Lo que te guardas

¿Dónde van las palabras que no se dicen?

Las que se escriben en lápiz y se llenan de tachones. De borrones. De anotaciones en los márgenes, apurando los espacios y rellenando cualquier hueco que quede. Para complementar otras ideas o para aclarar lo que no se entiende. Para recordar algo que no queremos que se escape o para evitar repetir estupideces. Para dar sentido a lo que de otra manera no lo tiene. Palabras que se pierden en una hoja mal doblada y arrugada, que cuando lanzas a la papelera, siempre cae fuera.

Las que se susurran lo más bajo posible y de la manera más discreta, para evitar que otros lo escuchen. Para impedir que cualquier intruso las intercepte. Queriendo o sin querer. Para sabotear que cualquier desconocido las entienda, las haga suyas, les de la vuelta. Para sí o en nuestra contra. Para proteger nuestras palabras, nuestras ideas, nuestros pensamientos.

Incluso de nosotros.

Palabras que guardamos bajo llave, en una bonita caja con un candado decorado. Temiendo que sean descubiertas, malinterpretadas, infravaloradas. Temiendo que se las lleve el viento si abrimos la tapa por descuido. Para cuidarlas con mucho tacto, para regarlas con mucho mimo, para evitar que se marchiten con la falta luz, de sol y de aire fresco. Para darles tiempo, espacio y posibilidades. De tener su momento, de crecer y brotar espontáneamente, de preservar su personalidad y significación.

Las que pensamos que no dicen nada o que cuentan demasiado. De ellas, de nosotros, de cualquiera o cualquier cosa. Las que pueden frenar grandes planes y mandarlos al traste. O las que dan el pistoletazo de salida y marchan viento en popa a toda vela. Las que dan pistas, señales o descubren todas las cartas. Sobre la mesa. Sobre quien sea. Las que esperan ocasiones, juegan con el factor sorpresa y ganan el final round.

Palabras que no sabemos si queremos que se conozcan, que se digan, que se repitan. Si están preparadas para ello o necesitan madurar un tiempo. Ni si queremos que salgan de nosotros mismos. Revelarlas, darlas a conocer, soltarlas de nuestra mano. Arriesgar a que pierdan protagonismo, que se diluya su fuerza, que mengüe su perspectiva de futuro. Las que queremos abrigar y defender, sin saber muy bien de qué. O de quién.

Dicen que guardamos de más.

Y que ocupamos demasiado espacio. Que deberíamos aprender a soltar. Lo que ya no tiene valor, sentido o utilidad. Los por si acaso, los “un día”, los “es que”. Lo caduco. Lo que guardamos que nos ate. Al pasado, a lo que dejamos atrás, a lo que ya no somos. A viejos recuerdos, a antiguos sueños que ya no lo son. Y que no volverán. Y que deberíamos aprender a reconocerlo. Lo que sobra, de entre todo lo que guardamos.

Y que lo que guardamos nos condiciona. Nos define. Nos describe. Habla de nosotros y de nuestros temores. De nuestras esperanzas, cumplidas y no. De nuestros porqués, causas y causalidades. De nuestros destinos y pasos en falso. Y no tan falsos. De lo que acertamos, a la primera o a la vigésima vez. Por méritos propios o por la casualidad más pura.

Que lo que guardamos se seca. Se marchita. Se llega a echar a perder. Y olvida toda su frescura, su completa naturalidad, sus más vivos y brillantes colores. Que se pudre, y no sólo por fuera. Que una buena apariencia no siempre significa que por dentro no haya grietas. Vacío. Silencios. Y que no siempre lo tapa bien. Y que lo que se guarda con mucho ahínco, es fácil perderlo de vista y que caiga en el olvido. En el silencio.

Y que no florezca.

Y que por el camino podemos perder mucho tiempo, espacio y oportunidades. Mientras llenamos ese baúl de recuerdos, ese  rincón de nuestra memoria, esa parte de nuestro interior. Ocupando un valioso lugar.

Pero que si guardamos menos y elegimos mejor, podemos hacer hueco. Para lo nuevo, para lo bello, para lo más bonito. Para nuevos amaneceres, nuevas palabras y mejores recuerdos.

Para guardar nuevas promesas, nuevos anhelos, y nuevas historias por escribir. Por dar vida. Por protagonizar.

Que lo que guardas, es sólo tuyo.

Eres tú.

 

Patricia.

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Todo lo que suma

“El presente es la viviente suma total del pasado”. (Thomas Carlyle)

 

Nos enseñaron que las matemáticas, por definición, son una ciencia exacta. La única, de hecho. Que da respuestas, claras, directas, inequívocas. Que aclara dudas y resuelve ecuaciones. Y casos. Y problemas. Que despeja incógnitas y demuestra teorías. Que no sólo las formula. Que comprueba sus fórmulas y que deja fuera juicios, prejuicios y otras opiniones subjetivas.

 

También nos enseñaron que uno más uno no siempre son dos, que puede ser 3, 11 o a saber. Que depende de dónde partimos y qué buscamos. Que depende de las condiciones, de los peros, del planteamiento inicial que hagamos. Que depende del contexto, de la situación, de la mente de cada uno, de su manera de razonar. Pero que las cuentas, al final, siempre cuadran. O deben hacerlo…

Hasta que no cuadran.

Hasta que los resultados no acompañan. Hasta que el problema no se resuelve y la respuesta no es correcta. Porque algo sobra. O porque algo nos falta. Hasta que todo lo que entra no es igual a todo lo que sale. A que no sale todo, o no como se esperaba. A que los resultados ya no suman, sino que restan. O nos dan igual. O no nos dicen nada, y nos dejan indiferentes, y pierden cualquier sentido.

No en vano, hay quien dijo, que nada es absoluto, y que todo es relativo.

Porque a veces, lo que parecía ir bien, resulta que no lo iba tanto. O que ni sabíamos cómo iba. O que ni sabíamos qué era bien y qué no. Porque no le hacíamos mucho caso. O ninguno. Hasta que se tuerce. A mitad, a final o cuando sea. O quizá ya partía encorvado y un poco desorientado desde el principio, pero no lo vimos. Y pasa que lo que iba a llegar, ni llega, ni da señales de que vaya a hacerlo. Se pierde, se vicia o se deja echar a perder.

Pasa que con lo que contabas sí o sí, puede desaparecer de la noche a la mañana. Dejándote sin más, sin explicaciones que valgan ni excusas baratas. O te lo explica de una manera pobre, incomprensible, andándose por las ramas. Sin aclarar nada y complicando todo. Haciéndote perder el tiempo, el norte y las ganas. Minando tu motivación, tu energía y cualquier atisbo de coraje. Enseñándote a restar.

Enseñándote a aprender a sumar.

Que en ocasiones menos es más y más es menos. Y que todo, a su manera, suma. Que a veces, más a menudo de lo que parece, un signo negativo también suma. También aporta. También crece. Quizá por otro lado. Quizá no lo que esperábamos, pero algo trae. Que de todo se aprende, y de todo se sale. Aunque los números no nos salgan. Aunque las cuentas no nos cuadren.

Pero que si haces que todo sume, hay negros que se vuelven grises e imposibles que no lo son tanto. Imposibles que se simplifican, que se vuelven menos complicados. Menos inverosímiles, más probables. Y que se acercan. En el tiempo, en el espacio. Y llegas a tocarlos, a sentirlos, a vivirlos. Y les pierdes el miedo, y se quedan a tu lado.

Y si haces que todo sume y consigues seguir los pasos, se despejan todas las incógnitas, solucionas los problemas. Y obtienes resultados. Y aunque surjan otras dudas y otras cuestiones, cada vez te será más fácil resolverlas. Cada vez te será más fácil encontrar el equilibrio, el punto medio, y las proporciones exactas. Y que en el punto medio, está la virtud. Y en ese mismo punto medio, está la clave del éxito.

Y el éxito de hacer que todo sume… está en tus manos.

Aunque no lo creas.

Al igual que el de conseguir que te salgan las cuentas. Todas. Sin excepciones. Las tuyas y las de los tuyos. Porque si compartes, multiplicas. Porque si das, creces. Porque si crees, creas. Porque tus propios límites, te los creas y los rompes por tu cuenta. Y que si los rompes, puedes tender a infinito.

Y que sean cinco minutos, unos meses o algún que otro año, todo suma. Todo aporta al resultado. Que las pequeñas cosas pueden crear grandes diferencias. Y las crean, de hecho. De las buenas. De las que sacan sonrisas y rellenan el alma. De alegría. De paz. Y de esperanza.

Y que lo urgente a veces no lo es tanto. Y restarlo no está de más. Mientras que cuidar lo importante… es el mayor regalo. Es la mejor de las cuentas. Es un gran resultado. Porque es el recuento de uno mismo. De esas pequeñas cosas, de esas grandes sumas. De momentos, de personas, de tesoros. De límites superados y de caminar en equilibrio.

De decidir por uno mismo y de crear con nuestras propias manos.

De saber que todo suma, en la medida en que se lo permitamos.

 

Patricia.

De lo que vales

Que no se te olvide lo mucho que vales.

Aunque te digan lo contrario o te lo insinúen sutilmente. Aunque no te reconozcan nunca o no te dirijan siquiera la palabra. Pese a que te resten méritos, todos ellos o alguno en concreto. Aun cuando te saquen cualquier pega, por pequeña que sea o dejen salir sus prejuicios. Recuerda que son suyos. Por mucha crítica destructiva, zancadillas o pisotones que sufras. Por mucho que te digan, te comparen o te infravaloren. Por mucho que otros se lleven los aplausos. Apláudete tú.

Que no se te olvide lo grande que eres. Lo grande que siempre has sido, aunque ni tú ni nadie lo mencione o se atreva a decirlo. Ni en voz alta, ni tampoco en bajito. Ten muy presente lo lejos que has llegado. Y lo que aun te queda por dar. Por lograr. Por conquistar. Lo bien que haces, aprendes y eliges. Las buenas intenciones, la valentía y la fuerza de voluntad. Por cultivarlas. Que si nuestras palabras hablan por sí mismas, nuestros actos nos definen. Actúa en consonancia.

Que no se te olvide lo que das. De ti. A ti y a los demás. Lo mucho que eso vale. Y lo poco que se valora. Incluido tú. Y lo mucho que se llega  a echar en falta, cuando falta. Lo mucho que ayudas, o lo poco, que siempre es menos que nada. Lo que construyes a diario, lo que crece gracias a tus manos. Cada segundo que inviertes que te viene devuelto en forma de vida. En forma de presente, y de futuro. Cuenta cada uno de los granitos de arena que pongas. No dejes de contar. Y de dar.

No te olvides de saber estar. Contigo y con quien quieras. Y de no estar siempre. Ni mucho menos en todo. De saber con quién estar y a quién dar espacio. De saber en qué momento y por cuánto. Y acostúmbrate a dártelo. Espacio. El que necesites. Y a respirar contando hasta donde tú consideres. Aprende a saber escoger y a priorizar. A pensar qué es lo mejor, qué puede esperar.

No te olvides de ti. Ni te inventes excusas ni aceptes las que otros te quieran dar. Estate contigo, a tu lado, de tu mano. No te dejes. No te abandones. Bajo ninguna circunstancia. Bajo ningún tipo de  escapatoria. Bajo ninguna promesa de arreglarlo en un futuro. Recuerda que hay cosas que no se cumplen. No te pierdas ni en los días más grises ni en las crisis más profundas. Ni cuando creas que te falta tiempo o cuando empieces a dudar. De lo que sea. Cuando sea. Y acompáñate. Y cree en ti. Y no dejes de creer.

 

No te olvides de resetear. De parar cuando lo consideres. De tomar oxígeno, aire y felicidad. De volver. De ir. De saltar y ponerte a prueba. De perdonarte cuando no puedas llegar. Que a veces no se llega en el primer sprint ni en primer lugar. Que lo suyo es llegar cuando se pueda. Cuando se esté preparado. Que cada uno marca sus tiempos, sus horarios, sus límites. Y que cada uno, a su ritmo, lo puede mejorar.

No te olvides de ser tu amigo. El mejor. Tu compañero. En las buenas, las mejores y las no tanto. Aprende a ser tu cómplice incondicional. El que sabe, el que espera, el que siempre contesta. Y no se cansa de ello. No te olvides de quererte y cuidarte. De exigirte de acuerdo a tus posibilidades. De saber ajustar tus expectativas-. De ser realista. De no perder de vista tu horizonte, de adornarlo a tu gusto.

Que se no se olvide que cada persona es única y tú no eres una excepción. Que el valor se marca desde dentro.

Que se no se olvide que vales todo eso y mucho más.

 

Patricia.

El comienzo de algo

Dicen que el que algo quiere, algo le cuesta.

Que no basta con querer que algo salga bien, que las cosas fluyan por sí solas ni que los astros nos sonrían. Que no es suficiente con desearlo hasta el infinito y más allá, ni que contarlo a todo el mundo lo haga realidad. Y que ni siquiera decidirse, empezar, tratar de acabar o rematarlo es suficiente. Que nada de eso nos asegura el éxito. Ni tampoco el fracaso.

Que no es tan simple.

Que uno más uno no siempre suman dos, y que a veces nos quedamos sin más letras del abecedario a las que recurrir. Sin más planes que nos salven, ni recursos que nos saquen de donde nos hayamos metido. Porque es más que habitual que nos metamos en más sitios de los que toca. En más asuntos de los que queremos. En más viajes de los que estamos dispuestos a experimentar. Pero que igual que nos metemos, podemos salir por nuestro propio pie.

Porque todo lo que entra, sale.

Y todo lo que va, vuelve.

Y que no todo es desear, planear y soñar. Que eso está bien. Que como primer paso, genial. Pero que no hay que quedarse ahí. En deseos, planes y sueños. Que la acción cuenta. Y mucho. Que sin acción no hay resultados, no hay reacción, no hay soluciones. Que se puede esperar mucho, y por mucho tiempo, y que aun así, nada llegue. Por mucho que lo deseemos, los planeemos al dedillo o lo soñemos a diario. Nada de nada.

Pero lo que es seguro, es que tomar las riendas traerá sus frutos.

Frutos que quizá tarden en mostrarse, más de lo que nuestra paciencia esté dispuesta a soportar. Que quizá no sean los exactamente esperados. Sin que ello signifique fracaso. Frutos que quizá florezcan de sopetón o que no florezcan todo lo que cabía esperar. Pero que en cualquier caso, serán resultado. Nuestro. De nuestra  acción.

De nuestros comienzos.

A veces se comienza completamente a ciegas, sin ver ni por dónde vamos, ni hacia dónde. Quizá por no querer ver, quizá por pensar en otras cosas. En otras ideas que nos obsesionan o en otras distracciones más entretenidas. En otros momentos más ideales o en circunstancias que nos sean más favorables. Por pensar en lo que no toca.

A veces se comienza sin tener el rumbo claro. O con un destino erróneo. Sólo que no lo vemos, hasta que llegamos. O hasta que vemos que no llegamos nunca. Hasta que vamos haciendo pruebas que nos hablan por sí solas. Que nos revelan verdades. Y que nos hablan de nosotros mismos.

A veces, sólo a veces, aciertas a la primera. La suerte del principiante lo llaman. Lo habitual es errar. Una vez detrás de otra. Pequeños fallos y grandes meteduras de pata. Enormes en ocasiones. Para madurar. Para crecer. Para aprender. De ti y de tus fallos. De otros y de todo.

A veces es necesario equivocarse una última vez, cuando ya habías decidido abandonar. Cuando ya habías tirado la toalla y colgado el cartel de cerrado. Por vacaciones indefinidas. Por lo que sea. Cuando pensabas en que una vez más, era otra de esas veces en que te habías vuelto a equivocar. Que lo habías vuelto a hacer mal. Que la habías vuelto a liar. Que habías vuelto a tus andadas. Cuando cada paso que das es único.

Cuando cada paso es una oportunidad.

A veces, las historias se repiten, una detrás de otra. Con demasiada frecuencia, como si fueran auténticos calcos. Hasta que te plantas y decides cambiar el final. Hasta que cambias de protagonistas, de línea argumental y hasta de tiempo. Hasta que le das un giro al narrador, y pasas a la primera persona. Del singular. Y en presente. Y te olvidas de pasados imperfectos, de futuros inciertos y de los malos que se cuelan en cualquier relato, en cualquier momento. Y te centras en ti, en tu historia, y te dejas de otros cuentos.

Y que sí, cualquier época es buena para comenzar algo.

Sea septiembre, enero o en mitad de verano. Que cualquier momento es bueno para dejarse de borradores, listas y planes de futuro. Para dar ese salto. Ese gran salto. Que nos causa pavor, que nos hace temblar hasta los pies. Un salto que no siempre es al vacío. Ojo. Aunque sí, puede que en alguno no veamos el suelo. Pero si hay que saltar, se salta. Y a por todas.

Porque empezar es tan fácil como queramos que sea. Sólo es proponérselo y lanzarse. Cada uno a su manera. De la que le sea más cómoda, más suya. Más propia.

Fácil cuando se apuesta por uno mismo. Cuando se deja de copiar y hasta de mendigar. Si se dejan los miedos a un lado, si se olvidan los peros, orgullos y cualquier otro límite.

Fácil cuando se decide que sí, que esta vez sí. Y se le añade acción. Y se le suma valor. Se cultiva el sueño y se cuida la ilusión. Y dejas de ver difícil el comienzo, y comienzas a quererlo.

A quererlo desde el principio.

El comienzo de ese algo.

 

Patricia.

 

PD: gracias a De Azul Turquesa por ayudarme en este comienzo de algo nuevo y prometedor. Gracias por este logo que tan bien plasma la esencia de mi blog y una gran parte de mí misma.

 

Cuenta

Cuenta tus alegrías. Aprende a contarlas, a disfrutarlas, a vivirlas. A no empequeñecerlas de ninguna de las maneras, a no esconderlas de nadie, a no avergonzarte de ellas. Ni de ti. Grítalas a los cuatro vientos. Compártelas con quien quiera compartirlas contigo. Siempre hay alguien dispuesto. Siéntelas. Todas y cada una de ellas. No deseches ninguna. No te dejes ninguna por el camino. Por pequeña que sea, todo suma. Por insignificante que te parezca ahora, hay cosas de las que sólo volviendo la vista atrás, te das cuenta de su grandeza.

 

 

Cuenta tus días. Los que te gustan, y los que no. Los que empiezan y terminan de una manera increíble, tanto que te cuesta tanto dejarlos ir. Cuenta también las horas de aquellos en los que las cosas no salen como quisieras, días en los que has de buscar en los pequeños detalles para extraerles algo de color. Y aprende a pintar cada día, cada minuto, cada suspiro. Del color que elijas. Con los degradados que prefieras. Con las mezclas que te apetezcan. Aprende a pintar tu propio lienzo, a darle color a tu vida.

Cuenta en positivo. Y suma siempre que puedas. Que la vida ya se encarga de restar más a menudo de lo que quisieras. Contrarréstala. No le dejes que vaya a menos, que decrezca, que se quede vacía. Aprende a llenar vacíos y a ocupar espacios. Haz que vaya siempre a más. Por poco que sea. Por lento que sea. Al final verás, que todo suma. Y que con un poco de aquí y un poco de allá, te salen las cuentas.

Cuenta las oportunidades que se te presentan cada día. Las que se arman de valor y llaman a tu puerta directamente. Las que se esconden detrás de cada esquina, esperando que vayas a por ellas. Las que se disfrazan de reto, y te ponen tan difícil conseguirlo. Las tímidas, las que se dejan ver en mínimas ocasiones. Las que parecen un sacrificio sin sentido, un callejón sin salida, o hasta una maldita maldición. Aprende primero a verlas, a reconocerlas, y luego, a ir a por ellas. A que no se te escape ninguna. O ninguna que realmente quieras. A decidir cuáles serán tuyas.

 

 

Cuenta tus personas. Las que te rodean. Las que están a tu lado. Porque siempre hay alguien fiel, que siempre está ahí. Aunque no lo veas ahora o te surjan dudas en determinadas situaciones. Empieza por algo: empieza a aprender a verlo. A tus personas. A disfrutar con ellas y de ellas. De su compañía. Aprende también a corresponderles. A dar más y exigir menos. A ser más tú, y a dejarles ser ellos mismos.

Cuenta tus miedos… en voz bajita, si no te atreves a gritarlos. Pero cuéntalos, para afrontarlos. Para ahuyentarlos. Para dejarles salir. Para obligarles a salir. Deshazte de ellos para que te empiecen a salir las cuentas. Y como equilibrio, cuenta más chistes. Cuenta humor, cuenta sonrisas. Que es gratis. Que no cuesta nada. Y que tan bien sientan. De maravilla. Tanto al que regala y al que recibe. Y valora más esos regalos.

 

 

Cuenta contigo. Siempre. No te olvides de que estás ahí. No te olvides de que tú también existes, de que tú también sientes, de que tú también vives. Aprende a escuchar tus necesidades y a valorar más las reales. Aprende de una vez, que a veces no puedes salvar a nadie, si no te salvas a ti primero. Y que no siempre debes salvar a alguien.

Y ponte más veces en primer lugar. Te lo mereces.

Y no dejes de contar.

 

Patricia.