Que opine blanco o que piense que es completamente negro. Ni que lo disfrute en silencio, ni que crea que es mejor obviarlo. O que lo esté obviando descaradamente y sin remordimientos. Que muchas veces, son más juicios ajenos que realidad. Pero que nos arrastran con ellos río abajo. Sin contarnos lo que dolerá la caída. Ni lo que dolerá despertar.

Que no lo nombre… quizá es todo lo contrario a lo que estoy mostrando. Todo lo contrario a lo que otros estén pensando. Todo lo contrario incluso a lo que pretendo exhibir.

Que no lo nombre… no significa nada, más allá del significado que yo le quiera dar. O que para mí realmente tenga.

Que no lo nombre… es sólo parte de mí y de mi historia.

 

Patricia.

Qué bonita la vida

Qué bonita la vida, cuando te dejas sorprender.

Cuando cierras los ojos y te concentras en ese preciso momento. No por miedo. Ni para protegerte. Ni para evitar ver lo que se avecina. Ni para huir de ti mismo. Los cierras. Y dejas todo lo demás fuera, bien lejos, a una distancia prudente. Para dejarte llevar. Para permitirte sentir hasta en la última célula de tu piel. Para exprimir cada segundo. Para que no haya nada que te robe ese instante. Para no perderte ningún detalle.

Qué bonita la vida, cuando te dejas querer.

Con todos tus pros, contras y peros que valgan. Con todos tus días, tanto los buenos como los no tan buenos. De principio a fin. Hasta en los momentos en que no te soportas ni a ti mismo. Hasta cuando tu ilusión se esfuma y te quieres perder con ella. Y, sin embargo, te dejas querer. Sin poner resistencias. Sin exigir nada a cambio. Sin imponer ni pedir. Siendo tú. No fingiendo ser ninguna otra persona.

Qué bonita la vida, cuando quieres con todo tu ser.

Cuando quieres, con todas las letras. Con todos los puntos y sus respectivas pausas. Con cada mayúscula y todos los signos de exclamación, sin excepciones. Cuando, simplemente, quieres. Sin darle importancia a lo que otros piensen, o digan, o pretendan hacer. Sin darle importancia a lo material. Cuando das lo mejor de ti, siempre, ante cualquiera. Ante todos.

Qué bonita la vida, cuando dejas que las cosas pasen.

Cuando sueltas amarras. Cuando dejas de preocuparte. Cuando pasas a la acción o dejas de poner barreras. Cuando disfrutas de lo fácil, lo sencillo, las pequeñas cosas. Cuando aceptas lo que viene y no esperas otra cosa. Cuando sabes apreciar todo lo que tienes, todo lo que eres. Y los aprecias de veras. Y te deleitas con ello. Y contigo.

Qué bonita la vida, cuando abres los brazos.

A todo lo que llega. A todo lo que parece que va a llegar. Llegue o no finalmente. A todo el que quiera estar. A tu lado. Contigo. De tu mano. O mirándote avanzar. A los que te regalan su cariño infinito, o hasta dónde saben dar. A los que te enseñan, sea o no la lección más dura de tu vida. A los que te hacen reír. Y hasta a los que te hacen llorar. Porque todos, de alguna manera, te aportan valor.

Qué bonita la vida, cuando eres feliz.

Y no hace falta que presumas de ello. Porque se te nota. Porque tu mirada, tu cuerpo, cada gesto, lo que dices y lo que no… Te delatan. Lo transmites. Lo contagias. Cuando lo eres de verdad, y no sólo pretendes serlo. O aparentarlo. Cuando tienes un “algo”, que cualquiera quiere para sí. Cuando sabes el por qué de tu felicidad,… y cuando no.

Qué bonita la vida, cuando estás en paz.

Cuando estás justo donde quieres estar. Ni más lejos ni más cerca. Cuando no deseas estar en ningún otro lugar. O queriendo estarlo, sabes que lo estarás. Cuando no deseas ninguna otra cosa, ninguna otra compañía, ninguna otra promesa. Cuando pisas el camino que soñabas. Y no quieres que se acabe.

Qué bonita la vida.

Cuando es tuya.

 

Patricia.

Estás muy cerca

Hay quienes se detienen cuando más cerca están.

Cuando están a un solo paso de conseguir aquello que quieren. Aquello que durante largo tiempo han buscado. Aquello por lo que se han jugado casi todo lo que son, casi todo lo que tienen. Aquello que les ha robado el sueño noche tras noche, perdiendo la cuenta de las horas perdidas y de los cafés a medianoche. Empequeñeciendo ilusiones que un día fueron grandes y oscureciendo aquellas que en su momento brillaban con luz propia.

Hay quienes abandonan su gran oportunidad. La que ellos mismos crearon. La que ellos mismos alimentaron hasta hacerla ser tan grande, hasta hacerla creíble, hasta hacerla suya. Cuando están casi rozando la gloria, su momento de gloria. Dejando escapar por cada poro una mínima esperanza, un poquito de su confianza, una dosis de su fuerza. Una parte de ellos. Hasta desinflarse.

Porque desanimarse es fácil, mientras que levantarse…

Dicen que un “simple” pensamiento puede cambiar tu vida. Que la diferencia está ahí, precisamente. En la mente. En lo que piensas. En cómo decides pensar. En lo que te enfocas. En lo que apartas y en lo que te quedas.  Porque sí, pensar es una decisión. A veces ardua y complicada. Pero siempre, personal.

Porque podemos decidir si vemos el día en color o en blanco y negro. Si tras las nubes negras que se aproximan por el horizonte, saldrá el más bonito arcoíris que hayamos visto. O de lo contrario, podemos decidir no esperar a luego, y nos ponemos a bailar ahora, bajo la lluvia, a pesar de la tormenta, a pesar de mojarnos. Hasta acabar empapados.

Y que pase lo que tenga que pasar.

Porque podemos decidir si después vendrá otro tren, o el que pasó era “el único”. Y último. Si improvisamos sobre la marcha y cambiamos todos los planes que habíamos hecho. De principio a fin, o sólo pequeños pormenores. Si cambiamos todos los puntos por comas. Todas las disyuntivas por conjunciones. Todas las dudas y borradores por valentía. Y hasta osadía.

Si vemos sólo lo más grande, lo que todo el mundo ve, o si hacemos algo distinto y ampliamos nuestras miras. Y valoramos hasta lo más diminuto. Hasta lo más pequeño y absurdo. Sin dar nada por sentado. Sin dejar nada fuera ni hacer distinciones. Si optamos porque todo cuente y nada se olvide. Que todo sume, que todo aporte, que todo tengo su propio peso.

La imagen completa.

Porque lo que necesitamos a menudo es ver la imagen completa. Con cada detalle. Con todos y cada uno de sus perfectos e imperfectos detalles. Sentir las piezas, comprenderlas. Para poder decidir. Para poder actuar. De la mejor manera. Para unir y encajar todas las piezas, porque de otro modo, seguro que alguna se queda fuera, sin hueco. Y parte de su sentido.

Entre más cerca lo mires, menos lo verás…

Quizá por aquello de que la distancia es relativa.

Quizá porque el camino está siendo largo y los batacazos demasiado grandes. Quizá porque esperabas mucho y no recibes tanto. O porque empezaste con mucha fuerza, y en algún punto pinchaste. Tropezaste. Fallaste. Quizá porque crees que la suerte no te sonríe y se fue con el mejor postor. Como de costumbre.

Quizá te parezca que nada cambia y que sigues siendo el mismo. Atascado. Inmovilizado. Encadenado a un día a día que no te hace feliz, un día a día por el que apostaste fuerte y hoy ha perdido todo sentido. Un día a día que ya no es ni tuyo. Que preferirías perder de vista. Que preferirías hacer marcha atrás, hacia algún punto del pasado, aunque no sabes ni a cuál. Pero que lo harías.

Incluso a la carrera.

Para deshacer segundos y construir momentos.

Para olvidar malos tragos y saborear brindis nuevos.

Para relativizar penas e inmortalizar recuerdos.

Para atarte menos y liberarte de miedos.

Porque a veces estamos muy cerca, pero no nos damos ni cuenta. Estamos al lado. A un suspiro, a un abrir y cerrar de ojos. Tan cerca que, si apartamos todos los miedos que se interponen en nuestro camino y nos nieblan la vista, podemos apreciarlo.

Tanto que, si nos armamos de paciencia,  podemos tocarlo. Con las manos. Con la yema de los dedos. Con los sentidos. Con la voluntad. Con el interior.

Si no te rindes. Ni hoy ni mañana.

Si no te olvidas de dónde estás y dónde empezaste. Ni del por qué.

Porque estás muy cerca.

Más de lo que crees.

 

Patricia.

Días que sí

Hay días que importan. Y mucho.

Aunque no tuvieran nada de especial al principio. Incluso aquellos que empiezan torcidos, aburridos y monótonos. Como un lunes gris y lluvioso de un frío invierno. Como los anuncios que interrumpen la película, que retrasan el esperado final. Días de relleno que pasan sin pena ni gloria. Sin darte cuenta de que tienen todo para ser grandes días.

Hasta que te das cuenta.

Hay días en los que remontas y hasta ganas la carrera. En la que ibas a la cola. En la que ya nadie te tenía en cuenta. En la que pensabas abandonar. En la que nadie te animaba ya. Ni siquiera tú. Pero ahí estás. Ganando terrero y sorteando obstáculos. Dejando atrás los frenos, sosteniendo bien fuerte las riendas. Viendo cómo te acercas. Cómo llegas. Cómo cruzas la meta.

Mirando siempre al frente. Y al futuro.

Días en los que todo funciona. Tanto lo que esperabas como lo que no. Lo que sucede solo, sin ayuda, sin esfuerzo. Y te sorprende. Para bien. Para mejor. Para hacerte sentir increíblemente bien. Para hacerte creer, de nuevo. Para dejarte soñar, sin límites. Para dejarte albergar esperanza, donde pensabas que nada quedaba. Para hacerte ver que el telón sigue abierto y la función en pleno apogeo. Que lo de antes, era sólo un descanso. Una breve pausa.

Y que la vida te sonríe.

Hay días que sí. En que todo es que sí. Que adelante, que no te detengas. Ante nada ni nadie. Días en que todo sale como quieres. A pedir de boca. De una manera increíble. Fascinante, asombrosa. Como si alguien hubiera escuchado tus deseos. Como si alguien lo hubiera pedido por ti. Como si alguien moviera los hilos para que tú sólo disfrutaras. Sin pensar mucho. Sin pensar en otra cosa.

Siendo tú y nadie más que tú.

Días en que crees que todo es posible. Porque lo es. Porque confías en ti, y nadie puede hacerte dudar. Porque quieres y puedes. Porque quieres y no te rindes. Porque lo intentas una y otra vez. Con una sonrisa y con toda tu ilusión. Porque tus límites se desdibujan llegando a desaparecer. Porque tus posibilidades son infinitas. Hoy igual que siempre. Aunque algún día no lo creas.

Sólo hay que querer verlas.

Y aprovecharlas.

Porque oportunidades, las hay todos los días.

 

Patricia.