Día 23: personas

Si me dieran la oportunidad de escoger otra vez, te escogería a ti sin pensarlo otra vez.

¡Hola a tod@s!

Dicen que hay personas especiales que dejan huella. Te propongo reflexionar acerca de:

  • ¿Quién es la persona más importante en tu vida?
  • ¿Con qué frecuencia se lo dices/demuestras?
  • ¿Cómo mejorarías la relación?

Si te perdiste la entrada de ayer, pincha aquí.

Patricia.

 

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Opciones y prioridades

Una nueva entrada para la sección “Cuento tu historia”. Una joven malagueña, encantadora, luchadora y optimista donde las haya, ha querido que ponga letra a su historia. Y aunque ha preferido mantener su nombre oculto, no ha dudado en compartir su experiencia con vosotros. Un experiencia agridulce pero con una gran enseñanza.

¿Te quedas a leer?

¡Gracias, guapa!


 

 “Según un estudio, las parejas que se conocen por Internet son más compatibles y duraderas”.

 

Una tarde cualquiera de un día cualquiera. Él, yo e Internet. Le conocí sentada frente a la pantalla de mi ordenador. A la manera tradicional. Un primer cibersaludo, de esos que no prometen mucho. O eso crees. Una conversación. Horas y horas de teclear líneas, escribir confidencias y dejarse conocer.

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Una foto. Una chica. Una señal. Fue suficiente para borrar las conversaciones, los chistes y las horas robadas al sueño. Así lo quise. Así hice que creciera la distancia, perdiéramos la confianza y nos olvidáramos el uno del otro. O eso creía. El silencio reinó durante algún tiempo.

Un nuevo contacto rompió el hielo. Un nuevo mensaje. Tuyo. Inesperado. Pero en el fondo, querido. Quizá no muy en el fondo, confieso. Una propuesta de conocerse. Dejando a un lado Internet, teclado y vergüenza. A lo tradicional.

En vivo y en directo. De verdad. En persona.

Una cita. La primera. Un paso enorme para una pequeña historia. Si es que la había.  Nervios. Dudas. Imaginación desatada. Preguntas que no tenían respuesta. Aún. ¿Superaría la realidad a la ficción? Lo hizo. Vaya si lo hizo.

Tanto que no se quedó en un primer encuentro, sino que al primero le siguió el segundo, el tercero… Y llegaron muchos más. Momentos de ilusión, esperanzas y sueños. Anticipados, por mi parte. Por la tuya, brillaban por su ausencia. Me asaltaron traicioneros “Y sí…”que distorsionaron la realidad y nos empezaron a alejar. De nuevo.

Pequeños pasos para una no-historia.

Una decisión. Otra vez mía. La de alejarme sin preaviso, sin dar explicaciones y evitando todo lujo de detalles. Con idea de no vernos más, de no oírnos ni tocarnos. Ni siquiera hablar. Queriendo ahuyentar fantasmas y falsas ideas. Futuros tropiezos y llantos innecesarios.

Dejé de hacerme daño y solté tu mano sin mirar hacia donde te llevaba el camino. Me escondí en mi caparazón para protegerme y hacerme fuerte. Puse de nuevo distancia entre los dos, para no volver, me dije. Borré mensajes, olvidé detalles e ignoré coincidencias.

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Y de nuevo tú. Apareciste dispuesto a poner patas arriba mi vida y a hacerme coger tu mano, donde la había soltado. Un mensaje. No hizo falta más. Reclamaste mi atención, mi presencia en tu vida y la confianza perdida. Recuperamos el tiempo perdido en tiempo récord.

Pasos de gigante a velocidad de carrera. No había detalle que se nos olvidara contarnos. Llenamos el tiempo como sólo nosotros supimos. Tranquilas tardes de cine acompañadas de palomitas. Veladas en la intimidad de tu casa. Románticas noches de estrellas en la playa.

Y una noche. La gran noche. Nuestra.

Perfecta, inolvidable e irrepetible. Aunque entonces no lo sabía. Ni llegaba a imaginarlo. De esas noches que surgen espontáneas, sin planear y en el último minuto. Las mejores dicen. Las que nunca fallan. Las que nunca se olvidan.

Y así fue.

Quizá porque sería la última.

La última cita. La última noche en la playa, la principal testigo de nuestra aventura. El comienzo de una muda despedida que se avecinaba sin yo saberlo. Porque tras aquello, llegó el frío. Tu silencio. Tu olvido. Tu no respuesta. Algo cambió, y nada volvió a ser lo que era.

Y como siempre había hecho, te di lo que quisiste. Te di lo que me pedías sin hablar: te di espacio y tiempo, te dejé de hablar con palabras para hablarte con hechos. Rehíce mi vida. Sin ti. Sin crítica, reproches o súplicas. Guardé lo bueno para olvidar lo malo. Seguí caminando, convencida de que esta vez, no había vuelta atrás.

Dicen que los buenos finales no existen, porque son historias sin acabar.

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Y aunque la nuestra tuvo final, soy feliz. Mucho. Más de lo que pensé que sería tras esa última noche. Me ayudó a superarlo todo y superarte a ti. A quedarme con lo bueno y pensar que lo mejor, está aún por llegar.

Me ayudó a preocuparme por quien se preocupa por mí. Me ayudó a ser más positiva. Me enseñó que las cosas pasan cuando tienen que pasar, que por mucho que las busques o trates de forzar, si no son para ti, no lo son.

Me ayudó a dejar de ser la opción y a elegir ser prioridad. 

 

Patricia.

60 minutos

Qué feliz me hace compartir con vosotros una segunda entrega de la sección “Cuento tu historia”.
 
Gracias Jessi, por formar parte de este espacio y de haber puesto en mis manos tu historia. Feliz medio añito, guapa. Y a ser feliz 😉
 

….


Curioso como al tiempo le gusta jugar con nosotros.

 
A veces consigue que vivamos pendientes del reloj y de su lento pasar. Revisamos la hora para comprobar que tan sólo hace cinco minutos desde la última vez que la miramos. En la gran mayoría de las veces. Por no decir casi todas.
 
Otras, en cambio, pisa a fondo el acelerador para dejarnos atrás y hacernos pensar que ha pasado demasiado rápido ante nosotros. Sin darnos tiempo a reaccionar y a asumir de golpe que ya pasó.
 
60 minutos, con sus respectivos 60 segundos. Para llegar. Para verte.
 
Porque ahora no pierdo de vista la hora, mientras por la ventanilla asoma un bonito paisaje al que ignoro por completo. La miro ahora, porque sé que cuando te vea, dejaré de hacerle caso y volará a nuestro lado. Haciéndonos olvidarnos de todo y del mundo. Llevándonos al nuestro propio.
 

 

Ese que empezamos a construir hace ya algún tiempo, mano a mano, y casi por casualidad. Esa que dicen que nunca llega porque sí, sino cargada de intención. Esa que pone nombre a las situaciones que no sabemos cómo llamar. Esa que nos reunió bajo un cielo estrellado, en un parque cualquiera para cualquiera, menos para nosotros.
 
Casualidad que no fue fácil ni estuvo clara en un principio. Nos lo puso difícil de entrada. Porque las dudas rondaron a nuestro alrededor, haciéndose presentes y dejándose sentir. Amenazaron lo que estaba por venir, lo que yo creía aunque tú no. Llegaron incluso a parar el tiempo y a pintar unos no deseados puntos suspensivos en aquel parque cualquiera.
 
Y como si las dudas no fuesen ya bastante, la distancia también se hizo notar. Sembró su pequeño grano de incertidumbre y trató de separar lo que aún no había ni empezado. O igual sí. Pero por mucho que lo intentó, no pudo. Porque a día de hoy, nos acompaña y sigue a nuestro lado. En silencio pero siempre presente. La tercera sin discordia.
 
Porque a veces hay que echar en falta a alguien, para saber cuánto se quiere. Por contradictorio que resulte. Y tonto, porque lo es, y con todas las letras. Porque a veces sólo lo vemos cuando perdemos y no hay vuelta atrás. O sí. Pero sigue siendo muy tonto.
 
Porque aun con kilómetros por medio, el sentimiento no cambia. O no debería. Si lo hace no es auténtico. Que no te engañen, ni te engañes a ti misma. Porque espera quien quiere, no quien puede. Ni a quien se lo pides. Ni a quien lo aparenta pero no lo hace.
 
Porque echar de menos puede ser hasta bonito.
 
Porque hay reencuentros que siempre prometen.
 
 
 
Y mientras bajo del autobús, me olvidó del caprichoso tiempo y de los kilómetros. De la vuelta, el autobús y el autobusero. Guardo el MP3 en el bolso y me quedo con las últimas letras de la canción que sonaba. Algo de nubes, sol y el brillo de la luna. 
 
 
Y algo sobre lo que no estoy de acuerdo con el cantante. Algo sobre quedarse en casa. Porque yo sí salgo, fuera hay algo que me interesa, y mucho. Me enloquece.
 
 
Tú.

 

 Patricia.

Octubre dulce

Hoy me siento feliz de publicar la primera entrada que inaugura la sección “Cuento tu historia”.

Gracias a Amanda. La persona que confió en mí para que contara su historia. La persona que me inspiró y que me dio la idea de crear esta sección.

Una chica alegre, luchadora y valiente, que ha sabe defender lo que le importa y no rendirse cuando todo se ponía en su contra.

Espero que os guste, tanto o más que a mí.

¡Gracias Amanda!

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Miré nerviosa el reloj.

Era nuestro primer cine. Juntos.

Llevábamos a la espalda horas y horas de conversaciones telefónicas. De risas tontas y frases sin intenciones. De diálogos sinceros y casuales. Dos amigos que empezaron como quien no quiere la cosa, conociéndose poco a poco. Sin grandes planes. Sin mayores expectativas.  Que dieron un paso sin ser conscientes de ello.

Un primer gran paso. Pero sencillo.

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Pequeñas mariposas fueron tomando sitio en mi estómago desde el momento en que lo vi aparecer, dispuestas a mantenerme a la expectativa. Una mirada, la suya, me confirmó que ahí había “algo”. A mí, en cambio, me delató la risa nerviosa que se me escapaba sola.

Aparcó en la puerta. Otra vez una mirada. Y mi risa tonta. Un primer beso, que me llevó al cielo. Inesperado. Esos que te encuentras cuando arriesgas. Como cuando avecina tormenta y sales a la calle, esperando sentir las primeras gotas en tu piel y el aire despeinándote a su antojo. Un beso que no sólo me gustó, me enganchó. De pies y manos. Me enganchó a él.

Entramos cogidos de la mano. Salimos abrazados. Para no soltarnos.

Él asumió el papel del “poco a poco”, mejor ir despacio. Del “ya veremos”, el tiempo dirá. Del no corras que no hay prisa por llegar. Del “quiero estar seguro” y no me quiero agobiar. De ver señales de alerta donde sólo había baches. De ver peligros dónde sólo había caminos a tomar.

Yo me aferré al papel de conductora. La que acelera cuando quiere llegar más o menos pronto. La que marca el ritmo esperando que la sigan. La que dirige cuando nadie sabe hacia dónde ir. La que sufre cuando se gira y se ve sola. La que se entrega cuando lo ve claro. La que se sale de lo normal, pero no por ello se siente distinta. Aunque sí, especial.

Tu ranita, como te gusta llamarme.

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Y como sabes que me encanta. Con todas las letras.

Es curioso cómo los momentos importantes llegan a tu vida sin comerlo ni beberlo. Te encuentran ellos a ti, de sopetón y sin avisar. Cuándo y cómo quieren. Da igual lo mucho que tú los busques y los persigas. Da igual lo mucho o poco que los desees. Son ellos los que se dejan atrapar. Así. Sin más.

Como compartir mi rincón de relax. Mi rincón zen, que digo yo. Ese al que me retiro cuando no quiero ver a nadie. Ese lugar desde el que veo la ciudad en su máxima plenitud, haciéndome sentir pequeña, y conmigo, mis problemas. Ese donde me renuevo en cuestión de minutos y del que hablo a poca gente. Es muy mío.

Como compartir días al sol y noches de caricias, el sitio es lo de menos. Besos en la nariz, esos que me pierden y que tú bien sabes. Palabras en el silencio de la noche, esas que espantan cualquier desasosiego que me ronde. Promesas, esas que siempre me reconfortan, porque vienen de ti.

Porque eres tú. Único entre millones.

El diamante de infinito brillo e incalculable valor.

Compartir siempre que estemos juntos. Porque juntos nada es igual, todo es distinto. Es mejor. Porque juntos, pierdo la noción del tiempo y vuelo alto, lo más alto que puedo. Porque uno más uno nunca suman dos. Ni siete como canta la canción. Porque juntos, tú y yo, sumamos infinito.

Y en este viaje que seguimos, yo conduzco y tú guías. Si yo acelero, tú me recuerdas que no por correr más, se llega antes. Si tú te mareas, yo te bajo la ventanilla para que te airees. Y si hace falta, paramos. Que por muchas curvas y baches que encontremos, el viaje es seguro, mientras en ello creamos.

Porque si un día dejas de creer, detendré el coche para que puedas bajarte. Para que puedas echar a andar hacia el lado que quieras. Izquierda o derecha, donde prefieras. O hacia detrás, si es lo que necesitas. Para que cambies de perspectiva y admires el paisaje. Para que divises el horizonte y decidas si quieres adentrarte en él.

Porque si caminos hay muchos, más son las formas que existen de recorrerlo. Porque si te decantas por seguir andando, apagaré el motor y saldré a pasear. A tu lado. Pero si prefieres ir solo, me apartaré a un lado. Para dejarte espacio y libertad para elegir dónde ir.

En esos consisten los viajes, ¿no es cierto?

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En saber dónde quieres ir y con quién. Cuándo empezar y cuándo acabar. Cómo ir y cómo volver. El equipaje, es sólo un complemento.

Porque si te vas pero decides volver, te estaré esperando, no lo dudes. Porque cada historia es única, como lo somos tú y yo. Porque por vueltas que de el mundo y por mucho que no deje de girar, nosotros giramos en nuestra propia dirección.

Porque siempre sabrás dónde buscar y dónde no. Sabrás dónde encontrarme. Igual que me encontraste aquella primera tarde en el cine. Aquella tranquila tarde de octubre en la que este viaje comenzó.

Donde aquel octubre dulce nos unió.

 

Patricia.

Una cita a tuertas

“- Vaya…

– ¿Qué?

– Voy a hacerte una foto, para no olvidarme nunca de ti, ni de todo esto.

– De acuerdo, yo también.”

(Antes de amanecer)

Brian Carson (Flickr)

Brian Carson (Flickr)

Llegaba nerviosa y temprano como acostumbro. Tengo la manía de intentar no hacer esperar a la gente, de ir corriendo a todos lados. Sé que dicen que los españoles somos impuntuales por naturaleza, pero a mí me gusta ser esa excepción que confirma la regla.

Subí los escalones acelerada para salir lo más rápido posible del metro. Ya en lo calle, lo primero que vi fue el enorme reloj que preside la fachada de la estación de tren. Puntual e imponente, me recordó que me iba a tocar esperar, una vez más. Faltaban aún diez minutos para verle.

Estaba nerviosa. ¿Ya lo he dicho? Era una cita, sí, pero no una cita cualquiera, no. Era una cita a tuertas, como una buena amiga la había llamado.

Nos habíamos conocido tiempo atrás a través de unos amigos comunes. Hasta aquí, algo muy típico y habitual. Ese día estábamos a punto de reencontrarnos, o más bien de reencontrarme yo con él. Él no se acordaba bien de mí. Nos conocimos una Nochevieja, una de esas noches locas cargadas de alcohol, fiesta, amigos y lagunas. Y él no tenía pocas.

“No sé qué le ves”, me había dicho una amiga.

La misma que nos había presentado. La misma que tenía delante aquella tarde en que le pregunté por él. Sin alcohol, fiestas y lagunas de por medio. No sé qué le sorprendió más, si mi interés por él o mi predisposición a lanzarme de cabeza a la piscina. Y sin taparme la nariz, como suelo hacer para evitar tragar agua…

Mimi (Flickr)

Mimi (Flickr)

Como si tuviéramos que ver lo mismo en él, o en cualquier otra persona. Como si los asuntos del corazón se pudieran explicar fácilmente o fueran razonables y lógicos. Como si pudiéramos decidir en quién fijarnos y en quién no, en quién confiar y a quién no acercarnos nunca.

Yo sí veía algo en él. Supongo que por aquello de que el amor es ciego. ¿He dicho amor? Supongo que me he adelantado un poco…

Entré apresurada en el hall de la estación, como si fuera a perder el tren que estaba a punto de pasar. Me paré y giré sobre mí misma, abarcando con la mirada todo lo abarcable, para descubrir si él era aún más puntual que yo. Y respiré. Era la primera, podía escoger el sitio desde donde esperar y recobrar el aliento. Verlo llegar.

Era viernes por la tarde. Lo recuerdo como si fuera ayer, a pesar de que ya ha pasado un tiempo. Se respiraba actividad. La gente iba y venía conformando un bullicio contagioso. Gente acelerada que volvía a sus casas, grupos de amigos con ganas de quemar la tarde en la ciudad, viajeros que cargaban una maleta llena de ilusiones para el fin de semana.

Me doy cuenta de que no habíamos podido escoger un mejor lugar de encuentro.  Que no digo que el aeropuerto sea menos “mágico”, pero las estaciones de tren tienen un encanto especial… Mezcla de nostalgia y bohemia, de esperanza y ensoñaciones, de comienzos y de finales.

Testigo de mil historias que contar, una de ellas, la nuestra.

Leo Hidalgo (Flickr)

Leo Hidalgo (Flickr)

Yo, que suelo darle mil vueltas a todo, y que a veces enredo más que ayudo, sin querer. Me había animado a pedir su número de teléfono a mi amiga. Uno de esos impulsos que te sorprenden y que no suelen ser típicos en ti. Que una vez lanzado, ya no hay vuelta atrás. Algo me decía que la ocasión lo merecía.

“Es buen chico, pero no es para ti”. Aquellas palabras de mi amiga retumbaban en mi mente, mezclándose de manera juguetona con mis dudas, mis anhelos y mis pensamientos, formando un amasijo explosivo a la par que complejo. No sabía qué saldría de ahí.

Me preguntaba cómo sería volver a verlo. Si no me arrepentiría yo de mi impulso, o él de haber contestado a mi llamada. Si seguiría teniendo ese magnetismo tan personal y tan difícil de resistirse, que me había enganchado nada más conocerlo. O si mi empecinamiento estaría distorsionado por el  influjo de la noche, esa que a algunos confunde.

Distraída como estaba en mis propias conversaciones mentales, no lo vi llegar. Apareció como de la nada, como si hubiera estado esperando su momento, escondido detrás de maletas, abrazos y despedidas. Sin carteles luminosos que anunciaran su presencia. Pero con ese encanto arrebatador que yo tan bien recordaba.

La estación fue testigo de nuestro comienzo, de una de tantas historias, pero la nuestra, al fin y al cabo. Aunque la crónica de aquella tarde ya la contaré otro día. Sólo diré que me llamó. Aún no había terminado de bajar las escaleras del metro, nos acabábamos de despedir. Y ya me había llamado.

Fue la primera de muchas, pero la única cita a tuertas.

 

Patricia.