Dejarlo todo

Una cena improvisada. Una conversación desenfadada. Una canción de jazz sonando de fondo.

He perdido la cuenta de las veces que he oído aquello de “algún día” complementado por algún ojalá y acompañando a unos ojos que no se terminan de creer lo que la boca dice. O aquel “lo dejaría todo,…” seguido de un gran pero y un oportuno trago de lo que sea que se esté bebiendo en ese momento. Para añadir dramatismo, espacio, o para rellenar el hueco cuando no se sabe cómo continuar.

Excusas de hoy y de siempre, aburrimiento para mañana.

Porque hay momentos en que hablamos por hablar. Contamos lo primero que nos viene a la cabeza, sin preocuparnos de si tiene lógica o no. De si realmente nos importa, de si es algo en lo que mañana seguiremos pensando. De si nos hará bien o mal. Pero lo soltamos. Y nos dejamos escuchar. Y dejamos que eso sea lo que en ocasiones más nos preocupe, que nos escuchen.

En otras ocasiones, por el contrario, andamos en búsqueda del sentido de aquello que no lo tiene. De no aceptar un no, de buscar un sí a toda costa. Aunque sea un sí a medias o con lo boca pequeña y los dedos cruzados. Y no nos rendimos. Y seguimos. Buscando motivos, buscando agua en un pozo visiblemente seco, esperando encontrar algo más que agua.

Y otras veces no entendemos bien lo que esperamos. Hablamos para dar salida a lo que no sabemos sacar de otra manera. A lo que no queremos llevar ya más con nosotros. A lo que no sabemos desde cuándo nos acompaña, y queremos darle esquinazo, despistarle a la primera de cambio, y salir hasta corriendo.

Y muchas veces, sí, hablamos. Mucho o poco. Todo o nada. Con toda la razón del mundo, o con la que creemos tener cada uno. Pero nos quedamos en eso.

En la apatía de un hoy que no nos gusta, de un mañana que ya se verá. En la comodidad de dejar de hacer y quedarnos tal cual. Sin mover un dedo. Sin despeinarnos. Sin dar esquinazos. Y mucho menos correr. Que sea cosa de cobardes, o no, a no todo el mundo se nos da bien. El correr, el sacar agua de un pozo, el dejar atrás.

Que no para después, o para mañana.

Que lo fácil es dejar las cosas como están y el café para “algún día” Ese café que lleva tanto tiempo pendiente. De palabra. De pensamiento. O en nuestra cara. Cafés que se enfrían sin remedio, y que se acaban tomando un día cualquiera, por tomar. Por obligación. Por el qué dirán.

Y dejamos cosas, pensamiento, personas. Para ese día imaginario en el que haremos todo lo que hoy nos da pereza. O miedo. O lo que sea. Para ese momento perfecto. Para cuando nos venga bien, mejor o ya no haya remedio.

Y dejamos que otros hagan, que otros salten, corran y vuelen, mientras nos sentamos a mirar. A hablar. A veces, más de la cuenta. A veces, incluso de lo que no sabemos.

Mientras que hay valientes que dejaron de bailar canciones que no les gustaban, que dejaron de aprender canciones a medias. Que jugaron a improvisar, que entrenaron por su propia cuenta.

Personas que se visten como tal, aunque en el fondo les tiemblen hasta las pestañas. Que apuesta a ganar, aunque la probabilidad de hacerlo sea una entre un millón. Personas que apuestan por sí mismas, por el hoy mejor que el mañana, por buscar agua donde pueda haberla. Personas que no dejan que las tilden de locas. O que les importa bien poco que lo hagan.

Personas que reflexionan, actúan y corren. Que hablan y saben callar. Y escuchar. Que se van por decisión propia. Que se quedan por su voluntad. Que piensan más en lo que sí que en lo que no. En lo que suma, más que en lo que resta. Que no temen perder y que saben que perdiendo, es cuando más se aprende. Que sienten que tienen más poder del que otros puedan imaginar o reconocer.

Personas que quitan fuerza al “y si”, al miedo a equivocarse, a hablar de errores fatales. Personas que saben que habrá un después, una bifurcación donde parece no haber salida, una nueva ventana abierta cuando el calor empiece a sofocar. Que no les preocupa si no sale. Ni si será perfecto. Ni dejan que eso les pare. Porque saben que será lo que será. 

Personas que no piden nada. Ni exigen. Ni esperan. Sino que dan. Espacio, tiempo, oportunidades. Y regalan. Abrazos, palabras, motivos. Y autoescriben su propia guía.

Personas que saben dejar atrás. Cuando así lo sienten. Y volver a empezar. Cuando así lo quieran. Cuando así toque.

Personas que cuando se deciden por algo, lo dan todo, y dejan lo demás. Todo lo demás. Sin reproches, arrepentimientos o quejas. Que no se pierden en los detalles más insignificantes ni en rodeos que les desvíen de su camino. Que eligen con voz y voto propios. Sin esperar la aprobación de otros.

Raritos los llaman.

A los que sí. A los que están donde quieren estar y no se lo preguntan a nadie. A los que saben escucharse y hablar consigo mismos, sin censurarse.  A los que saltan al vacío, dejando las dudas aparcadas, sabiendo que solo así llegarán más lejos. Arriesgando. Superándose.

A los que no les da miedo elegir entre A o B. O entre todo el abecedario. Ni entre todos los colores.

A los que actúan con el corazón, y no sólo de palabra.

A los que dejan todo lo que les sobra, y apuestan por sí mismos.

 

Patricia.

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La vida tras el cristal

El olor a café.

Ese recuerdo de algo que sentía familiar, a ese calor humano que reconforta, a esa paz que llega siempre después de cualquier tormenta, por tenue que sea. Cuando los segundos parecen cambiar de ritmo, parecen bajar las revoluciones, ralentizarse y querer acompañarte. Cuando se te concede una tregua, un tiempo muerto con el que no contabas, un breve descanso. En el que se cuela un poco de aire. Un rayo de luz.

En el que no hay más protagonista que tú.

En ese momento, ese mismo olor a café me transportó a otro lugar. Lejos de allí, lejos de aquel rincón en el que no había previsto estar aquella tarde. Ese es el problema muchas veces, las previsiones. Una cafetería cualquiera a la que había llegado de manera accidental, fortuita, totalmente improvisada. Y en la que me vi de alguna manera obligada a entrar, a sentarme, a esperar. Aunque alternativas, hubiera muchas otras.

Un reflejo.

El mío. Un rostro cansado que mira con ojos de resignación. Con aires de desencanto. Con una tristeza difícil de maquillar. Unas llaves olvidadas tienen la culpa. Bendita cabeza la mía. Que queriendo abarcar mucho, albergando grandes ideas, superlativos planes con extraordinarios éxitos futuros, se deja fuera lo superfluo. Lo más sencillo. Lo que cualquiera recuerda con los ojos cerrados. El día a día. Las llaves, la lista de la compra, el por favor y las gracias. El corazón y sus motivos.

Un vidrio en el que me veo por primera vez. En el que miro a través de él, más allá. La calle. La gente. Una tarde con tintes de noche. Un frío cristal y una perspectiva distinta. Que no tiene por qué ser también fría. Es curioso como en cuestión de segundos puede cambiar nuestra forma de ver las cosas. La tonalidad con que percibimos la realidad. La posición desde la que nos acomodamos. La lejanía o cercanía que sentimos.

Que nuestra forma de ver depende precisamente de eso, de la postura que adoptemos, de lo mucho que frunzamos el ceño. De la luz, la que dejemos entrar y la que obstaculicemos, del tiempo que le queramos dedicar. Del tiempo que nos dediquemos. De los planes que estemos dispuestos a dejar que se tuerzan sin hacer un drama por ello. Sin dejar que eso nos condicione, nos limite, nos impida hacer otras cosas.

Porque las cosas, simplemente, no siempre salen como quieres. Ni siquiera como planeas. Pero de alguna manera, salen. Y no por ello desmerecen o valen menos. Y no por ello tienes menos mérito. Salen como salen. Y lo mejor es aceptarlo. Aprender a tenerlo en cuenta. A lidiar con ello. A no verlo como un punto muerto. Sino un vaivén. De personas que van y vienen. De emociones que suben o bajan de tono. De oportunidades que se crean y de aquellas otras que destruimos.

De esas oportunidades que no vemos como tal, ni que se multiplican por sí solas, ni la posibilidad de que sean infinitas. Porque andamos distraídos. Vagabundeando por pequeños laberintos, que nos obstinamos en enrevesar de más o en crear de la nada. Porque nos perdemos en nuestro empeño de complicarlos, en nuestra manía de hacer crecer los setos, de borrar nuestras propias huellas. En lugar de buscar las salidas. En lugar de buscar los puntos de luz que nos den respuestas. En lugar de optar por no entrar en ellos. Directamente.

En lugar de elegir seguir adelante.

Como la vida. Que siempre sigue. Te detengas o no. La pretendas seguir hombro con hombro, sin darle un respiro. Sin darle tregua para que no se escape. Para que no te despiste y te deje atrás. Para que no te deje con palabras por cumplir y sueños que bordar. Para que no se haga mayor antes de tiempo.

Porque la vida sigue aunque te excuses. Aunque te inventes tus propias justificaciones y te las acabes hasta creyendo. Una y otra vez. Posponiéndolo todo y posponiéndote a ti mismo. Para mañanas mejores y más prometedores. Para esas tardes de cafetería elegidas, que no al azar. Para esos planes en que te empeñas saldrán como quieres. Sin darte cuenta de dónde estás poniendo el foco. Y lo que estás dejando fuera.

Y que pocas son las veces que nos paramos a pensar. En nosotros, en dónde estamos, en si nos gusta ese café que tenemos entre las manos. En si sabe tan bien como huele. En si nos da igual que afuera llueva. En si sabemos dónde iremos luego o si acaso nos importa. En si mañana será otro día igual que todos o si de hoy todavía podemos sacar algo. Hacer algo. Disfrutarlo.

Y que pocas veces vivimos la vida como lo que es. Como una sucesión de momentos presentes. De segundos que terminan. De mañanas que empiezan hoy mismo. Error. Por no verlo. Por andar pensando en esto o en aquello. En lo que debo o no debo. En lo que, dicen, es mejor o peor. En tantos otros…

Que nos olvidamos. De mirar por el cristal más a menudo. De conocer nuevas cafeterías, degustar nuevos cafés, buscar salidas a los laberintos. De buscar nuevas puertas, y dejar atrás las que ya no se abren. O las que muestran algo que ya no nos vale.

Y aprender.

Que la vida es eso que pasa mientras tomas un café.

Mientras te olvidas de las llaves, las prisas y los porqués.

Mientras miras a través de un nuevo cristal.

 

 

Patricia.

365 días

365 días para vivir. Para componer música con tus dedos, con los ojos cerrados y los sentidos en pleno. Para crear tus pasos de baile. Para cantar tus propias canciones, a tu ritmo, a tu estilo. Para encontrar pareja de baile, o descubrir que puedes bailar a tu aire. Para cambiar de disco una y mil veces, para descubrir tu banda sonora,… y enamorarte de ella cada día.

365 días para ser tú mismo. Para dejar de fingir, de postergar, de no atreverte. Para dejar de ponerte excusas, de esperar con los brazos cruzados, de quejarte y quejarte. Para dar lo mejor. A ti, a cualquiera. Para disfrutar de principio a fin. En cualquier momento, sobre cualquier escenario. Para no olvidarte de ti, de los tuyos, de lo que dices es importante.

365 días para conquistar. A ti, a tus sueños, a que poco o nada se te resista. Para cumplir tus deseos, no quedarte con simples expectativas. Para salir de tu espacio de siempre y descubrir el mundo que te espera fuera. Quedarte con lo que te guste. Aprendiendo a soltar.

365 días para soltar. Para seguir viajando, cada vez más ligero. Para liberar espacio, peso, excesos. Para sentir aire limpio en tus pulmones, vida nueva en tus días. Para soñar en positivos, en color y en realidad. Para hacer, construir, crecer. Para no dejarse llevar donde no se quiere ir, para saber de quién dejarse acompañar, para olvidarse de lo que no lo vale.

365 días de oportunidades. De posibilidades infinitas cada día. Para aprovecharlas, crearlas, disfrutarlas. Para festejar motivos, difuminar excusas, desdibujar problemas. Para restar hierro a aquello que se vuelve demasiado serio, incluso a ti mismo. Para soñar despierto.

365 días para llegar lejos. Todo lo lejos que quieras. Y puedas. Para demostrarte cuán lejos puedes llegar, y llegar, y ver que tus límites están donde tú los pongas. Pero que puedes sobrepasarlos, romperlos, olvidarlos. Con paciencia, con esfuerzo, con altas dosis de voluntad. Que vencerlos no es siempre tan complejo.

365 días para dibujar. Para encontrar tu estilo, tu inspiración, tus momentos. Para pintar del color que prefieras, para salirte de las líneas, para escribir por los bordes. Para cambiar de paisajes, terminar bocetos y dejar borradores para otro momento. Para el que les toque.

365 días para coger trenes, estaciones, amores. Para hacer cada día tan distinto como elijas, tan único como es, tan irrepetible como quieras recordarlo. Para cambiar de planes, de riesgos, de ánimos. Para recargar energía mucho antes de que se haya acabado. Para acabar cada día con una sonrisa entre tus labios.

365 días para cuidarte, por dentro y por fuera. Que no a medias. Para encontrar tu equilibrio, tu balance, tu propia fuerza. Para estar en paz, sentirte bien, y no sólo de palabra. Para cambiar viejos hábitos, esperar con paciencia, explorar nuevos recodos. Para abandonar detrás de ti aquello que te retenía, aquello que te lastraba, aquello que te impedía. Y seguir. Y parar cuando quieras apreciar el paisaje.

365 días para aprender. De ti, de los demás, de tu entorno. Para ir más allá, para crecer, para volar. Abrir los ojos, los brazos, la mente. Que no todo está en los libros. Que de todo se aprende, si se quiere. Y que cualquier cosa se puede aprender. Hasta olvidar. Todo aquello que hoy te sobre, aquello que te disguste, aquello que ya no te aporte nada. De nada.

365 días para sorprenderte. Y dejarte sorprender. Para ver cada amanecer con otros ojos, con otra ilusión, con otra esperanza. Para no aburrirte nunca, para ver la belleza hasta en las más diminutas cosas.

365 días para empezar. Una y otra vez. O para acertar a la primera. Para retomar ayeres, cruzar metas, romper viejas barreras. Para no dejar de intentarlo, para no dejar de vivir nuevas experiencias, para no dejar de cumplir imposibles. Para no dejar de creer.

 

365 días para vivir historias en primera persona, mágicas, inmejorables. Para conocer nuevos personajes, protagonistas y secundarios, habituales y ocasionales. Para vivir directos y dejar los ensayos en segundo plano. Para cuando realmente lo necesites. Para cuando sea sólo el paso previo.

365 días para agradecer. Hoy, ayer y mañana. Lo que ya tienes, lo que ya lograste, lo que ya eres. Y lo que serás. Lo que vendrá. Lo que te espera.

365 días nuevos. Con sus horas, minutos e infinitos segundos.

365 días para ti.

 

Patricia.

Fugacidad

Una estrella. Un deseo. Un segundo.

Para pedir, para desear, para soñar. A lo grande, ¿por qué no? O a más diminuta escala, que a veces es un pequeño gran acierto. Con los ojos cerrados, bien cerrados. Para concentrarte en lo importante. En ti. En el momento. En disfrutarlo. En que no se pierda. En que no se te escape por ningún otro lado. Para impedir que nada ni nadie tome prestado el protagonismo que no le corresponde. Y se cuele. Y te robe la magia. Y rompa el hechizo. Y se lleve la atención. O que se lleve tu deseo.

Una luz que brilla. Que resplandece con luz propia y que atrae todas las miradas. Todas las que estén mirando. Todas las que estén dispuestas a no perdérsela. Que estén ojo avizor, preparadas, a la expectativa. Una luz que ilumina el firmamento. Que lo cruza antes de apagarse. Antes de brillar por última vez. Antes de desaparecer tras un segundo de gloria. Efímero, escueto, brevísimo. Pero suyo por completo.

Y fugaz.

Como fugaz es el tiempo a medida que pasa. A medida que crecemos y nos hacemos mayores. A medida que se nos acaba. Porque en su definición no cabe el concepto de ilimitado. Porque es el que es, único en cada minuto, en cada milésima de segundo, en cada ocasión. Porque es el que nos regala intentos, tantos como tengamos intención de aprovecharlos. Ensayos, para ir, venir, acertar y fallar. Estrepitosamente. O no. Eso es cuestión de cada uno. Y algo que nos facilita también es aprender de ello. Y desaprender lo que nos haga falta. Y que por muchos regalos que nos haga, ninguno es igual. Aunque lo parezca.

Fugaz porque el tiempo no acata órdenes ni espera por nada. Ni por nadie. Va a su aire. Libre y ligero. Regalando oportunidades, a la vez que recoge las que no tomamos. Las que dejamos en stand-by, a la espera, en barbecho. Haciendo grandes planes. De cabeza, de pensamiento. Que no de realidad. Hablando mucho y haciendo poco. O más bien nada. Dejando para un luego que nunca se presenta. Para un más adelante que siempre se retrasa. Retrasando el hoy, mañana y el futuro.

Y dejando atrás.

Como dejamos atrás historias, momentos, personas. Capítulos increíbles, de los que terminan con grandes finales. De esos en que todo sale bien, más que bien. De los que nos cuesta despegarnos y dejarlos ir. O incluso aquellos que preferiríamos olvidar pero que otros acaban tornando en buenos. Soplos de alegrías, de grande dicha, y hasta de emoción desbordada. Momentos en los que se te encoge el corazón, el alma y cualquier pena, y el sol resplandece de una manera especial.

Como dejamos atrás lo que acaba. Por sí mismo o según nosotros. Lo que un día cumple su papel y deja de tener un lugar. O encuentra uno mejor. O se lo encontramos. Lo que pierde el sentido, la razón, cualquier motivo para quedarse. Para estar. Para ocupar nuestro tiempo. El limitado. El que no espera.

El que es fugaz como la vida misma.

Una vida en la que dicen que los días son largos, pero que los años son bien cortos. Demasiado. Que podemos tener la sensación de que los días pasan lentos, a un ritmo excesivamente tranquilo… pero ay los años. Los años vuelan solos.  Al igual que el tiempo. Las oportunidades. Y esos momentos que quedan atrás. Al igual que las personas, que un día están y al siguiente puede que no. Sea cual sea el motivo.

Motivo por el cual se vuelve tan importante elegir bien con quién pasamos los días y a qué dedicamos nuestros años… y con quién volamos.

Porque si fugaz es el tiempo… la vida no se queda atrás.

 

Patricia.

 

Todo lo que suma

“El presente es la viviente suma total del pasado”. (Thomas Carlyle)

 

Nos enseñaron que las matemáticas, por definición, son una ciencia exacta. La única, de hecho. Que da respuestas, claras, directas, inequívocas. Que aclara dudas y resuelve ecuaciones. Y casos. Y problemas. Que despeja incógnitas y demuestra teorías. Que no sólo las formula. Que comprueba sus fórmulas y que deja fuera juicios, prejuicios y otras opiniones subjetivas.

 

También nos enseñaron que uno más uno no siempre son dos, que puede ser 3, 11 o a saber. Que depende de dónde partimos y qué buscamos. Que depende de las condiciones, de los peros, del planteamiento inicial que hagamos. Que depende del contexto, de la situación, de la mente de cada uno, de su manera de razonar. Pero que las cuentas, al final, siempre cuadran. O deben hacerlo…

Hasta que no cuadran.

Hasta que los resultados no acompañan. Hasta que el problema no se resuelve y la respuesta no es correcta. Porque algo sobra. O porque algo nos falta. Hasta que todo lo que entra no es igual a todo lo que sale. A que no sale todo, o no como se esperaba. A que los resultados ya no suman, sino que restan. O nos dan igual. O no nos dicen nada, y nos dejan indiferentes, y pierden cualquier sentido.

No en vano, hay quien dijo, que nada es absoluto, y que todo es relativo.

Porque a veces, lo que parecía ir bien, resulta que no lo iba tanto. O que ni sabíamos cómo iba. O que ni sabíamos qué era bien y qué no. Porque no le hacíamos mucho caso. O ninguno. Hasta que se tuerce. A mitad, a final o cuando sea. O quizá ya partía encorvado y un poco desorientado desde el principio, pero no lo vimos. Y pasa que lo que iba a llegar, ni llega, ni da señales de que vaya a hacerlo. Se pierde, se vicia o se deja echar a perder.

Pasa que con lo que contabas sí o sí, puede desaparecer de la noche a la mañana. Dejándote sin más, sin explicaciones que valgan ni excusas baratas. O te lo explica de una manera pobre, incomprensible, andándose por las ramas. Sin aclarar nada y complicando todo. Haciéndote perder el tiempo, el norte y las ganas. Minando tu motivación, tu energía y cualquier atisbo de coraje. Enseñándote a restar.

Enseñándote a aprender a sumar.

Que en ocasiones menos es más y más es menos. Y que todo, a su manera, suma. Que a veces, más a menudo de lo que parece, un signo negativo también suma. También aporta. También crece. Quizá por otro lado. Quizá no lo que esperábamos, pero algo trae. Que de todo se aprende, y de todo se sale. Aunque los números no nos salgan. Aunque las cuentas no nos cuadren.

Pero que si haces que todo sume, hay negros que se vuelven grises e imposibles que no lo son tanto. Imposibles que se simplifican, que se vuelven menos complicados. Menos inverosímiles, más probables. Y que se acercan. En el tiempo, en el espacio. Y llegas a tocarlos, a sentirlos, a vivirlos. Y les pierdes el miedo, y se quedan a tu lado.

Y si haces que todo sume y consigues seguir los pasos, se despejan todas las incógnitas, solucionas los problemas. Y obtienes resultados. Y aunque surjan otras dudas y otras cuestiones, cada vez te será más fácil resolverlas. Cada vez te será más fácil encontrar el equilibrio, el punto medio, y las proporciones exactas. Y que en el punto medio, está la virtud. Y en ese mismo punto medio, está la clave del éxito.

Y el éxito de hacer que todo sume… está en tus manos.

Aunque no lo creas.

Al igual que el de conseguir que te salgan las cuentas. Todas. Sin excepciones. Las tuyas y las de los tuyos. Porque si compartes, multiplicas. Porque si das, creces. Porque si crees, creas. Porque tus propios límites, te los creas y los rompes por tu cuenta. Y que si los rompes, puedes tender a infinito.

Y que sean cinco minutos, unos meses o algún que otro año, todo suma. Todo aporta al resultado. Que las pequeñas cosas pueden crear grandes diferencias. Y las crean, de hecho. De las buenas. De las que sacan sonrisas y rellenan el alma. De alegría. De paz. Y de esperanza.

Y que lo urgente a veces no lo es tanto. Y restarlo no está de más. Mientras que cuidar lo importante… es el mayor regalo. Es la mejor de las cuentas. Es un gran resultado. Porque es el recuento de uno mismo. De esas pequeñas cosas, de esas grandes sumas. De momentos, de personas, de tesoros. De límites superados y de caminar en equilibrio.

De decidir por uno mismo y de crear con nuestras propias manos.

De saber que todo suma, en la medida en que se lo permitamos.

 

Patricia.