La suma del todo

Un guiño cómplice, el pulso a mil revoluciones y un ligero estremecimiento.

Hay imágenes que hablan por sí solas. Pequeños gestos y diminutos detalles que pueden pasar desapercibidos si no se presta atención. Pequeñas recompensas que saben a triunfo, y que nos perdemos, si no somos lo suficientemente pacientes de esperar a que lleguen.

Paciencia. Es lo que siempre nos dijeron que debíamos tener a raudales. Y cultivar a diario. Aprender aquello de que todo tiene su turno, su billete de ida, e incluso de vuelta, y hasta su gracia. Aunque todo parezca indicar lo contrario. Que no por correr más, llegaríamos antes ni los primeros. Que quizá de tanto correr, nos desinflaríamos a mitad de sprint. Y nos perderíamos el llegar, las vistas, la sensación de victoria. Y nos perderíamos lo mejor de cada momento.

Y es que hay lugares y momentos. Únicos en todos los sentidos. Irrepetibles. Mágicos de principio a fin. Que son lo que son y que no podían ser de ninguna otra manera. Que por mucho que los intentemos controlar, personalizar y hasta hacer un lavado de cara, se rebelan, y se convierten en cualquier otra cosa. Y cobran vida propia. Y resultan ser protagonistas indiscutibles.

Y luego están las personas. También únicas, también a su manera. De las que puedes recibir mucho, si decides no esperar nada. De las que puedes disfrutar a su lado, si te olvidas de exigencias, de temores, de otros sinsabores. Si te olvidas de primeros, segundos y terceros, y hasta de ti. Si te permites ser tú, y les dejas ser ellas.

Personas de las que puedes llegar a sentirte parte, a entenderte con una simple mirada, a comunicaros sin palabras. Con las que disfrutar perdiendo el tiempo, solucionando el mundo o soñando imposibles. Con las que reír pero también llorar. Con las que nunca te falta un motivo y siempre te sobran miedos.

Personas con las que sumar es fácil y de las sabes que siempre espera algo bueno.

Porque algo que también nos aseguraron, es que lo bueno, también llega. Lo mejor, lo increíble, lo impensable. Puede que un poco más tarde, pero que conoce el camino de sobra. Que nos lo pone difícil, que nos pone a prueba y nos deja a la espera. Para que vivamos otros momentos, algunos tragos amargos, altibajos y pequeñas glorias. Para que aprendamos a separar la paja del trigo.

Para que, llegado el momento, sepamos diferenciar lo que sí, de lo que no.

Para que aprendamos de cada momento, de cada lugar, de casa persona. De lo bueno y de lo que nos hubiera gustado descartar. De las largas esperas y de las inesperadas sorpresas. De lo que hoy sí, pero ayer no. De lo que ayer sí, pero mañana quién sabe. Aprender que cada grano de arena cuenta y de que sumar es algo más que acumular por acumular.

Y que a veces, el todo supera a la suma de las partes.

Y que a veces, las personas, son mucho más que la suma de experiencias.

Por ello, suma siempre que puedas. Resta cuando así haga falta, pero no a cualquier precio. Que sepas hallar la media, el equilibrio y los redondeos. Que aprendas a crecer con todo y a pesar de todo.

Y que sumes kilómetros de felicidad. De esa que tiene que ver con el día a día, con los grandes momentos y con la vida misma. De esa que puede con todo, que da alas, motivos y viajes increíbles. De esa que brota de ti y crece cuando la compartes.

Y que sumes tinta de historias. Que rellenes cuadernos, gastes bolígrafos y agotes posibilidades. Que no te dejes nada en el tintero, por decir, por escribir o por hacer. Que tu historia se llene de prometedores principios, infinitos capítulos y bonitos finales. De anécdotas que reír y de moralejas por contar.

Y que sumes besos. Con los ojos, con los labios, en la frente. Desde los más esperados hasta los robados en un descuido. Con abrazo incluido o con la promesa de darlo en la primera ocasión que tengas. De no dejarlo para mañana, para otro momento, para otra persona. Ni el abrazo, ni el beso. No en vano dicen que, en cada beso que damos, va el alma.

Y que sumes amaneceres. Que los días no sean una mera sucesión del anterior ni una cuenta atrás permanente. Que cada día sea una oportunidad nueva, una hoja en blanco por escribir, una ilusión más por la que levantarse. Y que aunque mañana sea otro día, el hoy está para vivirlo.

Y que sumes bailes. A solas y en compañía. Bajo el brillo de la luna o a plena luz del día. Con una sonrisa, con los sentidos, con tu vida. Que te saques a bailar en cada ocasión y que no te importe si te miran o no. Tú baila. Que mientras bailas, tu mente olvida.

Y que sumes lágrimas. De esas que te arrancan a base de emoción, de abrazos y con bonitas palabras. De esas que enternecen. De esas que unen. De esas que sanan. Porque cada una de ellas cuenta una historia. Y cada lágrima que escondes es un recuerdo que se ahoga.

Y que sumes estremecimientos. De esos que no puedes controlar, ni quieres. De esos que hablan de bonitos momentos, de suspiros que se esfuman, de memorias que permanecen. De esos que te recuerdan el aquí y ahora. Que estás presente. Y que estás vivo.

Y que sumes sonrisas y carcajadas. Que no le pongas frenos. Que encuentres risas en cualquier motivo, y hasta sin ellos. Que la cultives para ti y para repartir. Que la risa espanta males y atrae alegría. Une personas y acorta distancias entre ellas. Y que si sonríes al espejo en que te miras, te devolverá más sonrisas.

Y que sumes ganas. Por ti y por lo que sea. Por aquello que mueva tu mundo. Por lo que lo pare una tarde cualquiera. Por todo aquello que te haga levantarte de nuevo, y que te haga olvidar lo demás.

Y que sumes momentos que valen y que el resultado sume más que sus partes.

Y que, al final, sumes vida a cada uno de tus días.

 

Patricia.

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Que no se te olvide

Darle al pause más a menudo. En cada bucle que entres y del que no sepas bien salir. En cada momento tonto, que sabes te podrías ahorrar. En aquellas situaciones que te hagan salirte de ti, de tus casillas y de tu tablero de juego. Y aprende mejor a salirte por tu propia cuenta, a tu sola voluntad. A dar volumen a lo que te interese o importe. Y a no escuchar más discos rayados.

Que no se te olvide bajarte de ese tren, de ese autobús, o de ese camino que coges a diario, que no te lleva a ningún lado. O a ninguno en el que, si tiras de sinceridad, te gustaría estar. Ese en el que ya no miras hacia los lados, el que no acelera tu pulso cuando ves aparecer. El que ni te sorprende ni te hace vivir contando los segundos que restan para que llegue. Bájate. Camina. Olvida.

Que no se te olvide asomarte más y esconderte menos. Mirar por la ventana, abrir los ojos, disfrutar las vistas. Ver, observar, admirar. Comerte con la mirada y con el alma cada momento que pase por delante, cada atardecer que tengas oportunidad, cada oportunidad que nazca al amanecer. O cuando sea. Benditos regalos. Que en ocasiones tan sólo es cuestión de prestar atención, soltar algunas cosas, y dejarse llevar.

Que no se olvide la magia de las primeras veces. La curiosidad desbordada, el brillo en los ojos, las sorpresas que descolocan. La magia de volver a mirar con la mayor de las ilusiones, con inocencia, con emoción mal disimulada. De sentir nudos, mariposas y cosquilleos varios. De aprender a desaprender y a ver como si fuera la primera vez. A embobarte con los fuegos artificiales. A apreciar detalles que se nos escapaban, a recrearte en las pequeñas cosas. A no dar nada por sentado. A darlo todo en cada intento.

Que no se te olvide el hoy. El ahora mismo y lo que sea que tengas en estos momentos delante. El aquí, ahora y ya. Que lo que haya de llegar, llegará. Mientras que el presente no da segundas oportunidades. O te empapas de él, o se esfuma. Aprende a estar, a empaparte, a no perderte nada.

Que no se te olvide respirar. Por la nariz, la boca y por la piel. Llenarte de energía, refrescar tu coraje, sanar tus ansias. Conscientemente, que no de forma automática, anodina y como cualquiera. Por simple costumbre o necesidad del cuerpo. Que la diferencia es abismal. Que no es tanto sobrevivir, como simplemente vivir.

Que no se te olvide amar. A los tuyos, a decirlo en voz alto y a demostrarlo en cada ocasión que tengas. Y a ti, a cada uno de tus días, aquello en lo que pones tu vida. Tu esfuerzo, tu ilusión. Pese a que se vista de gris, amenace desastre o intuyas naufragio. Recuerda aquello que dicen, que solo poseemos aquello que un naufragio no puede arrebatarnos.

Que no se te olvide confiar. Darte un margen, espacio y alas. Y creer en ti. Decírtelo a diario, delante del espejo y a pleno pulmón si hace falta. Con tal de creerlo. Ante cualquier situación, por pequeño, grande o loco que sea el reto que tengas delante. Nadie mejor que tú, no te arrepientas mañana. Conoces la teoría, aplícate en la práctica.

Que no se te olviden tus sueños. No los dejes para el final, para cuando te sientas mejor, para cuando sea. Que cualquier momento sirve para ponerte a ello. No solo en vacaciones, en momentos de inspiración o una noche entre amigos. Que de niños se nos da más que bien, pero de mayores nos cuesta en exceso. Nos olvidamos. Y lo dejamos de lado. Aprende a pasar de los sueños condicionales, a soñar, y cumplir, en presente.

Que no se te olvide ponerte de pie. Y dejar de mirar tanto el suelo, la piedra o tus pies. Deja de temer caerte y céntrate en levantarte. El cuerpo, el alma y la ilusión. A quitarte esos zapatos que te aprietan, que te rozan o que te hacen siempre daño. Consentirlo o no, está en tus manos.

Que no se te olvide tu vida. La que lleva tu nombre. El regalo que no pediste y te dieron. El mejor de todos. El que no se detiene y avanza siempre en tiempo de descuento. Esa que tanto te cuesta a veces. Esa que dices que no te da, o que se te pasa volando. Aprende a pararte, a seguirla, a girar con ella. A llevarla a tu terreno, a vivirla y a hacerla completamente tuya.

Que no se te olvide cantar, reír, bailar e improvisar. Dejarte de tantos planes perfectos, de tantos rollos, de tantos marrones. No en vano, quien busca encuentra… sea lo que sea. Escribe tu propia historia, crea tus propios viajes, invéntate tus pasos. Aprende a darlo todo y exigirte menos. Sabiendo que das lo más, y que, en ocasiones, menos muchas veces es más.

Que no se te olvide que soltar es ley de vida, que no puedes cargar con excesos ni equipaje de más, y que cuanto más ligero, más espacio, y que cuanto más espacio, nuevas cosas han de llegar.

Que no se te olvide mirar a los ojos. Los tuyos. Y a los de quien te habla, quien te escucha y quien te cuida en la mayor o menor distancia. Hay miradas que lo dicen todo.

Que no se te olvide escuchar. Tanto fuera como dentro. Aprende a interpretar silencios, a callar los restos, a disfrutar de cada melodía. A que para hablar, primero se ha de escuchar. Y que, muchas veces, lo que más importa, es precisamente lo que no se escucha.

Que no se te olvide que cada día se reinician 86400 segundos, y que cada uno cuenta.

Y que cada uno, es tuyo.

 

Patricia.

Historias por vivir

Razón, estación o toda una vida.

Como el pan que dicen traen los niños al nacer, cada persona que conocemos, llega con un propósito debajo del brazo.

Y no suele ser fácil diferenciarlo o saber apreciarlo a primer golpe de vista. Ni siquiera en un segundo repaso o trascurridas varias primaveras. En algunos casos se huele desde el mismísimo principio, y en poco tiempo se confirman todas o gran parte de nuestras sospechas.  Mientras que, en otros casos, no se ve hasta que las evidencias hablan por sí solas o hasta que la leche es tremenda.

Que hay veces que no hay más ciego que el que no quiere ver, mientras que en otras, verlo claro, no es tan obvio ni resulta tan claro.

Que en ocasiones, simplemente se sabe. Se siente. Algo nos lo dice, sin saber muy bien el qué. Presentimos que esta vez sí, que no es un simple “pasaba por aquí”. Que llega para largo, que no está de paso, ni para tonterías. Al menos de momento. Que quiere y pretende quedarse. Y compartir su tiempo. E invitarnos a su historia.

Y es que cada persona es toda una historia en sí misma. Una historia en pleno proceso creativo, en un continuo escribiendo, en un emocionante to be continued. Con sus fotos tanto improvisadas como ensayadas. Tanto las más impresionantes como aquellas que quedaron borrosas.

Una historia con sus personajes de todo tipo, protagonistas, secundarios y hasta suplentes. Que para todos hay cabida. Con sus mil y un hilos argumentales que se entremezclan a menudo entre sí, dándose sentido entre ellos, quitándoselo a aquello que se queda fuera

Una historia con sus más pero también con sus menos. Aquello que no todo el mundo ve o lo que no todo el mundo muestra. Sus lágrimas, sus meteduras de pata, sus “tierra trágame”. Sus anotaciones en una esquina para no olvidar detalles. Sus páginas dobladas, sus borrones, tachaduras y faltas de ortografía. Y de sentido. Y de emociones.

Historias que se asoman, que saludan, que se presentan en primera persona. Cada una a su manera. A veces con sus mejores galas para causar la mejor de las impresiones. Y en otras, con las legañas pegadas y el pelo alborotado. 100% naturales, sin complejos, sin importarle lo que otros piensen de ellas. Y que te dejan ser tú. Con toda la intención y todas tus ganas. Que no fingirlo.

Postureo cero.

Historias que enganchan, como las de los libros. Esos que devorar es poco. Esos que relees en más de una ocasión y hasta te aprendes algún fragmento de memoria. O aquellos que una vez empiezas, no consigues dejar ni por un segundo. De los que llevas contigo a todos lados, de los que cuidas como si fuera un valioso tesoro. Historias de las que te saltarías algún trozo por plantarte antes en el final.

Pero que al final, las mejores historias son las que están por inventar. Las que no están en los libros, ni serán jamás escritas. Las que no conocen de reglas, de principios prometedores ni de finales felices. Y es que las buenas historias, las de verdad, no tienen final.

Como las personas.

Lleguen con una u otra razón, para una estación concreta o con planes de quedarse toda la vida. Que cada historia es única. Y cada una de ellas importa.

Como aquellas personas con las que lo único que deseas es poder frenar el reloj, que en la distancia el tiempo vuele, mientras que estando juntos… se frene a ser posible. El tiempo, el reloj y la vida en sí misma. Que se quede lo demás en segundo plano, en reserva, es espera. Y poder quedarte allí, todo lo que quieras.

Como las personas que te dan alas. Para ser, volar y soñar. Que sacan lo mejor de ti, lo que no sabías que guardabas, incluso tu lado más payaso, tu creatividad más genuina y el sentido del humor que creías no tener. Personas que dan sin exigir. Que regalan. Que actúan sin interés

Personas con los que el café se enfría y cualquier preocupación se congela. Con las que hacerlo todo o no hacer nada, siempre es una opción muy válida. Aquellas a las que les coges cariño hasta sin pretenderlo. Poco a poco. Palabra a palabra. Abrazo a abrazo. De beso en beso. Y que razones no te faltan.

Razones. Las que cada persona pueda tener, que siempre hay alguna. Para llegar, para estar, para marcharse. O no querer hacerlo. Para echar raíces o para buscar nuevas tierras. Nuevas semillas. Nuevos aires. Nuevas personas con las que crear historias, personajes y fotografías para el recuerdo.

Y que hay personas y personas. Que cada una llega para quedarse una temporada, unos años o hasta el mismo infinito. Pero que dejar marchar a algunas de ellas… se puede lamentar demasiada vida.

Que las mejores personas, como las historias, son de carne y hueso, y están pendientes de escribirlas.

Y de vivirlas.

 

Patricia.

Lo bonico

Bonicas las palabras. Las que remueven el alma y dan color a las mejillas más pálidas. Las que levantan el ánimo, provocan sonrisas y alegran los días. Las palabras espontáneas que surgen de la nada y que lo valen todo. Las que cuestan tanto decir y dicen mucho con muy poco. Las que vienen de quienes más quieres y de quienes menos esperas. Las escritas entre emojis y abreviaturas, las que se pierden con el viento. Las que se susurran al oído, las que se dicen mirándose a los ojos.

Bonicas las risas. Las sinceras, las verdaderas, las espontáneas. Por su sonido, su melodía, su capacidad de romper silencios y borrar tensiones. Por su naturalidad. Las risas que se contagian, las que atraen sin maldad y provocan otras sonrisas. Las que relajan los hombros, la vida, los días. Las que quitan hierro y añaden sabor. Dulzura. Esencia.

Bonicos los suspiros. Los que te pillan de sorpresa y por la cosa más simple. Y hasta insignificante. Los que te pillan sin cámara o móvil que te haga perdértelo. Maldita costumbre la nuestra de querer grabarlo todo, en lugar de vivirlo en directo. Suspiros que te abren los ojos, la mente, el alma. Los que te dejan flotando y con la felicidad en los labios. Los que nos hacen más humanos.

Bonicas las sorpresas. Las que llegan una tarde cualquiera, las que rompen el aburrimiento, las que tiran abajo cualquier rutina. Las que te despeinan y alborotan el flequillo. Las que llegan para revolucionar tu mundo. Para cambiarlo, para quedarse. Para hacer borrones, cuentas nuevas, puntos y aparte.

Bonicas las personas. Las de ayer y las de mañana, pero sobre todo las de hoy. Quienes hoy te dan la mano y bailan a tu lado. Les guste o no la música. Se sepan o se inventen cada uno de los pasos. Quienes saltan en los mismos charcos y andan sin paraguas bajo los que resguardarse de la lluvia. Personas que tienen su propia luz y no dejan que nada ni nadie la apague. Personas que brillan y, lo más importante, que te hacen brillar a ti también. Que tú por tu cuenta, ya lo haces, pero ya se sabe aquello de que “en compañía se llega más lejos”.

Bonicos los regalos. Los de una fecha señalada y los improvisados. Los regalazos que cualquiera admira y los pequeños detalles que pasan desapercibidos para muchos, para la mayoría. Los que no vienen ni siquiera envueltos en coloridos papeles, ni con un cuidadoso lazo rojo. Los regalos porque sí. Porque apetece. Porque se sienten. Más allá de quedar bien o porque nos lo chive el calendario. Los regalos más personales. Los que se dan sin esperar  vuelta. Los que emocionan incluso más al que los da.

Bonico el tiempo. Cuando nos da la razón y hasta cuando nos la quita. Sabio él. Por enseñarnos tanto, por enseñarnos siempre. Por enseñarnos a valorar realmente las cosas, lo que importa, y cada respiración. Por acompañarnos. Por hacernos cambiar de ideas, de planes, y hasta de sueños. Por ponerles fecha. Por darnos espacio para hacer, correr y volar. Por regalarnos oportunidades, hasta donde sólo vemos vacíos y finales.

Bonicas las caricias. En la espalda, en el pelo, en la mejilla. Las caricias con el mayor cuidado. Y respeto. Y deseo. Las que hablan tanto, que parecen llevar subtítulos. Las que hablan sin palabras.

Bonicos los sueños. Los que un día se materializan y se dejan rozar. Y tocar. Y sentir. Los propios y los ajenos. Los breves y los que llevan su tiempo. Los que parecían inverosímiles hasta que se hicieron. Los que pasaron desapercibidos, hasta convertirse en los más grandes. Los sueños que todavía nos quedan por cumplir. Los que cumplieron tus expectativas y los que las superaron. Incluso los que no, por el simple hecho de vivirlos.

Bonico tú. Por leer, por quedarte, por ser parte. Por estar ahí.

Bonica esa persona. La que alegra tu mundo. Cualquiera que lo haga un lugar mejor. Más bello. Más acogedor. Los que te acompañan, los que creen en ti. Los que algo te enseñan, aunque no se lo pongas fácil. Los que están, siempre que los llamas. Y aunque no lo hagas. Los que te enseñan a levantarte, cada vez que te caes, a contar, cada vez que pierdes la cuenta. Los que te hacen ser tú, y no dejar de serlo.

Bonica la vida, cada día que te sonríe y se deja acariciar.

 

Patricia.

 

Que viva el amor

El amor sincero. El que se regala sin más. Porque se quiere. Porque se elige. Porque es real. Porque no tiene segundas intenciones ni terceras versiones. El que no pide, da. El que no espera a que otros le digan cuándo le toca, cuándo es su turno o cuándo descansar. Y nunca descansa.

El amor de los sentidos. Los cinco, sin dejarse ninguno de ellos. El que mira a los ojos y habla al corazón. El que escucha y deja escuchar. El que se viste cada día de un color, de verde esperanza, de rojo pasión. El que se vive, aunque no se sepa expresar. El que no se ve, pero se siente.

El amor de detrás de las cámaras. El que se escribe solo, sin guion. El amor del que no nos hablan en las pelis románticas. Esas en las que conoces el final desde el principio, el principio antes de empezar. En las que todo acaba bien, brindan con champán y viajan a París. Historias en las que el drama se convierte en rosa, comen perdices y suenan campanas de boda. Pero no nos muestran el día de después. La historia detrás de los títulos finales, cuando se apagan las luces y comienza la acción. La de verdad.

El amor apasionado. El que deja sin respiración, sin tiempos muertos, sin tiempo que desperdiciar. El que nos llena de sentido, de vida, de ilusión. De aire. De emoción. El que no entiende la vida de otro modo, que no sea queriendo y apostándolo todo. Que no sea exprimiendo cada momento, sin dejar de dar cariño hoy, en lugar de olvidarlo para un mañana.

El amor valiente. Sin miedos, frenos ni traumas pendientes. El que parte de cero en cada ocasión, con cada persona, al despertar cada día. El que olvida y perdona. El que pasa página por decisión propia. Y no se ancla. El que va de frente y no se pierde en rodeos innecesarios. El que sale a ganar, sabiendo que puede perder. Y que nunca pierde.

El amor más amigo. El desinteresado. El que surge del trato, del roce, del cariño. El que crece con el tiempo y se nutre a diario. Aun en la distancia. El que llama cuando hace falta, el que siempre se anticipa. Y sabe cuándo se le necesita. El que ilumina, fortalece y vuelve la vida más alegra. Más sencilla y más divertida. El amor que cura heridas y ayuda a que dejen de sangrar. A que cicatricen antes. A que dejen de doler. Y a olvidarnos de ellas.

El amor sin fechas. Aquel que no caduca nunca. Aquel que no se alimenta de regalos y celebraciones de año en año. De un San Valentín a otro. De lo que dicten las modas y los grandes almacenes. O incluso los más pequeños. De los grandes planes que nos venden a granel, en grandes packs carentes de personalidad, de los que nos sacan de algún apuro, de los que terminan por no decir nada. El que se aleja del amor envasado y edulcorado, del amor más artificial y comercial.

El amor poético. El que se convierte en verso, en un canto, en el mejor de los conciertos. El que describe, canta y enamora. Aunque no rime y cada estrofa siga una estructura. El de las bonitas metáforas. El que atrapa, aunque debas leer varias páginas antes. El que lees más de una vez, y te aprendes hasta de memoria.

El amor paternal. El de esos padres que quieren antes de. Desde el primer latido, la primera imagen, el primer llanto. Y muchísimo antes. Los que sobrellevan meses de espera, de nervios, de insomnios. Los que ya quieren antes de tan siquiera conocerlo. Los que lo dan todo sin condiciones. Sin intercambios. Los que se entregan en cuerpo y alma. Día tras día. A cada segundo.

El amor cotidiano. El de las pequeñas cosas. El que cuesta más de ver y no por ello vale menos. El que está en todo. El que se escribe en pequeños post-its, el que se lee en los libros. El que florece en una sonrisa, en un saludo, en “te echo de menos”. En los “cuídate”, “nos vemos” y los abrazos más tímidos. El que se cuela entre conversaciones, gestos y deseos.

El amor incondicional. Que siempre está ahí, dispuesto a estar. A dejarse notar cuando hace falta. A acompañar, hombro con hombro, silbando, cantando o en silencio. Por el camino que sea. Dispuesto a compartir lo que toque ese día. A proponer y a seguir. A enseñar y a aprender. A no esconderse bajo un árbol cuando llueva, a mostrar la luz de las estrellas cuando la noche caiga y la oscuridad se cierna.

El amor propio. El que nadie más puede darte. El que está en ti. El que influye en todos los demás, mucho más de lo que pudieras pensar. El rey del mambo. El que si falta, no hay otros. El que si falta, se sustituye con algún que otro tóxico. Y artificios. El que cuida de ti y te da lo que mereces, lo mejor. El que no te juzga y te deja ser tú mismo. El que vive en ti, y gracias a ti. El que se riega un poco cada día y crece mucho. Y florece. Y resplandece.

El amor que todo lo cura.

Y que hoy, mañana y siempre…

Que viva el amor.

 

Patricia.